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(OPINIÓN) Los primeros 100 días de Abelardo. María Fernanda Cabal

Abelardo no eligió su primera gran prueba. Cómo la enfrente sí será enteramente su responsabilidad.

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(OPINIÓN) Los primeros 100 días de Abelardo. María Fernanda Cabal

En 1815, Napoleón escapó de su destierro en la isla de Elba, regresó a Francia y recuperó el poder. Su aventura terminó poco más de 100 días después, tras la derrota en Waterloo.

Un siglo más tarde, Franklin Delano Roosevelt convirtió los 100 días en un referente político al utilizarlos, en plena Gran Depresión, para mostrar el rumbo de su gobierno. Desde entonces, ese periodo permite reconocer prioridades, liderazgo y capacidad de acción.

Este plazo no pretende exigir resultados definitivos. Es un periodo de observación exigente para determinar si el Gobierno cumple lo prometido, tiene un equipo capaz, ejerce la autoridad dentro de la Constitución y genera confianza. Los logros toman tiempo; el rumbo y el carácter se revelan antes.

Pero a Abelardo De la Espriella la realidad le adelantó el examen. El presidente no alcanzó siquiera a acomodarse la banda presidencial.

A solo tres días de su posesión, Colombia se estremeció con un terremoto de magnitud 7,4. El balance, todavía provisional, deja más de 300 muertos, miles de heridos, cientos de desaparecidos y una enorme destrucción, especialmente en el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Chocó.

En cuestión de horas cambiaron las necesidades de los colombianos y las prioridades del Gobierno. Lo que normalmente habríamos comenzado a observar durante 100 días, tendremos que empezar a verlo ahora.

No podremos exigir todavía resultados definitivos, pero sí liderazgo, decisión, coordinación, sensibilidad, rigor en el manejo de los recursos y respeto por los límites constitucionales, aun en medio de la emergencia.

Hay cosas para las que un Gobierno necesita tiempo; hay principios para los que no necesita ni un minuto.

Las crisis revelan cómo entiende un gobernante el poder: si lo utiliza para coordinar instituciones o concentrar decisiones; si comprende que incluso la urgencia tiene límites constitucionales; si evade sus deberes o asume el peso de la determinación.

El juicio también exige serenidad. De la Espriella recibió un Estado debilitado por cuatro años de improvisación, sectarismo y deterioro institucional: unas finanzas exhaustas y demasiadas entidades convertidas en refugio de activistas y recomendados.

Esa herencia explica las dificultades, pero no podrá convertirse en coartada. Los gobiernos se eligen para corregir lo recibido, no para utilizarlo como explicación de sus fracasos.

La paradoja no podía ser mayor. Uno de sus primeros anuncios fue el congelamiento del gasto público para comenzar a poner la casa en orden. El terremoto lo obligó casi inmediatamente a declarar la emergencia y movilizar recursos extraordinarios.

La tragedia exige instrumentos excepcionales, pero también austeridad inteligente: recortar burocracia, privilegios y gastos innecesarios para concentrar la capacidad del Estado en salvar vidas, atender a los damnificados y reconstruir las regiones afectadas. La austeridad bien entendida no paraliza al Estado: elimina la grasa para fortalecer el músculo donde más se necesita.

El presidente tendrá que conducir una maquinaria que apenas empieza a conocer, atravesada por inercias y cuotas políticas, y en la que demasiados técnicos fueron desplazados por activistas. Él no escogió esa burocracia, pero desde el momento en que asumió la presidencia, responde por el funcionamiento del Estado. Ese es el peso del poder.

Se pondrá a prueba, además, su promesa de gobernar desde las regiones. Cumplirla exige mucho más que trasladar ceremonias fuera de Bogotá. Significa coordinar con alcaldes y gobernadores, llevar soluciones, escuchar a las comunidades y permanecer cuando las cámaras se hayan marchado.

La respuesta humanitaria y la seguridad deberán avanzar juntas. La fuerza pública tendrá que apoyar los rescates, custodiar las ayudas y garantizar el acceso a las comunidades apartadas.

En las zonas donde existen organizaciones criminales, la tragedia no puede convertirse en una oportunidad para ampliar su control territorial. Donde el Estado retrocede, los violentos ocupan su lugar.

La autoridad también consiste en proteger.

De La Espriella llegó al poder respaldado por una mayoría, pero desde su posesión gobierna también para quienes no votaron por él. Eso significa aplicar las convicciones con las que fue elegido en beneficio de toda la nación. Los votos le dieron la legitimidad para llegar al poder, pero la presidencia le impone la responsabilidad de gobernar para todos.

Dentro de 100 días no podremos exigir regiones reconstruidas, finanzas saneadas ni seguridad restablecida. Pero sí podremos evaluar las señales: si hay mando y coordinación, si los recursos llegan, si la fuerza pública controla el territorio y si la urgencia se atiende sin desconocer los controles. Sobre todo, sabremos si el gobierno real comienza a parecerse al prometido.

La historia quiso que los primeros 100 días de Abelardo comenzaran con una prueba que nadie habría podido incluir en un programa de gobierno. El terremoto no suspendió el examen: lo adelantó.

Napoleón nos dejó la expresión y Roosevelt le dio su significado político moderno. A De La Espriella le correspondió comprobar que la historia no siempre concede 100 días para demostrar de qué está hecho un Gobierno.

Abelardo no eligió su primera gran prueba. Como la enfrente sí será enteramente su responsabilidad.

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