(OPINIÓN) Salud y vida. Por: Diego Arango O
Existe un viejo axioma que dicta: “Mente sana en cuerpo sano”. En esta oportunidad, deseo reflexionar sobre el impacto definitivo que tienen los buenos hábitos en nuestra existencia terrenal; específicamente en cuatro dimensiones esenciales: la salud física, la emocional, la mental y la espiritual. Juntas conforman la integridad de la vida humana.
La salud física es el cimiento para una longevidad plena. Si bien es cierto que portamos predisposiciones genéticas o enfermedades hereditarias, la ciencia médica ha avanzado a pasos agigantados, logrando controlar y, en muchos casos, erradicar múltiples padecimientos. No obstante, es allí donde interviene la responsabilidad individual. Mientras algunos deciden combatir activamente sus dolencias, otros las provocan o agudizan mediante hábitos nocivos: el sedentarismo, los excesos en la alimentación y el alcohol, el tabaquismo, la automedicación y el uso de sustancias psicoactivas. El cuerpo es el vehículo de la mente y del alma; si este falla, el ser integral se desestabiliza. Asimismo, existen ocasiones en que el organismo goza de bienestar, pero la mente o el espíritu se encuentran en conflicto, quebrando la armonía general.
Frente a esta realidad, debemos admitir que la perfección no existe. Cohabitamos en un entorno social que nos afecta de manera constante y sobre el cual no tenemos control. Por lo tanto, el verdadero dominio debe ejercerse sobre uno mismo. Esto comienza por cultivar una vida espiritual sólida, cualquiera que sea la creencia que se profese; la práctica de la fe es un antídoto eficaz que brinda consistencia y templanza a la integridad humana.
A la par de la espiritualidad, el cuidado corpóreo exige una atención rigurosa: una nutrición balanceada y libre de excesos, sumada a la práctica regular de ejercicio (caminar, correr, nadar, andar en bicicleta o realizar prácticas como el yoga o el estiramiento, entre otros deportes). Hoy en día, la oferta de instructores personales y herramientas virtuales, muchas de ellas gratuitas, es abundante. Es, fundamentalmente, una cuestión de voluntad y decisión.
Bajo la ley natural del tiempo, la juventud transita hacia la madurez alrededor de la cuarta década de la vida, abriendo paso, eventualmente, a la vejez. Es precisamente en esta última etapa donde el ser humano requiere mayor atención. Si en los años previos se cultivó una vida armónica, la longevidad se disfrutará a plenitud; de lo contrario, se afrontará con angustia y dolor.
Si somos conscientes de esta evolución inevitable, quienes transitan por la juventud tienen el deber de construir desde ahora las bases de su bienestar futuro. Por su parte, quienes ya se encuentran en la madurez o la vejez deben perseverar en sus buenos hábitos. Y para aquellos que hoy no gozan de una condición física o espiritual óptima, el mensaje es claro: ¡nunca es tarde! Siempre es el momento oportuno para rectificar y optar por una vida sana.
La evidencia es palpable: abundan los testimonios de personas que, entre los sesenta, ochenta o más años, han decidido ejercitarse física, anímica y espiritualmente, alcanzando condiciones de salud y vida sorprendentes; es el ejemplo de un amigo Brigadier General ® que a sus 94 años de edad mantiene una vida integral activa y ejemplar, acude a nadar con frecuencia, realizando entre 20 a 30 piscinas de 25 metros c/u por jornada; o bien de otra parte, aquellas personas que han fortalecido su vida interior a través de la práctica de fe, alcanzando una profunda paz interior.
Nunca es tarde para decidirse por una salud y vida correcta que nos provea de paz en el espíritu y fortaleza en el cuerpo.

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