(OPINIÓN) Los jefes del Centro Democrático salieron con una luz rara en sus rostros. Por: Eduardo Mackenzie
El espíritu de la JEP se posó sobre la cabeza de los jefes del Centro Democrático, en una de sus reuniones recientes a puerta cerrada. Salieron de allí esos jefes con una luz rara en sus rostros y con una inamovible creencia en sus cerebros: Gustavo Petro fue, después de todo, un presidente normal, que cometió, es cierto, algunos “errores” pero él merece ahora darse un paseo por el mundo con el apoyo del Centro Democrático.
Primera consecuencia práctica de tal milagro: el alto uribismo aceptó maniobrar en el Senado para que el avieso expresidente pudiera salir del país y escapar a las horribles persecuciones que sus víctimas, el pueblo colombiano, quieren desplegar contra él.
Poco después, el CD publicó un texto en redes sociales donde tratan de justificar desde un punto de vista jurídico el permiso otorgado. Dicen que gracias al CD le pusieron condiciones a esa salida. Pero esas “condiciones” son ridículas: durante un año él tendrá que decir a dónde irá. Y como Petro nunca dice una mentira, todos debemos quedar tranquilos. Y debemos decir gracias, Uribe.
Casi al mismo tiempo, en redes sociales, el propio expresidente Uribe hizo otra aparición para vender dos ideas: las críticas contra el CD equivalen a amenazas y, de hecho, “algunas personas del CD se sienten amenazadas”. Uribe tuvo además el impudor de utilizar el asesinato de Miguel Uribe Turbay para sugerir que las críticas contra el voto del CD en el Senado en favor de Petro podrían terminar en un atentado.
En otras palabras: el expresidente notifica a todos: él no quiere que la militancia de su partido, ni los ciudadanos en general, piensen ni traten el asunto de la repugnante connivencia entre el CD y la Unión Patriótica de Iván Cepeda. Uribe intenta ponerle un bozal a cada crítico. Satiriza esas glosas legítimas como “acusaciones llenas de rabia contra el Centro Democrático”. Como la rabia es una enfermedad animal quienes critican la deriva inquietante del CD ¿qué forma tienen?
Enseguida, Álvaro Uribe nadó hasta el fondo del debate con este argumento: “A todos los expresidentes les han dado ese permiso”. Petro es así elevado al nivel moral y político de los otros expresidentes. Eso es insultar a los expresidentes. Petro nunca fue un presidente como sus predecesores. Ninguno de ellos intentó llegar tan lejos en el desmonte de la democracia. Petro se negó a gobernar el país. En cambio, se sirvió de ese cargo para destruir desde dentro el sistema que tanto odia y entregarle a la militancia más insaciable del M-19 y de la extrema izquierda el andamiaje ministerial y los órganos descentralizados para que saquearan a placer esas dependencias. Y lo hicieron ante los ojos de todos. Petro obró para que las milicias, guerrillas, carteles, “mingas” y otros aparatos de muerte obtuvieran el control de vastísimos territorios para que acrecentaran sus inmundos botines y para expandir su poder letal y el voto-fusil sobre los colombianos más indefensos.
No, Álvaro Uribe, Petro no fue como los otros presidentes, incluso los peores, como Samper y Santos. Petro es un caso muy particular: la culminación de un trabajo de zapa y de entrismo comunista de 60 años. Por culpa de nuestra propia estupidez de ciudadanos, por la desidia y cobardía de las élites sin excepción, Petro se encaramó en el poder. Estaba convencido de que él era la brillante culminación de los “esfuerzos” revolucionarios de la URSS, Cuba y Venezuela. Y ahora nos vienen con el cuento del “odio comunitario”, un odio que ningún aparato originó pues lo creó sin motivo alguno la nación entera. ¿Tragaremos entero eso?
Gracias a esa operación, Petro le causó daños inmensos a la concordia colombiana, destruyó la seguridad, la salud, el polo energético, arruinó la competitividad de las empresas, facilitó el robo de tierras, los éxodos humanos, el eclipse de la educación superior y universitaria. Petro humilló a los sectores más necesitados. Colombia no tenía un presidente. Tenía un depredador en la Casa de Nariño. No conocemos el alcance de esos crímenes. Con el paso de los meses, iremos descubriendo hasta dónde pudo llegar ese individuo en la demolición del país. La reconstrucción no será menos ardua que la que nos espera tras el terrible terremoto del 10 de agosto y su cortejo interminable de damnificados y destrozos.
En ese contexto preciso, el “líder natural” del Centro Democrático dijo “No hay ninguna razón judicial para negarle ese permiso al expresidente Petro”.
Ese enfoque no es más que un remedo de la línea de Petro quien horas antes resumió su coartada: “No mantengo restricción legal para trasladarme al exterior”. Los impulsores de tal complacencia confunden, a sabiendas, que la salida prevista por el artículo 196 de la CN es política, no es judicial. Es política, es decir libre de argumentos judiciales y/o administrativos. Es únicamente política. Si el Senado considera que un expresidente no debe salir del territorio en los primeros 12 meses de su dejación del cargo, pues un órgano del poder legislativo u otra instancia podría pedirle explicaciones o su testimonio sobre algo, el Senado, sin mirar sentencia o papel alguno, puede perfectamente abstenerse de aprobar la salida o su contrario.
¿Quién ignora en Colombia que esa persona es objeto de investigaciones en Colombia, en Estados Unidos y en Europa donde se preguntan por el papel que él pudo haber jugado en la expansión de los carteles narcos y por negociaciones de defensa (caso de los aviones Gripen) que están lejos de ser claras? Petro fue incluido en la Lista Clinton. En la comisión de acusaciones de la Cámara de Representantes de Colombia cursan decenas de expedientes contra Petro por las ilegalidades cometidas por su campaña electoral de 2021-2022.
Ese hábil juego de travestir lo político en judicial embarcó a los 8 senadores del CD en ese voto vergonzoso. Y un puñado de áulicos se ufana de la gran perspicacia de sus jefes: ese voto pro-Petro demuestra, dicen, “nuestra coherencia opositora”.
Y, ante la sordera de la prensa establecida lanzan rumores, como el de que esas convergencias asombrosas no son acuerdos sino “coincidencias de hecho”. En realidad, entre el Centro Democrático y la Unión Patriótica hay acuerdos formalmente negociados y ejecutados, como el pactado el 6 de agosto, en un apartamento del norte de Bogotá, en presencia de Gustavo Petro, para la elección del Contralor General, como lo reveló Julio Sánchez Cristo, en Caracol Radio.
Por fortuna, Paloma Valencia prueba su “coherencia opositora”. Concibió un mensaje que consuela al país: si Petro se va, la oposición “queda descabezada”, y con Petro fuera de Colombia el presidente Abelardo de la Esperilla podrá “gobernar sin obstrucciones”. ¡Bravo! ¿Cómo le ocurre al Ecuador con Rafael Correa escondido en Bélgica?
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