(OPINIÓN) ¿Quién va ganando? Por: María Clara Posada
La democracia, decía Karl Popper, no es el derecho de que el pueblo elija a sus gobernantes, sino de deshacerse de ellos sin derramamiento de sangre. En Colombia, ese principio elemental empieza a tambalear ante la ofensiva permanente de un Presidente que, lejos de gobernar desde el respeto por la i
La democracia, decía Karl Popper, no es el derecho de que el pueblo elija a sus gobernantes, sino de deshacerse de ellos sin derramamiento de sangre. En Colombia, ese principio elemental empieza a tambalear ante la ofensiva permanente de un Presidente que, lejos de gobernar desde el respeto por la institucionalidad, ha decidido convertir la confrontación con los poderes del Estado en el eje de su narrativa política.
La consulta popular propuesta por Petro un recurso constitucional legítimo, pero que bajo el actual clima político se convierte en un instrumento plebiscitario está logrando lo que su gobierno no había conseguido con sus reformas caprichosas: mover la calle, (re) activar a su base, fortalecerla, adelantar la campaña y, sobre todo, apropiarse del relato.
Las recientes encuestas de Invamer y de Cifras & Conceptos son alarmantes e ilustrativas: No solo hay un aumento tímido pero sostenido en la favorabilidad del señor de Palacio, sino que también hay una tendencia creciente de ciudadanos dispuestos a votar afirmativamente en una consulta que, aunque en términos generales, inocua, ya se presenta como cruzada contra la “oligarquía esclavista”.
¿Quién va ganando? Hoy, aunque sienta decirlo, Petro.
Va ganando porque está logrando lo que desde la oposición, con una contada excepción que hoy tienen sentado en el banquillo, no se ha podido: emocionar. Petro le sigue hablando al colombiano que se siente ignorado, al que no tiene nada que perder, al joven sin oportunidades, al adulto mayor sin pensión, al informal que nunca sintió al Estado. Petro no ofrece una política pública. Ofrece una política épica. Y la épica gana elecciones.
Va ganando porque mientras nosotros nos dividimos entre tecnocracia sin alma, retórica alarmista, superioridad moral e intelectual mal disimulada y sesgos estériles; el Gobierno ha entendido que en la política de las emociones, lo importante no es tener razón, sino el relato. Ha convertido al Consejo de Estado en villano, al Congreso en obstáculo, a los medios en adversarios, y al pueblo, que vende como suyo, como el único legitimador.
El liberalismo clásico, desde Locke hasta Hayek, entendió que el poder debe estar limitado porque, si no lo está, siempre tiende a expandirse. Hoy, ante la inactividad de la Comisión de Acusaciones, se construye la percepción de que Petro no viola la ley, no obstante, sí que empuja los límites de lo permitido, deslegitima las instituciones que le ponen freno y presenta toda crítica como una traición al pueblo. Anda desbordado, sin límite, potenciado por nuestra alarma de teclado que se contrae en la calle.
El riesgo para Colombia no es que Petro gane la consulta. El riesgo es que la consulta sea el punto de quiebre para una nueva fase del régimen, donde la legitimidad electoral sirva de excusa para consolidar un poder sin frenos, sin contrapesos, sin crítica. Parafraseando a Fareed Zakaria, el riesgo es que “permanezcamos” en una democracia formal, pero sin liberales.
Sin embargo, no todo está perdido. Los valores liberales, la libertad individual, el respeto a la ley, la separación de poderes no están condenados al fracaso. Simplemente, no se defienden solos.
Hoy más que nunca necesitan ser traducidos al lenguaje de la calle, al temor del desempleado, a la frustración del campesino, al clamor del joven sin oportunidades. No basta con tener buenos diagnósticos: hay que tener una narrativa y sobre todo soluciones: Nuevas soluciones a los mismos problemas de siempre. La alarma y la crítica distante, deben empezar a abrir paso a la emoción, a la comprensión esperanzadora y a la piel.
La oposición necesita re-aprender a emocionar, a construir un proyecto colectivo, a dejar de reaccionar y empezar a proponer SOLUCIONES. Necesita vocerías nuevas, lenguajes nuevos, territorios nuevos. Los demócratas de sillón necesitamos pararnos, aprender a empujar sin cansancio, a concentrarnos en lo que nos conecta y no en estar de acuerdo, a vencer la impotencia, a volvernos activistas que, en lugar de señalarnos, halemos para el mismo lado.
Si la campaña se adelanta, que se adelante también la capacidad de convocar a un país que no quiere seguir siendo rehén del miedo ni del resentimiento.
Petro va ganando, sí. Pero el juego no termina. La democracia todavía puede triunfar, si quienes creemos en ella decidimos dejar de ser espectadores y volvemos a ser protagonistas.

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