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¿Inteligencia artificial, personal y gratuita? Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera

El 10 de agosto de 2026, Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Meta, publicó The Future Is for Everyone: The Path to a Positive AI Future, un manifiesto de unas 6.500 palabras sobre la llegada de la «superinteligencia personal», texto que se incorpora a la sucesión de pronunciamientos con los que los propietarios de las grandes corporaciones tecnológicas están intentando fijar, desde sus propias empresas, las condiciones del mundo que viene.

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¿Inteligencia artificial, personal y gratuita? Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera

Zuckerberg escribe que “the question that matters for our era is not whether superintelligence will exist, but who will get to use it”, «la pregunta que importa en nuestra era no es si existirá la superinteligencia, sino quién podrá utilizarla», y presenta como respuesta un futuro en el que cada individuo pueda disponer de capacidades avanzadas de inteligencia artificial sin que estas queden concentradas en unos pocos gobiernos o compañías, una formulación que parece inequívocamente democrática hasta que se observa la estructura material que la sostiene, porque quien promete distribuir la inteligencia es también propietario de una de las mayores infraestructuras privadas de interacción social del planeta y está destinando cantidades extraordinarias de capital a construir el cómputo necesario para producirla.

Zuckerberg propone que todos tengan acceso «gratuito o asequible» a estas herramientas y plantea que quienes quieran utilizar cantidades mayores de cómputo puedan pagar por esa capacidad, una fórmula que no elimina la desigualdad de acceso sino que la reorganiza alrededor del poder computacional, habrá una inteligencia disponible para todos y diferentes posibilidades de utilización según la capacidad que cada usuario pueda obtener, de modo que la propuesta no rompe con el modelo comercial que ya domina la inteligencia artificial generativa sino que lo extiende hacia una nueva escala, acceso básico para una población masiva y capacidades superiores vinculadas a la disponibilidad de cómputo, mientras la diferencia entre una experiencia y otra, queda determinada por la infraestructura que administra la empresa.

La posición de Meta resulta especialmente significativa por su propia historia, Facebook, Instagram y WhatsApp construyeron durante años una infraestructura social privada de escala planetaria alrededor de la conexión, la atención, la segmentación y la interacción de datos de miles de millones de personas, y ahora Meta intenta colocar sobre esa infraestructura una capa diferente, agentes de IA capaces de asistir, crear, investigar, organizar y ejecutar tareas; el mismo día del manifiesto la compañía presentó Muse Glimmer, un modelo de pesos abiertos diseñado para tareas agentivas en dispositivos personales, y anunció Muse Spark 1.2, con lo que busca disputar simultáneamente la arquitectura de los modelos y el espacio social donde esos modelos serán utilizados.

De igual manera ahí que advertir que el manifiesto de Zuckerberg tampoco aparece aislado de una nueva agenda geopolítica tecnológica estadounidense. En abril de 2026, Palantir difundió un manifiesto de 22 puntos inspirado en The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, de Alex Karp y Nicholas Zamiska, donde la relación entre Silicon Valley, defensa nacional y poder estadounidense ocupa un lugar central el documento provocó críticas que llegaron a describirlo como una expresión de «tecnofascismo» por su convergencia entre poder tecnológico, nacionalismo y aparato de seguridad, mientras otros críticos lo interpretaron como una doctrina de militarización de la inteligencia artificial.

Más allá de una etiqueta cuya utilización exige precisión histórica, lo significativo es la agenda que aparece detrás de ella, una alianza cada vez más estrecha entre la élite tecnológica, la industria de defensa y el Estado norteamericano alrededor de la superioridad computacional, en ese punto converge con Zuckerberg, aunque desde una arquitectura discursiva diferente, porque mientras Washington necesita de las corporaciones para conservar su ventaja tecnológica y militar, estas encuentran en esa prioridad nacional una legitimación extraordinaria para acelerar inversiones, construir infraestructura y ampliar su capacidad de cómputo, la propiedad continúa siendo privada, pero su expansión comienza a presentarse como una necesidad nacional.

Las redes sociales aprendieron durante años qué hacemos, qué miramos, qué compartimos, qué comentamos, qué nos interesa y cuánto tiempo permanecemos conectados, la interacción con agentes añade otra dimensión, qué preguntamos, cómo formulamos un problema, qué queremos aprender, qué necesitamos resolver y qué alternativas consideramos, esto no significa que cada conversación se convierta automáticamente en dato de entrenamiento ni que todas las compañías utilicen las interacciones de la misma manera, significa que la relación cotidiana con agentes puede producir información mucho más próxima a nuestras necesidades, preferencias y formas de razonamiento, la plataforma deja entonces de limitarse a registrar la conducta y comienza a mediar operaciones que antes realizaba directamente la persona.

