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(OPINIÓN) Colombia y la inteligencia artificial: mucho anuncio, poca preparación. Por: Andrés Gaviria Cano

En Colombia hablamos de inteligencia artificial como solemos hablar del futuro.

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(OPINIÓN) Colombia y la inteligencia artificial: mucho anuncio, poca preparación. Por: Andrés Gaviria Cano

En Colombia hablamos de inteligencia artificial como solemos hablar del futuro: con ruedas de prensa, comités, foros, documentos y promesas grandilocuentes, pero con muy poca intervención sobre la realidad. Se anuncian estrategias, se crean mesas de trabajo, se multiplican las fotos oficiales y los discursos sobre innovación, pero cuando uno sale de la narrativa y mira el terreno, encuentra un país que no se está preparando en serio para el cambio tecnológico más importante de nuestra generación.

Y ese es el punto de fondo: la inteligencia artificial no es una moda, ni un tema útil para adornar discursos. Es una infraestructura decisiva. En su momento lo fueron la electricidad, las carreteras, el acceso masivo a internet. Hoy lo es la capacidad de desarrollar, adoptar y gobernar tecnologías que están cambiando la manera en que se produce, se educa, se compite y se gobierna. La diferencia es que esta transformación avanza a una velocidad mucho mayor, y Colombia sigue discutiéndola como si todavía hubiera tiempo de sobra.

Mientras otros países están reorganizando sus sistemas educativos, sus prioridades de inversión, sus capacidades científicas y su aparato estatal alrededor de estas herramientas, aquí seguimos atrapados en una conversación superficial. Hablamos de “regular a los robots”, de “apostarle a la innovación”, de “subirnos al tren del futuro”, pero muy poco de lo esencial: quién va a formar el talento, cómo se van a modernizar las instituciones, de dónde saldrá la infraestructura, cómo van a adaptarse las empresas y qué papel va a jugar el Estado en todo esto.

El rezago empieza en la educación. Nuestros niños y jóvenes no están recibiendo una formación seria en pensamiento computacional, lectura crítica de datos ni uso productivo de herramientas de inteligencia artificial. En buena parte del sistema educativo seguimos enseñando para un mundo que ya se está quedando atrás. A eso se suma que muchos docentes no cuentan con acompañamiento, tiempo ni herramientas para incorporar estos recursos de manera útil en el aula. Y en las universidades, aunque existen esfuerzos valiosos y centros académicos de gran calidad, la impresión general sigue siendo la misma: unas pocas islas de sofisticación rodeadas por un océano de rezago.

El resultado no es menor. Estamos formando una generación que tendrá que competir en un mercado laboral profundamente transformado por estas tecnologías, sin haber recibido la preparación necesaria para hacerlo con ventaja. Ese desfase se va a traducir, tarde o temprano, en más exclusión, más brecha social y menos movilidad.

En el sector público la situación tampoco invita al optimismo. Se habla con facilidad de “Estado inteligente”, pero la mayoría de nuestras entidades todavía opera como si la modernización tecnológica fuera un asunto accesorio, no una herramienta concreta para prestar mejores servicios, reducir tiempos, detectar irregularidades, mejorar la asignación de recursos y tomar mejores decisiones. El problema no es solo técnico: es una mezcla de desarticulación, falta de capacidades, escasez de talento especializado y ausencia de continuidad.

En muchos municipios del país no hay conectividad robusta, no existen equipos preparados para liderar proyectos de datos, y mucho menos presupuestos consistentes para emprender procesos de transformación tecnológica. Allí donde más podría servir una mejor gestión de información para educación, salud, seguridad o planeación, lo que hay es precariedad institucional. Seguimos tratando la inteligencia artificial como una línea decorativa dentro de un plan de desarrollo, no como una palanca real de transformación del Estado.

En el sector privado, meanwhile, se está abriendo una brecha igual de preocupante, aunque menos visible. Un grupo reducido de grandes empresas y algunos emprendimientos ya está utilizando estas herramientas para ganar productividad, optimizar procesos, mejorar atención al cliente, analizar información y tomar decisiones con mayor rapidez. Pero para la mayoría del tejido empresarial colombiano, compuesto en su inmensa mayoría por micro, pequeñas y medianas empresas, la conversación todavía suena lejana. Muchas no saben por dónde empezar; otras no tienen recursos; otras, simplemente, no ven todavía el impacto que esto tendrá sobre su competitividad.

Si esa brecha no se atiende, el resultado será predecible: más concentración, más desigualdad y una economía partida entre unos pocos que incorporan tecnología para volverse más eficientes y una mayoría que queda rezagada. No se trata de un debate abstracto. Se trata de empleo, productividad, ingresos y posibilidades reales de progreso.

Lo preocupante no es que Colombia vaya detrás de la frontera tecnológica. En cierto sentido, eso puede ser comprensible en un país con tantas urgencias acumuladas. Lo verdaderamente inquietante es que ni siquiera estamos construyendo las capacidades mínimas para no quedar por fuera del mapa. El talento que sí se forma termina muchas veces emigrando porque encuentra fuera del país mejores oportunidades, mejores salarios y ecosistemas más serios. Las iniciativas valiosas tropiezan con trámites interminables, presupuestos inestables y una institucionalidad que rara vez logra sostener una apuesta a largo plazo. Y la conversación pública sigue agotándose en eslóganes: innovación, economía del conocimiento, revolución digital. Términos que repetimos con soltura, pero que a menudo usamos más como escenografía que como compromiso.

Prepararse para la inteligencia artificial no es redactar un documento elegante ni crear una comisión. Es tomar decisiones incómodas y sostenidas en el tiempo. Es revisar currículos, invertir de verdad en formación docente, ampliar conectividad, fortalecer investigación, atraer y retener talento, modernizar bases de datos públicas, acompañar a las pymes en su adopción tecnológica y exigirle al Estado que use mejor la información para gobernar. También implica discutir con seriedad los límites, los riesgos y la regulación, pero sin caer en la tentación de creer que regular, por sí solo, equivale a prepararse.

Porque aquí conviene decirlo con franqueza: un país no se vuelve competitivo por declarar que quiere serlo. Se vuelve competitivo cuando alinea educación, inversión, empresa e instituciones en una misma dirección. Y hoy Colombia está lejos de haber hecho ese trabajo.

Todavía estamos a tiempo, pero no indefinidamente. Cada año de retraso amplía la distancia frente a los países que ya entendieron que esta transformación no es opcional. Y esa distancia no será solo tecnológica. Será económica, educativa e institucional. Será una diferencia en productividad, en capacidad de atraer inversión, en calidad del empleo, en fortaleza del Estado y, en últimas, en posibilidades de desarrollo.

La verdadera brecha no será solamente entre quienes tienen acceso a estas herramientas y quienes no. Será, sobre todo, entre los países que asumieron este reto como una política de Estado y aquellos que decidieron usarlo como una pieza más de propaganda. Hoy, Colombia está peligrosamente más cerca de lo segundo.

Si no corregimos el rumbo, la inteligencia artificial no será para nosotros una oportunidad de modernización, sino un espejo incómodo. Uno que dentro de unos años nos recordará que vimos venir el cambio, que entendimos su magnitud, que tuvimos tiempo para prepararnos y, aun así, preferimos quedarnos en el anuncio.

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