Viajar es observar
Nada más extraordinario que aquello que hacemos en todo momento de la vida, cuando tenemos aquello que llamamos conciencia de nosotros mismos. No hay momento en que la comprensión y la interpretación de la realidad se dé de una manera totalizante como la que podemos inscribir en un viaje.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Nada más extraordinario que aquello que hacemos en todo momento de la vida, cuando tenemos aquello que llamamos conciencia de nosotros mismos. No hay momento en que la comprensión y la interpretación de la realidad se dé de una manera totalizante como la que podemos inscribir en un viaje.
No es necesario y no es esencial tener sino el deseo de mover los sentidos para que ellos realicen en forma continua y sin presión una intención indestructible de observación. El viaje es entonces la exaltación del deseo de observar. Hacemos un viaje para observar y observarnos.
Cada quien hace su viaje, su viaje secreto e incomunicable a los otros, porque en el viaje, como este que usted está haciendo ahora, en este momento, le será el más revelador de las relaciones que tenemos con el silencio, el silencio nos construye, nos posee, nos domina y entonces comprendemos que, cada vez que observamos lo que está fuera del medio en el que viajamos, nos es extraño, se nos distancia y no podemos captarlo, no podemos entenderlo sino por medio de la observación.
Aquí somos observadores y observadores de nuestra sombra; como decía Nietzsche: el viajero tiene una sombra; en ese caso, el silencio es la sombra, en la que se lee y escribe el destino del viajero. Y es esa observación, la del extraño, de lo que está fuera, la que nos lleva al silencio, a declarar que nuestra intervención de esa realidad está contenida en la observación.
Observamos en el viaje lo que nadie puede ver, lo que para nadie es lo mismo, lo que ni siquiera para quien está a mi lado puede ser observable, porque su deseo se ha instalado en otra dimensión estética de la realidad. Como lo decía el poeta Fernando Pessoa: “¿Qué es viajar, y para qué viajar? Cualquier ocaso es el ocaso; no es menester ir a verlo a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que nace de los viajes? Puedo sentirla saliendo de Lisboa hasta Benfica, y sentirla más intensamente que quien va de Lisboa a China, porque si la liberación no está en mí, no está, para mí, en ninguna parte.”
Ciudad que tiembla ante la presencia de un transeúnte o de una multitud que la cubre como un sol de mediodía, barrio de amistad que lucha intensamente por no ser comuna, calle en la que se atreve un ciclista a ascender por una de nuestras líneas horizontales que van al cielo y al infierno; árboles de todas las especies que forman pequeños bosques en los que el viajero reposa y descansa, templos en los que la oración eleva la vista sobre el libro de horas, casas y urbanizaciones de múltiples colores y formas que dicen de nuestra pluralidad y nuestra diferencia, ropas tendidas que se exhiben escandalosamente como monumento efímero, moteles y cementerios que nos hacen habitantes de dos mundos: observamos pues, desde nosotros mismos, un teatro, un hermoso teatro de mezclas y combinaciones impredecibles y a veces, inasibles.
El viaje es excitante, por esto mismo y a la vez porque marchamos al trabajo. El trabajo no quiere aquí decir una condena inevitable y oscura, sino que también hace mediación y puente para que la mirada encuentre cosas nuevas, aspectos nuevos y cuerpos nuevos que se unen, que se miran, que se extravían. Nada está dicho en este viaje de quién trabaja, sino que todo está por decirse y por ser mirado hasta el extremo, hasta la mayor y más luminosa extenuación.
El trabajo cansa, decía el poeta Cesare Pavese, nosotros podríamos decir, que mirar no cansa, es cada vez la posibilidad e imposibilidad del encuentro turbador con la «misma» realidad que cada día, los viajeros, vemos de otra manera, para no morir de realidad. Y morimos de realidad, hay que decirlo, cuando no experimentamos ni nos provocamos la necesidad imantada y radiante de cambiarla. Esa realidad la cambiamos todos los días, cuando como viajeros la miramos de otra manera.
El viajero observa de otra manera, con mayor éxtasis unas veces, y otras con menos intención extática, extenuado, exterminado en sus sentidos y en sus percepciones va cayendo en la irritación y en el fastidio, porque no es creador, creador desde la nada que cada mañana enfrenta como un Ulises citadino, como el título de uno delos libros del poeta Ilarie Voronca: “Ulises en la ciudad”. El viajero enfrenta estos fantasmas de destrucción y muerte y se eleva sobre ellos como una cometa, libre y sin ataduras.
La observación pues, es el hilo de su experiencia. El viajero tiene la realidad delante de sí para su formación y su estudio constante y detrás de sí al ángel de la destrucción, que lo cuida.
Ilustraciones: Diego Gómez
Noticias relacionadas
LATAM transportó 7,6 millones de pasajeros en marzo y reportó aumento en capacidad y tráfico
Durante el mes de marzo de 2026, el grupo LATAM movilizó un total de 7,6 millones de pasajeros, lo…
Europa endurece controles migratorios. Nuevos requisitos para viajeros colombianos desde 2026
La implementación de sistemas biométricos y autorizaciones previas modificará las condiciones de…
Wingo y SURA lanzaron estrategia para impulsar el turismo médico preventivo entre Aruba, Curazao y Colombia
Una propuesta conjunta entre Wingo y SURA busca posicionar a Colombia como destino de turismo…