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(OPINIÓN) ¿Quién podrá vencer en la contienda presidencial? Por: Bernardo Henao Jaramillo

La política colombiana comete una y otra vez el mismo error

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(OPINIÓN) ¿Quién podrá vencer en la contienda presidencial? Por: Bernardo Henao Jaramillo

La política colombiana comete una y otra vez el mismo error: creer que la elección se gana en estudios de televisión, en almuerzos empresariales, en editoriales de élite o en la guerra de egos de X. No. La designación presidencial se va a definir, como casi siempre, en otros estadios. En el bolsillo de la gente. En el miedo de la gente. En la irritación de la gente. Y, sobre todo, en la capacidad de un candidato de hablarle con claridad a los estratos 1, 2 y 3.

Allí está la realidad del país. Los que madrugan. Los que sobreviven. Los que hacen cuentas para el mercado. Los que sienten que la plata no alcanza, que la salud no responde, que la inseguridad se tragó el barrio y que el Estado aparece tarde o no aparece nunca. El candidato que logre traducir ese malestar en una emoción política concreta tendrá media elección ganada.

Además, todo indica que esta no será una elección apática. El abstencionismo no parece destinado a reinar como si nada. Al contrario: el ambiente es de castigo, de reacción, de necesidad de pronunciarse. En otras palabras, la gente quiere votar para decir algo. Para premiar, para castigar, para frenar, para sacar revancha, para corregir el rumbo. Y en un escenario así, no basta con tener partido ni apellido. Hay que tener conexión.

En ese contexto, Iván Cepeda parte con una ventaja que no puede ignorarse: ha logrado instalarse como referente de un electorado popular que todavía cree en la narrativa del cambio social, de la justicia redistributiva y de la defensa de los sectores históricamente marginados. Cepeda tiene un activo evidente: sabe leer en nombre de los de abajo. Sabe presentarse como la voz de quienes sienten que durante décadas el poder los excluyó, los maltrató o simplemente los ignoró. Ese lenguaje, bien manejado, puede conectar con fuerza en los estratos 1, 2 y 3.

Pero ahí también aparece su límite. Porque una cosa es representar la promesa simbólica del cambio, y otra muy distinta convencer al ciudadano popular de que ese cambio, el mismo que ofreció Petro, mejoró efectivamente su vida. Cepeda carga con el peso inevitable del oficialismo, con el desgaste del gobierno y con la frustración de muchos votantes que hoy perciben que la inflación, la inseguridad, la pésima prestación del servicio de salud, el caos institucional y, en general, la distancia entre el discurso y la realidad les golpeó de frente. Cepeda ha dicho que mantendría los lineamientos de la política de Petro, entre ellos, la paz total, que tiene a Colombia y en particular al suroccidente del país envuelto en una ola terrorista. Su desafío no será entusiasmar al militante, sino tranquilizar al decepcionado. No será agitar consignas, sino demostrar que puede corregir lo que hoy produce fatiga incluso dentro del propio campo progresista.

En ese mismo tablero, Paloma Valencia quien participa por la gran consulta por Colombia, de la cual resultó vencedora. Tiene una fortaleza evidente: representa con nitidez a una derecha reconocible, con discurso, con base, con identidad y con una promesa de orden que conecta con una parte importante del electorado. No transmite confusión. Nadie duda de lo que representa. Pero justamente ahí aparece su mayor problema: el exceso de protagonismo del expresidente Álvaro Uribe puede servirle para consolidar, pero también puede condenarla a no crecer lo suficiente.

Si la aspirante Paloma Valencia aparece demasiado pegada al expresidente, deja de ser una líder con destino propio y empieza a verse como una candidatura delegada, administrada, prestada. Eso le puede funcionar en primera vuelta para cerrar filas. Pero también puede ponerle techo cuando tenga que buscar al votante popular no uribista, al independiente, al cansado de la polarización, al que quiere autoridad.

Pero hay otro fenómeno más interesante, más sutil y quizá más aventurado para el Centro Democrático: Abelardo de la Espriella, quien ha sabido hablarle al uribismo mejor de lo que muchos quisieran admitir.

Y ese punto no es menor. Abelardo no necesita militar en el Centro Democrático ni someterse a la liturgia uribista para capturar una parte de ese electorado. Lo que ha hecho es más inteligente: ha entendido el código emocional del uribismo. Ha sabido hablar en el tono que ese votante reconoce. Firmeza, confrontación, castigo, antipetrismo, autoridad, cero complejos, cero tibiezas. Mientras otros intentan seducir al uribismo desde la formalidad partidista, Abelardo lo hace desde el instinto. Y en política, muchas veces, el instinto vale más que el organigrama.

El estilo de Abelardo, duro y frontal, le es familiar al votante uribista. Su narrativa y su puesta en escena también. Él ha entendido que puede disputarle al uribismo su alma sin necesidad de cargar con su estructura ni con su pasado. Abelardo tiene que demostrar que puede gobernar, que sabe conducir. Que tiene el temple necesario.

Ahí está, precisamente, la amenaza para Paloma. Porque mientras ella puede quedar atrapada entre la necesidad de honrar a Uribe y la obligación de emanciparse de él, Abelardo tiene la libertad de recoger buena parte de ese voto desde afuera, sin tener que responder por todo el equipaje histórico del uribismo formal.

Paloma representa al uribismo orgánico; Abelardo ha empezado a capturar al uribismo emocional. Y en una elección marcada por la bronca, el miedo, el cansancio y el deseo de castigo, eso puede resultar decisivo.

Por supuesto, Abelardo también tiene un límite. Puede encarnar rabia, pero todavía tiene que demostrar que puede encarnar gobierno. Ese será su examen real. Porque una cosa es capitalizar el enojo, y otra muy distinta convencer al país de que se tiene el temple y la cabeza para gobernarlo.

Así las cosas, la contienda empieza a perfilarse con nitidez: Cepeda compite por el voto popular de la reivindicación y la protección social; Paloma por el voto del orden con estructura; y Abelardo por el voto del castigo, del carácter y de la firmeza sin intermediarios. Los tres entienden, de una u otra forma, que la elección no se decidirá en los salones donde se comenta el país, sino en los barrios donde se padece.

Y en una elección donde probablemente aumente la participación, esa diferencia importa. Porque cuando la gente sale en masa a votar, no solo se activan las lealtades tradicionales. También se movilizan los malestares profundos. Y quien mejor interprete esos malestares, quien mejor los verbalice y quien mejor los convierta en voto, puede dar la sorpresa o consolidar la victoria. Estas serán las elecciones que se regirán por emociones. 

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