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Alberto Giacometti: Una escritura (de la escultura)

Toda escultura es una escritura; por eso mismo A. Giacometti (1901-1966), lo que hace en sus esculturas es escribirse y escribirnos.

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Alberto Giacometti: Una escritura (de la escultura)


Por: Óscar Jairo González Hernández

La forma no es lo esencial, sino el teatro escritural de la forma, la que llama e invoca el vacío, el vacío como el principio de la forma. La técnica de la escultura de Giacometti es la forma y el vacío, como lo es para los orientales. Vacío de todo y vaciado de la forma en la escultura, en su escritura. El escultor intenta escribir con la escultura, para inmovilizarse en el vacío de la forma. La forma es el vacío para él. La escultura de Giacometti habla del vacío y escribe la forma, pero una forma vaciada de sí misma; podríamos decir una forma sin forma.

Hay extinción de la forma y extensión de lo escriturable por la escultura. Y en él, la escultura, como es escritura, es también, con la misma intención, teatro. Es la escultura de Giacometti una escultura teatral. Teatro de la escultura, porque siempre proviene de ella misma, como máscara. Es lo que es y no lo que no es, el hombre o el perro, su hermano o su hermana. Nada es lo mismo después de que ya lo he percibido y lo conozco, y como me conoce, ya no es lo mismo. He ahí el drama.

O sea, Giacometti no domina la técnica de la escultura moderna. Inventa entonces una nueva, porque el que no domina una técnica la inventa, como por decir: Brancusi, Lipchitz, Ramírez Villamizar o Vayda. Lo que queremos decir es que él no sabe lo que hace, sino lo que revela, lo que imanta de sí mismo y le da forma. El sentido no es lo que determina la búsqueda; lo que dice de la búsqueda es el no sentido, lo que se inicia en lo insólito y el azar, lo súbito. El objeto estructural de la escultura de Giacometti no es lo que se ordena, sino lo que se mueve en el caos, en el caosmosis, como diría Guattari.

De eso se trata, cuando un escultor inventa su tratado para hacerse escultor, cuando no necesita imitar a nadie, sino que se halla en sí mismo, obedeciendo a su principio y a su hilo imantado. El método de Giacometti es, matemáticamente dicho, el de la destrucción y el del exterminio de lo imitable, de lo escultórico por lo escultórico. Nada de lo que haya es imitación de la realidad, sino una desestimación una destrucción del objeto hallado del surrealismo, para decidirse por el objeto invisible, como nos lo dice Genet: "La soledad, como yo la entiendo, no significa condición miserable, sino más bien realeza secreta, incomunicabilidad profunda, pero conocimiento más o menos oscuro de una inatacable singularidad” (1).

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Las medidas, la densidad y el peso de una escultura de Giacometti son el vacío. Todo tiene que desear la nada, como decía Sartre: "Giacometti por igual niega la inercia de la materia y la inercia de su nada pura; el vacío es lo pleno, flujo desplegado; lo pleno en el vacío orientado. Lo real fulgura" (2). La dimensión es la dimensión en sí misma y no en su extensión, como lo habíamos observado hasta ahora, hasta él. Ya no es ni siquiera de la escultura de él de la que hablamos, sino de él, como el escultor que ha quedado inmerso, irradiado y proyectado por su escultura. Toca la materia y la violenta; la materia lo toca y lo violenta a él y a su proyección. Disyunción de lo real del escultor que toca su densidad, que ella no lo condena, como, por decir, a quien, sin ser escultor, hace escultura.

El escultor es el escultor; para Giacometti, los demás hacen esculturas. La condición del escultor es la irritación que le provoca lo imitable que hay en la escultura, y que no constituye la formación de un tratado sobre ella. En él, lo que hallamos, lo que se ilumina, como para un "iluminador de libros" es que la masa no interesa, no es lo esencial. Lo esencial entonces es cómo ella misma es prueba de nuestra inconsistencia, de nuestra incoherencia y de nuestro morir. Giacometti ha inventado la escultura-dibujo, porque ellas poseen líneas y trazos. Y sus esculturas son trazos que, como lo indicaba Michel Leiris: "Fabrican el espacio". Ese es el escultor, el que no ornamenta y para el cual la escultura no es un accesorio que llena lo que está "vacío" o más bien vaciado.

En la relación de mi ojo con las esculturas de Giacometti, de lo que se le provee es de la muerte. De que somos y estamos hechos para la muerte, pero que hay momentos de un vacío ideal-real, en el cual la muerte se libera de nosotros, y es ella misma, sin necesidad de destruirnos. Y he ahí su poder. La escultura y la escritura femenina de Giacometti, así lo prueba. Esta feminización del orden del mundo es el nuevo orden de la escultura, su sensibilidad y su percepción. La forma no es el volumen, sino la densidad.

Notas:

1. Genet, Jean. El objeto invisible. Escritos sobre arte, literatura y teatro. Barcelona. Editorial Thassália, 1997. Pág. 44.
2. Sartre, Jean Paul. Literatura y arte. Situations IV. Buenos Aires. Editorial Losada, 1966. Pág. 268.

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