De la ciudad y el museo (como ciudades)
Ya todo comienza con desear o tener intención de hacer un viaje, en muchas direcciones por la ciudad y básicamente en y desde la relación ciudad como museo y del museo como ciudad; tratando de desarrollar intencionalmente la mirada, de excitarla para que busque lo que llamamos lo otro, la otredad, y considerando como lo inaudito aquello que tiene el poder de sobresaltarnos
Por: Óscar Jairo González Hernández
Y de proporcionarnos una relación distinta con lo que observamos, no desde nuestra formación sino desde lo que desconocemos, que sería entonces lo que aquí denominaremos el otro, la otredad. Y lo otro es todo aquello que es nuevo para el observador, que él hace nuevo para él porque no conoce todavía. No conocer todavía es lo que hace que se sienta necesidad de conocer.
Cuando se conoce la ciudad o el museo, también se puede decir, o se está ante una prueba, que no se conoce toda la ciudad ni todo el museo, o sea, la totalidad de la ciudad o la totalidad del museo, como tampoco nos conocemos a nosotros mismos como totalidad, porque siempre estamos tratando de conocernos, mediados para ello con nosotros mismos; con lo que “creemos” que sabemos de nosotros mismos como aquello que todavía no sabemos o queda por saberse. Es como una relación con la ciudad y el museo y nosotros mismos, que se basa en la visibilidad e invisibilidad.
La ciudad decimos nosotros, es como un ser extraterrestre cuando no la hemos abordado o se nos hace inabordable, no porque no queramos, sino porque no podemos hacerlo, dado que los ciudadanos van haciendo la construcción consciente o inconsciente de nuevos espacios, que dominan o en los que establecen un dominio y lo van de esa manera caracterizando, y tratan de mostrar que es solamente para ellos; lo invaden con sus formas y maneras de ser. Y lo intervienen de esa manera dominante y se instalan en él con su “poder”. Y lo territorializan, establecen sus límites y fronteras, lo que no es raro para ellos, de su ciudad.

Y eso hace que otros ciudadanos no puedan abordarlos ni intervenirlos, y si lo hacen, tiene que ser de manera momentánea; no pueden ni deben quedarse allí ni participar de lo que allí ocurre. Y se da allí, en esos espacios dominados, relaciones de violencia y de exclusión, de nilas que les son raros o extraños para los que dominan el espacio, “su espacio” (su territorio).
Mostrarse allí con todo su “poder” es una manera de indicarle a otros ciudadanos que ese no es su espacio. Los ciudadanos discriminan por necesidad interior y exterior de su formación y su búsqueda de la armonía en el intercambio e interlocución que tienen que hacer con los otros. Las relaciones que se dan entre unos y otros ciudadanos son de “poder”, de dominación. Y esto lo sostenemos aquí, porque lo que observamos se da en circunstancias de “poder” y de desarrollar esas relaciones de poder, que son las causadas por el miedo a lo desconocido.
Tememos lo desconocido en una y otra fase. Y el miedo a lo desconocido le establece unas medidas a nuestro mundo, a nuestra realización del ser y de nuestro proyecto de hacer; nos obstaculiza y ocluye nuestra dimensión estética en el mundo, porque no podemos intervenir territorios o espacios que son de otros, que otros tienen en su poder. Y de allí se derivan y diseminan pues, para nosotros, las relaciones de “poder”, que como hemos dicho fracturan y hacen irresolubles nuestras inclinaciones como delirantes de la ciudad, que vivimos su fantástico delirio.

Al interior de los museos, también estamos viviendo el “mismo” delirio, la misma turbulencia de la ciudad, porque nos exponemos a lo desconocido, a lo que allí observaremos o hemos observado; cesa y se acaba toda discriminación o exclusión. Los ciudadanos interesados por el arte son más o menos los mismos y tienen más o menos los mismos intereses de formación, y tienen claramente establecido ese proyecto de su formación. Buscan pues lo otro, lo otro en lo mismo, o sea el arte. Y lo hacen para conocimiento de sí mismos, de cómo dice el artista Joseph Beuys: Todo hombre, un artista. Todo conocimiento humano afirma Beuys procede del arte. Toda capacidad procede de la capacidad artística del ser humano, es decir, de ser activo creativamente.
¿De dónde iba a proceder si no? El concepto de ciencia es solo una ramificación de lo creativo en general. Por esa razón hay que fomentar una educación artística para el ser humano, ¿no? Eso se sabe ya por instinto. A consecuencia de eso hay clase de arte en la escuela. Pero no se sabe lo bastante a fondo. Sigue ahí más o menos solo por tradición y degenerado. Y por un lado, esa tendencia es ya agónica, es decir, que el Estado ya no da valor a la educación artística y estética de las personas, sino a la reproducción de inteligencia técnica para mantener su sistema de poder. Por esa razón sólo se puede llegar a una solución de las tareas políticas del futuro y a dar forma a una nueva imagen del futuro orden social recurriendo a la imagen del ser humano.

La inclinación por el arte, por desarrollar mayormente y con más alcance y dimensión su vida y su realidad como ciudadanos deben y se ha reclamado para sí mismos la búsqueda de lo inaudito y de lo nuevo, que es lo que los transforma y los hace otros. Y ser otro es una de las tentativas del arte y por eso en el museo se es otro, se sienten otros. No diferentes ni distintos, sino otros, otros seres humanos y otros ciudadanos. Ya no son anónimos, sino que son seres humanos y ciudadanos que tienen otra condición y otro carácter.
No pueden ser anónimos, entre ellos, pues han formado inconscientemente una comunidad del arte, como las que al exterior otros forman una comunidad de poder y que obedece a las relaciones de poder en el consumo que hacen del espacio y la manera de intervenirlo, y que los ciudadanos estetas, de sus estéticas, los del museo, observarán o no, como la destrucción de ese espacio que ellos consumen y destruyen, y más: que para ellos es una construcción positiva de su mundo y su espacio.

Y cada uno domina sus espacios, el de la ciudad como el del museo y podría, con el propósito de ser ciudadano en la ciudad como en el museo, de decidirlo, hacer mixturas o buscar combinaciones que provoquen la concurrencia de esas dos realidades o mundos, que no son opuestos ni diferentes, que son la misma ciudad como museo y el museo como ciudad, en su inabarcable presencia ante sí mismo, para el ciudadano.
“El hombre a quien la razón dirige no obedece conducido por el temor; sino que en cuanto se esfuerza en conservar su ser conforme al mandato de la razón, es decir, en cuanto se esfuerza en vivir libremente, desea observar la regla de la vida y de la utilidad comunes y, por consiguiente, vivir con arreglo al decreto común de la ciudad. El hombre dirigido por la razón ciudad desea, pues, para vivir libremente, observar el derecho común de la ciudad.”
Noticias relacionadas
Murió Waldo Urrego, actor de ‘Amar y vivir’, tras más de seis décadas de trayectoria
El fallecimiento del actor Waldo Urrego enluta al mundo artístico colombiano. Reconocido por su…
Dos libros y dos lecturas
Existe una rara fascinación tanto del escritor como del lector por las “memorias”, y son numerosos…
Este fin de semana, Medellín ofrecerá una variada agenda cultural, científica y recreativa
Medellín tendrá varios eventos con una programación que incluye actividades culturales, científicas…