El teléfono inteligente ya había trasladado al dispositivo funciones como la orientación, la memoria, la comunicación y la búsqueda de información; los agentes de inteligencia artificial avanzan sobre la escritura, la investigación, la programación, la traducción, la creación y la organización. Cuando una actividad puede realizarse más rápidamente mediante una máquina existen incentivos para delegarla, y cuando esa delegación se vuelve permanente puede convertirse en dependencia funcional. Una institución que necesita agentes para trabajar con la misma velocidad que las demás instituciones ya no utiliza simplemente una herramienta, depende de una infraestructura.

Por eso el problema no se resuelve con la palabra «acceso», un usuario puede recibir gratuitamente un agente sin poseer los centros de datos, los procesadores, las redes eléctricas, los sistemas de refrigeración, los modelos ni el cómputo que hacen posible su funcionamiento, puede utilizar una capacidad que pertenece a otro mientras la empresa decide qué modelo ofrece, qué funciones habilita, qué restricciones incorpora y cuánto procesamiento pone a disposición, Zuckerberg advierte que uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial consiste en que una sola entidad concentre demasiado poder sobre ella, pero distribuir el acceso mediante infraestructura privada no elimina por sí mismo la concentración material que hace posible ese acceso.

Los números muestran la dimensión de esa concentración. El 29 de julio, Meta confirmó que espera invertir entre 130.000 y 145.000 millones de dólares en 2026, mientras acelera la expansión de centros de datos y capacidad de cómputo, una inversión que la propia compañía vincula con su expansión en inteligencia artificial. La promesa de distribuir la inteligencia exige así concentrar cantidades extraordinarias de capital, chips, energía, centros de datos y capacidad computacional; la interfaz puede llegar a todos mientras el cómputo permanece bajo propiedad de unos pocos.

El poder no consiste solamente en producir respuestas inteligentes sino en controlar las condiciones materiales que permiten producirlas. Quien posee el cómputo determina su escala, disponibilidad, capacidades y límites; quien administra la plataforma decide cómo millones de personas acceden a esa capacidad. La inteligencia puede hacerse personal sin que la infraestructura deje de ser corporativa y puede hacerse gratuita sin convertirse en un bien común.

La promesa de Zuckerberg adquiere así una dimensión política distinta de su lenguaje optimista: la población puede recibir acceso masivo a una tecnología extraordinariamente poderosa sin adquirir soberanía sobre ella, puede utilizar gratuitamente una inteligencia mientras paga por niveles superiores de capacidad, puede producir millones de interacciones mientras las plataformas acumulan valor y puede delegar operaciones cognitivas mientras aumenta su dependencia de quienes administran el cómputo. La gratuidad amplía la población conectada pero no modifica necesariamente la relación de propiedad.

La estructura queda expuesta en una fórmula sencilla: acceso masivo, capacidad diferenciada y propiedad concentrada. Zuckerberg presenta la primera como democratización, pero mientras la capacidad superior dependa del pago y toda la arquitectura permanezca bajo control corporativo, democratizar el acceso no equivale a democratizar la infraestructura.

El manifiesto de Meta no anuncia el final de esta estructura sino su proyección hacia una etapa en la que la inteligencia artificial puede dejar de ser una aplicación utilizada ocasionalmente para convertirse en infraestructura cotidiana de la educación, el trabajo, la investigación, la producción y la administración, sin resolver la pregunta por quién determina cuánto de esa inteligencia puede utilizar cada persona, bajo qué condiciones y con qué límites.

Referencias

Zuckerberg, M. (2026, 10 de agosto). The Future Is for Everyone: The Path to a Positive AI Future. Meta. Texto original del manifiesto de Zuckerberg

Reuters. (2026, 10 de agosto). Meta launches new AI model as Zuckerberg champions open-weight push. Reuters — Muse Glimmer y Muse Spark 1.2⁠

Reuters. (2026, 29 de julio). Meta cash flow craters as Zuckerberg doubles down on AI spending. Reuters Inversión de Meta en infraestructura de IA⁠

Associated Press. (2026, 10 de agosto). Zuckerberg's manifesto sketches out Meta’s ambitions for world-changing AI technology. Associated Press Manifiesto y superinteligencia personal⁠

The Washington Post. (2026, 10 de agosto). Mark Zuckerberg’s latest manifesto promises to save America with AI. The Washington Post análisis del manifiesto⁠

Al Jazeera. (2026, 20 de abril). ‘Technofascism’: Critics accuse Palantir of pushing AI war doctrine. Al Jazeera críticas al manifiesto de Palantir⁠

El País. (2026, 26 de abril). El inquietante manifiesto de Palantir recibe un aluvión de críticas, entre el tecnofascismo y el villano de James Bond. El País Recepción crítica del manifiesto de Palantir⁠

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