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(OPINIÓN) Los nuevos partidos. Por: Héctor Quintero Arredondo

El nuevo presidente ya tiene partido. La exsenadora María Fernanda Cabal se apresta a buscar personería para lograr que también le reconozcan a “Tradición y Libertad” como partido.

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(OPINIÓN) Los nuevos partidos. Por: Héctor Quintero Arredondo

Con la capacidad de trabajo que le conocí cuando tuve el honor de ser secretario general del Centro Democrático, creo que lo logrará.

En solitario, siempre he dicho que me gustan las manifestaciones de las fuerzas sociales y que si ellas se presentan es porque las carcasas tradicionales no navegan bien.

Cuando tantos se rasgaban las vestiduras porque había algo así como cien aspirantes a la presidencia, siempre manifesté que no había por qué entrar en histeria, que aquello era como en las carreras de caballos: se inscriben muchos binomios, algunos caballos no se pueden montar, otros se encabritan, no falta el que se devuelve del partidor y, al fin, la mayoría no llega a tierra derecha.

Los partidos en Colombia —y lo lamento— son más caudillistas que participativos, más clubes de corporados, en especial congresistas, que organismos de base; viven obsesionados con la ideología, pero a la hora del otorgamiento de avales, sus militantes siempre están listos a cambiar de camiseta.
Ello es muy grave. Antes los partidos eran la primera fuerza política en Colombia. Así lo enseñamos en los maravillosos días del profesorado en la U.P.B. Hoy ganan las “mayorías silenciosas”, cosa que no me choca porque ello se acerca al dicho gaitanista de que “el pueblo es superior a sus dirigentes”, pero este fenómeno no deja de ser difícil de asir en cuanto al conocimiento de la política.

Esperemos, pues, a ver si aparecen más partidos, leamos qué proponen y aceptemos realidades.

Yo me quedo en el Centro Democrático, dentro de él, varias actitudes deberían cambiar; la principal, sumarse a la descentralización autonómica. Allá no me han molestado por mis posiciones heterodoxas. Recuerdo mis cuarenta años de docencia en la Bolivariana, cuando me preguntaban cómo un liberal como yo podía ser profesor en el noble claustro y yo respondía: afirmo que mi cátedra siempre fue libre; eso sí, no me metía, ni aceptaba que nadie se metiera con el dogma católico. Al que no le gustara, ¡como decía una querida amiga que ya goza de la gloria de Dios, “eso es lo que hay, monito”!

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