(OPINIÓN) Mujeres, ¿y si el equilibrio no existe? Por: María Fernanda Valdivieso
A todas nos han dicho que tenemos que encontrar un equilibrio. Como si en algún lugar de la vida existiera un punto exacto en el que todo finalmente encaja: trabajas lo suficiente, pero no demasiado; cuidas a los demás, pero también te cuidas a ti; eres independiente, pero permites que te cuiden; eres sensible, pero no demasiado emocional; eres exitosa, sin embargo sin parecer competitiva; cuidas tu apariencia, no obstante sin dar la impresión de necesitar aprobación.
Y, por supuesto, tienes que ser buena mamá, buena pareja, buena hija, buena amiga, buena profesional y todavía encontrar tiempo para ti.
A veces me pregunto si no nos hemos puesto otra carga encima cuando hablamos de “equilibrio”. Porque ahora, además de vivir, tenemos que hacerlo bien. Tenemos que administrar perfectamente nuestro tiempo, nuestras emociones, nuestro cuerpo, nuestras relaciones, nuestra carrera y nuestra familia. Y cuando alguna de esas piezas ocupa demasiado espacio, sentimos que estamos haciendo algo mal.
Pero ¿quién dijo que todo tiene que estar equilibrado al mismo tiempo?
Hay temporadas en las que el trabajo necesita más atención. Estás empezando un proyecto, tienes una oportunidad importante o simplemente necesitas producir más para sostener lo que has construido. En otras épocas, quizá tus hijos necesiten más presencia, tus padres requieran acompañamiento o tú misma estés atravesando algo que te obligue a bajar el ritmo. También habrá momentos en los que tendrás ganas de salir, conocer gente, viajar, aprender algo nuevo y volver a sentir que hay una parte de ti que existe más allá de las responsabilidades.
Eso también es una vida equilibrada, aunque desde afuera no lo parezca.
El equilibrio no necesariamente significa repartir las horas de manera perfecta entre todas las áreas. No significa dedicar el mismo esfuerzo al trabajo, a la familia, a la pareja, a los amigos, al cuerpo y a ti misma. Hay días en los que una cosa será prioridad y otras tendrán que esperar. Y habrá que aprender a vivir con eso sin sentir que cada elección significa abandonar todo lo demás.
Una mujer puede pasar una etapa muy concentrada en su carrera y después necesitar volver la mirada hacia su familia. Puede dedicar unos años casi por completo a sus hijos y más adelante sentir unas ganas enormes de recuperar proyectos propios. Puede estar enamorada y necesitar espacios de soledad. Puede disfrutar de su independencia y agradecer que alguien le diga: “Yo me encargo”. Puede sentirse orgullosa de lo que ha logrado y, al mismo tiempo, preguntarse si todavía quiere seguir corriendo detrás de lo que alguna vez llamó éxito.
Nada de eso la convierte en una mujer confundida. La convierte en una mujer que cambia. Y cambiar debería ser una posibilidad, no una acusación.
A las mujeres, además, se nos exige una especie de equilibrio moral. Ser fuertes, pero no tanto. Ser femeninas, pero sin parecer frágiles. Tener carácter, pero seguir siendo agradables. Defender una opinión, pero sin incomodar. Tener ambiciones, sin embargo sin hacer sentir mal a quienes están alrededor. Ser independientes, aunque tampoco demasiado, porque siempre debe quedar espacio para que alguien pueda cuidarnos. Ser madres presentes, parejas amorosas, hijas pendientes y profesionales comprometidas, sin que ninguna de esas versiones de nosotras interfiera demasiado con las otras.
Es una tarea imposible si pretendemos cumplirla todos los días.
Quizá por eso tantas mujeres sentimos que nunca hacemos suficiente. Cuando estamos trabajando, pensamos en lo que dejamos pendiente en casa. Cuando estamos con la familia, recordamos el correo que no nos respondieron. Cuando descansamos, sentimos que deberíamos estar produciendo. Cuando nos arreglamos, nos preguntamos si estamos exagerando. Cuando dejamos de arreglarnos, es que nos estamos descuidando. Cuando decimos no, aparece la culpa. Cuando decimos sí a todo, terminamos agotadas.
Y así, sin darnos cuenta, podemos pasar años intentando llegar a un punto medio que nadie ha definido realmente. Y tal vez no necesitamos encontrarlo. Tal vez necesitamos aprender a movernos.
Moverse significa aceptar que habrá etapas de mucha entrega y otras de recuperación. Significa entender que cuidar de una persona que amamos puede ocuparnos mucho durante un tiempo y que eso no significa que hayamos perdido nuestra identidad. Significa reconocer también cuándo una responsabilidad temporal se convirtió en una forma permanente de vivir y ya no sabemos cómo salir de ahí.
Una cosa es elegir dónde poner nuestra energía y otra muy distinta es olvidarnos de nosotras mismas mientras cumplimos con todo lo demás. Porque sí, habrá momentos en los que tocará priorizar. Lo que no debería desaparecer por completo es la posibilidad de volver a ti.
Volver a tus amigos. A tus intereses. A tu cuerpo. A tus proyectos. A una tarde sin obligaciones. A algo que haces únicamente porque te gusta y no porque sea útil para alguien más.
No está mal estar muy ocupada y sentirte plena. También puedes tener una agenda aparentemente perfecta y sentir que llevas años viviendo en automático. Puedes tener una familia maravillosa y necesitar recuperar espacios propios. Puedes tener una carrera exitosa y descubrir que ya no quieres el ritmo que alguna vez deseaste. Puedes amar profundamente lo que has construido y aun así querer cambiar algunas cosas.
No tenemos que convertir cada contradicción en una tarea pendiente. Crecer no consiste en eliminar esas contradicciones para convertirnos en una versión perfectamente coherente de nosotras mismas. De pronto consiste en conocernos lo suficiente para saber qué necesitamos en cada etapa y no castigarnos porque hoy no queramos lo mismo que queríamos hace cinco años.
La vida no se queda quieta. Nosotras tampoco.
Por eso, el equilibrio no es un lugar al que finalmente llegamos después de organizarlo todo. Es darnos cuenta de cuándo estamos demasiado lejos de nosotras mismas y tener la libertad de movernos. A veces hacía el trabajo. A veces hacia la familia. A veces hacía una relación. A veces hacía el silencio. Y algunas veces, simplemente, hacia nosotras.
Una vida real no permanece perfectamente balanceada. Se desordena, cambia, exige, sorprende y vuelve a acomodarse. Hay temporadas en las que damos más y otras en las que necesitamos recibir. Una forma mucho más humana de entender el equilibrio podría ser no tenerlo todo en su sitio, sino saber cuándo necesitamos volver a ponernos en el nuestro.

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