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Alejandro Zapata Espinosa: “el yo es este que se plantea silencio (…)”

Entre la naturaleza, el arraigo y la creación artística, en esta conversación se reflexiona sobre el vínculo entre el territorio y la escritura, a partir de autores como Rodolfo Kusch, José María Arguedas y Paul Klee. Una exploración sobre la identidad, la experiencia y el papel de la inteligencia artificial.

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REDACCIÓN--
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Alejandro Zapata Espinosa: “el yo es este que se plantea silencio (…)”

Por: Oscar Jairo González Hernández. Docente e investigador

Cuando usted hace relación a lo que será o podría ser su vida en la naturaleza como en el arte, considera al arte como naturaleza, en sus excesos, en sus inmediaciones turbulentas y secretas, ¿Y cómo hace para medirlas, para vaciarlas metódicamente o no en lo que hace, en lo que se intenta e interesa hacer con su vida, con lo que Rimbaud llamaba «el desorden de los sentidos»? ¿Cómo se percibe en el drama teatral de la incesante búsqueda del yo? ¿Qué lo hace sucumbir o trascender esas excavaciones que realiza o quiere realizar, y qué es para usted la poesía (la escritura que lo inunda de deseo), en estos momentos cuando la IA propone otras dimensiones más insólitas y nuevas, como si usted hubiese sido transformado en un cíborg?

La relación arte-naturaleza llega, frontal, con la lectura de Rodolfo Kusch: «No hay otra universalidad que esta condición de estar caído en el suelo, aunque se trate del altiplano o de la selva. De ahí el arraigo y, peor que eso, la necesidad de ese arraigo, porque, si no, no tiene sentido la vida».

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Muy cercano a Arguedas, ese heroico, que a cada relectura aguijonea todo mutismo, al decir: «El otro principio [el primero era la ideología socialista] fue el de considerar siempre el Perú como una fuente infinita para la creación. Perfeccionar los medios de entender este país infinito mediante el conocimiento de todo cuanto se descubre en otros mundos». Piénsese igual, y diferente, en Colombia.

Alejandro Zapata Espinosa: “el yo es este que se plantea silencio (…)”

La naturaleza de vereda antecedía a la comprensión de su magnitud, de sus renglones en el terreno que ocuparía el arte, el método. Paul Klee propone el símil del árbol: el artista (que no el profano (¿cómo en la cosmovisión kogi-arhuaca el blanco es el Hermano Menor?) es el tronco que orienta la savia que fluye de las raíces al «mundo multiforme» de la copa; y «Así como la copa del árbol se despliega temporal y espacialmente, haciéndose visible hacia todos los lados, así sucede con la obra». Intentaré un resumen: la savia de la raíz (el suelo en Rodolfo Kusch) se metodiza en el tronco y da a luz concreta lo invisible.

Esa turbulencia responde, lo que puede otorgar o no arriba (Klee postula, al contrario de la Tabula Smaragdina, «Cualquiera entenderá que no puede darse una relación exacta, como de espejo, entre lo de arriba y lo de abajo») una infancia de abuelo cafetero venido de Jericó a Itagüí con su hermano; El Pedregal con tonos barriales, y la disciplina literaria llevando a escrito ese suelo (ropaje en la intemperie). Es la palabra, y la lectura de obras-hombro (¿clásicos?) el orden a la «fuga de los fenómenos y de las experiencias»; que se procure tensarla en tiempo libre, u ocupado, es cosa que a ella no le falta, sino a uno.

Alejandro Zapata Espinosa: “el yo es este que se plantea silencio (…)”

Volviendo a Kusch: «Todo lo que sale de la mano del hombre no deja de llevar el residuo de su miseria», y cuán mísero es si no afirma el arraigo, si no propulsa la savia del tronco a las ramificaciones. Aquí entramos a la búsqueda del yo con un «cabaretista profesional» (y no, nunca con un fiasco de sacerdote-presidente): «No me siento en el mundo, sino en mi mundo. No sé de la visión, sino de mi visión, de mi evidencia, que es una relación con el instante, que es lo que está en mí».

Estamos ante el «Yo es otro» de Rimbaud, porque, siguiéndolo, el poeta «Lleva el peso de la humanidad, incluso de los animales; tendrá que conseguir que sus invenciones se sientan, se palpen, se escuchen (¿comunicabilidad o misterio?); si lo que trae de allá abajo tiene forma, él da forma; si es informe, lo que da es informe».

Lo de «allá abajo» es el suelo, y vemos la correspondencia hermética (reencauzamiento) arriba-abajo. Ante lo que nos toca, y la presión que se ejerza para obtenerlo, no dejarse escapar a la pregunta ni a su realización, un tronco que delimite. El yo es este que se plantea silencio, nuevas preguntas que lo direccionen fuera de simple desgana, baja cabeza porque, «en el lugar que le ha sido asignado como tronco», de nuevo Klee, «no hace nada distinto a recoger y a transmitir lo que proviene de la profundidad. Ni servir ni dominar, sólo mediar. (...) Él asume, así, una posición verdaderamente modesta. Y la belleza de la copa no es obra suya, ella tan sólo ha pasado a través de él».

Pablo de Rokha y los contrabandistas, los jugadores en suelo, el balón que tropieza un cachete, la espuma que sale con el trago, la ofuscación y el embrujo del parque en fiesta: ese yo parcial, sabedor de su parcialidad, que con Arguedas comprende la infinitud que debería valerse de una guarnición de troncos, y sólo hay uno, errático, para surtir cuantas copas hay por cabeza y labia (muertos y vivos).

Pasando al tema cíborg, ha de ser una ligereza del tronco, porque sabe que donde pide una avena casera, un pastel de pollo, y un café con leche y unos buñuelos, tal vez solo se hace presente en publicidad de un diseñador hijo de dueño.

Fuera de ahí, en aula, y en los otros del campo, nos preguntamos y vemos en noticias una nueva polémica.ica.ica, alguien que se defiende (el proceso como testimonio de que no se sacaron doscientas páginas o más en una sola sentada de veinte minutos: dar con la instrucción certeza demora), otros que anulan premio… un todo que perfila, queriéndolo o no, cierto público y discurso normalizador de incursiones más bruscas, ¿experimentales?, del uso de la inteligencia artificial sin el cual el tronco se mocharía.

Cuando se allane la escritura autogenerativa (ya no automática), el suelo, la savia, la raíz, el demonio infinito americano nos recordará, con Samuel Vásquez, que «cuando nada pasa, hay un milagro que no estamos viendo».

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