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(OPINIÓN) Lo que un partido puede enseñarnos sobre nuestros hijos. Por: Mariana Pareja

Cada cuatro años ocurre algo curioso. Familias enteras se reúnen frente a una pantalla para ver correr a veintidós personas detrás de un balón.

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(OPINIÓN) Lo que un partido puede enseñarnos sobre nuestros hijos. Por: Mariana Pareja

Se celebran goles como si fueran propios, se discuten decisiones arbitrales y se sufren derrotas que, en teoría, no cambian nada de nuestra vida cotidiana. Pero mientras los adultos observamos el partido, los niños suelen estar observando algo más importante.

Nos están observando a nosotros. Cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como esperamos. Cómo manejamos la frustración. Qué valoramos. Qué admiramos. Qué hacemos cuando sentimos alegría, rabia o decepción. Por eso, más allá del espectáculo deportivo, el Mundial puede convertirse en una oportunidad inesperada para educar.

La primera lección suele aparecer cuando el equipo favorito pierde. Para un adulto puede parecer exagerado que un niño llore por un partido. La reacción automática suele ser minimizar lo que siente: “No es para tanto”, “es solo fútbol”, “ya habrá otro partido”. Sin embargo, perder duele. A cualquier edad.

Cuando acompañamos esa emoción en lugar de apresurarnos a eliminarla, ayudamos a nuestros hijos a comprender algo importante: sentir tristeza no es un problema que haya que corregir, sino una experiencia que podemos atravesar. Y cuando la emoción baja de intensidad, aparece una pregunta poderosa: ¿Qué hizo bien el equipo a pesar de perder?

Porque la resiliencia no nace de ganar siempre. Nace de aprender a seguir adelante cuando las cosas no salen como esperábamos.

Otra lección está en aquello que muchas veces pasa desapercibido. Los reflectores suelen quedarse con quien marca el gol, pero ningún jugador gana un partido solo. Hay compañeros que corren, esperan, cubren espacios, apoyan y hacen posible que otros brillen.

El trabajo en equipo que admiramos en la cancha es el mismo que queremos construir en casa. Cada vez que señalamos esos gestos a nuestros hijos, les mostramos que cooperar, cuidar y confiar en otros no son habilidades exclusivas del deporte. Son habilidades para la vida.

También hay una enseñanza silenciosa que ocurre en cada partido. Cuando el árbitro toma una decisión que consideramos injusta, nuestros hijos dejan de mirar la pantalla por un instante y nos observan a nosotros.

Escuchan nuestras palabras. Ven nuestras expresiones. Aprenden de nuestras reacciones, porque los niños entienden mucho más de lo que ven que de lo que les explicamos.

Si respondemos con agresividad, ellos aprenden agresividad. Si respondemos con respeto, aprenden respeto. Si logramos tolerar la frustración sin perder el control, les mostramos una manera posible de enfrentar las injusticias que inevitablemente encontrarán en su propia vida y quizás una de las lecciones más valiosas aparece lejos de los titulares.

Ese jugador que corrió durante noventa minutos y cuyo nombre nadie menciona, ese que hizo el esfuerzo silencioso, ese que trabajó para que otro anotara.

Vivimos en una cultura que suele celebrar únicamente los resultados visibles. Por eso es tan importante enseñar a nuestros hijos a reconocer el valor del esfuerzo, incluso cuando no recibe aplausos.

No todo lo relevante aparece en las estadísticas, no todo lo valioso recibe reconocimiento y aun así sigue siendo valioso, pero si existe un verdadero trofeo durante el Mundial, probablemente no esté en la cancha; está en la sala de la casa, en las risas compartidas, en los abrazos después de un gol, en los comentarios que surgen entre jugada y jugada, en la sensación de haber vivido algo juntos.

Dentro de algunos años, es posible que tu hijo no recuerde el marcador de un partido específico. Tal vez tampoco recuerde quién levantó la copa; lo que sí recordará será quién estaba sentado a su lado. Porque los vínculos rara vez se construyen en los grandes acontecimientos. Se construyen en momentos cotidianos a los que decidimos regalarles nuestra presencia.

El Mundial terminará, habrá un campeón, celebraciones y estadísticas que pronto serán reemplazadas por otras, pero las experiencias compartidas entre padres e hijos tienen una permanencia distinta. Porque crecer bien no es cuestión de un solo gol, es como el fútbol y como la vida, un proceso.

Y cuando termine el próximo partido, tal vez valga la pena hacerse una pregunta: ¿Qué habrá aprendido tu hijo del fútbol y qué habrá aprendido de ti?

 

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