(OPINIÓN) De la pandemia al terremoto. Por: Bernardo Henao Jaramillo
Existe una extraña coincidencia histórica entre los gobiernos de Iván Duque y Abelardo De La Espriella. Los dos llegaron a la Presidencia con un programa, unas prioridades y una propuesta política determinada, pero terminaron enfrentados a acontecimientos extraordinarios y sobrevinientes capaces de modificar, por sí solos, la agenda de un gobierno.
A Iván Duque le ocurrió con la pandemia del COVID-19. Cuando el virus llegó a Colombia, en marzo de 2020, llevaba poco más de año y medio en el poder. Lo que inicialmente parecía una emergencia sanitaria terminó convirtiéndose en una crisis mundial que alteró prácticamente todos los aspectos de la vida nacional: salud, empleo, educación, crecimiento económico, gasto público y endeudamiento.
A Abelardo De la Espriella, a tres días de su posesión, le correspondió afrontar el terremoto de magnitud 7,4, ocurrido el 10 de agosto con epicentro cerca de San José del Palmar, Chocó, sismo que ha golpeado especialmente al occidente del país. Y mientras continúan las labores de búsqueda y rescate, privilegiando a las personas, las cifras cambian constantemente.
El balance más reciente de la UNGRD que entregara el propio Presidente da cuenta de “11.347 viviendas destruidas, 53.526 viviendas averiadas, 140 edificios colapsados, 1.819 centros educativos averiados, 631 centros comunitarios afectados, 179 centros de salud con fallas estructurales, 20 puentes vehiculares afectados, 203 vías afectadas, 44 acueductos comprometidos y 5 aeropuertos afectados”. Y después del rescate vendrá una segunda emergencia: la reconstrucción.
Las primeras estimaciones conocidas advierten que el costo total podría alcanzar hasta el 7 % del PIB colombiano, alrededor de US$40.600 millones. Se trata todavía de una proyección preliminar y no de una valoración definitiva. La cifra real solamente podrá conocerse cuando concluya el censo técnico de viviendas, edificaciones, infraestructura pública, servicios y actividad económica afectados.
Duque también tuvo que recurrir a enormes recursos extraordinarios para enfrentar la pandemia, pero el país disponía entonces de un margen fiscal y de endeudamiento diferente. De La Espriella recibe un Estado con unas finanzas públicas mucho más tensionadas, un presupuesto considerablemente desfinanciado, precisamente para cuando la tragedia exige movilizar enormes cantidades de dinero.
Antes del terremoto, Colombia ya enfrentaba un elevado déficit fiscal y fuertes necesidades de financiamiento. La deuda pública había alcanzado 1.169 billones de pesos en mayo de 2026, un incremento de más del 45 % frente al nivel registrado cuatro años antes. El propio Gobierno tenía previstas para este año operaciones cercanas a 140 billones de pesos entre deuda interna y externa.
De la Espriella llegó al Gobierno planteando una reducción del tamaño y del gasto del Estado, y su ministro de Hacienda había propuesto un recorte cercano a 20 billones de pesos. Ahora, una circunstancia absolutamente ajena a su programa político podría obligarlo a dirigir uno de los mayores esfuerzos de inversión pública y reconstrucción de las últimas décadas.
No significa necesariamente abandonar sus propuestas de gobierno. Significa reconocer que existen prioridades que la realidad impone por encima de cualquier programa electoral. Primero será necesario rescatar, atender, alimentar y alojar a los damnificados; después restablecer hospitales, colegios, carreteras, aeropuertos y servicios públicos; y finalmente reconstruir viviendas, pueblos y actividades económicas.
Todo ello puede tomar meses y, en algunos lugares, varios años. Los designios de Dios y los planes de los hombres
Al final, la pandemia que enfrentó Iván Duque y el terremoto que iniciando su período presidencial Abelardo De La Espriella afectó a Colombia, recuerdan una realidad que la política suele olvidar: los hombres hacen planes, elaboran presupuestos, presentan programas y establecen prioridades, pero los designios de Dios pueden situarlos, de un momento a otro, frente a circunstancias que obligan a cambiarlo todo.
Duque no llegó a la Presidencia para gobernar durante una pandemia. De La Espriella tampoco fue elegido para reconstruir las regiones devastadas por un terremoto. Sin embargo, esos acontecimientos terminaron imponiendo al primero, y ahora al segundo, responsabilidades que ninguna propuesta electoral podía anticipar.
Una tragedia no puede medirse únicamente sumando muertos, heridos, desaparecidos, viviendas destruidas o pérdidas económicas. Una tragedia es la ruptura abrupta de la vida como estaba prevista. Es una familia que en segundos pierde a uno de sus integrantes; una persona que contempla convertidos en escombros los esfuerzos de toda una vida; un trabajador que pierde su fuente de sustento. Una comunidad que desaparece y un país que debe suspender parte de sus planes para acudir en ayuda de quienes lo han perdido todo.
Por eso, detrás de los 265 muertos que registra el balance más reciente no existe simplemente ese número dentro de una estadística. Existen historias, familias y proyectos de vida truncados. Y mientras continúen las labores de búsqueda, ni siquiera sabemos todavía cuál será la dimensión humana definitiva de esta tragedia.
Las grandes tragedias ponen de manifiesto nuestra fragilidad, pero también revelan la capacidad de solidaridad de una sociedad. Los programas de gobierno pueden escribirse durante meses y los presupuestos proyectarse durante años; la historia, en cambio, puede cambiar en cuestión de segundos.
A Iván Duque se la cambió una pandemia mundial. A Abelardo De La Espriella se la está cambiando un terremoto. Y nuevamente serán los designios de Dios, la fortaleza de las instituciones y la solidaridad de los colombianos los que determinen cómo el país consigue levantarse de la tragedia y volver a comenzar.
Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes. (Salmo 46:1-3)

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