(OPINIÓN) La Virgen de Chiquinquirá: el milagro que le permitió a Petro inaugurar un «puente». Por: Sandra Callejas
Resulta paradójico que un gobierno marcadamente secular y de izquierda promoviera un día festivo para el recogimiento en honor a nuestra patrona, la Virgen de Chiquinquirá.
A eso algunos le llamarían una verdadera e inesperada «inclusión»: darle un espacio a los católicos tantas veces relegados por esta administración a través de un reconocimiento explícito a nuestra señora de Chiquinquirá.
Sin embargo, detrás del fervor religioso se escondía el cálculo político. La creación de este fin de semana largo fue una estrategia de campaña para apuntalar la candidatura de Iván Cepeda. Anunciado estratégicamente antes de la decisiva segunda vuelta presidencial, sancionado el 1 de junio de 2026 y divulgado el 4 de junio, el festivo pretendía ser una recompensa electoral. Pero la retribución de los trabajadores en las urnas no le alcanzó al petrismo. Las preocupaciones reales de los colombianos están muy por encima de un día libre, y las supuestas prebendas laborales no impactan en un país donde la informalidad supera un crítico 54.7%.
Radiografía del descontento: lo que no vimos en las encuestas
Durante la campaña, estuvimos muy centrados en ver quiénles sería el presidente e ignoramos otros datos que nos revelaron como las verdaderas crisis que el mandatario electo tendría que afrontar. Los problemas de los colombianos son de tal magnitud que ya no encuentran soluciones en los discursos tibios del centro político. Vivimos en una sociedad polarizada porque las urgencias ciudadanas exigen posturas firmes, y por eso las votaciones nos terminaron llevando a los extremos.
Según los datos demoscópicos, las prioridades de la ciudadanía se concentran en tres ejes ineludibles:
● La corrupción generalizada: El desvío constante de recursos públicos y los escándalos institucionales mantienen a este factor en la cima de las alarmas sociales.
● La ineficiencia del Estado y los altos impuestos: Existe un fuerte descontento hacia la ineficacia de la administración pública y el peso de una carga tributaria que ahoga la productividad.
● La seguridad pública y la salud: El temor al crimen urbano y las profundas deficiencias en el acceso al sistema de salud completan el panorama de malestar estructural.
Ante esta realidad, un distractor como un nuevo puente festivo solo sirvió para intentar desviar la atención pública de lo verdaderamente grave: la avalancha de denuncias por corrupción que salpican al gobierno saliente. El equipo de Petro parece estar buscando llevarse todo lo que pueda, arrasando e incluso borrando información crucial para torpedear la operatividad del Estado entrante. Esperemos que, por lo menos, dejen el papel higiénico para limpiar los estragos que quedan en la Casa de Nariño.
¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?
Los colombianos somos una población profundamente trabajadora. Para muestra, el gran colombiano Álvaro Uribe Vélez y su vigentísimo legado de «trabajar, trabajar y trabajar». En este país, somos muy pocos los que tenemos el privilegio de ir a la oficina en helicóptero. Pero ante la coyuntura actual, cabe hacerse una pregunta de fondo: ¿Queremos los colombianos vivir para trabajar, o trabajar para vivir?
Líderes como Álvaro Uribe siempre entendieron esta disyuntiva desde la óptica de la productividad real y no del populismo de calendario. Por eso, fue el propio Uribe quien concibió y promovió la histórica reducción de la jornada laboral en Colombia (Ley 2101 de 2021). Al pasar de 48 a 42 horas semanales de forma gradual, el expresidente no les regaló a los trabajadores un simple fin de semana de 24 horas libres; les otorgó una reducción de 6 horas por las 52 semanas del año. Hablamos de 312 horas de descanso garantizadas al año, equivalentes a 39 días laborales recuperados para la familia, el estudio y el bienestar, con el salario totalmente intacto. Eso es entender las necesidades del trabajador con visión de Estado, y no con paliativos electorales.
Indiscutiblemente, todos aspiramos a una mejor calidad de vida, pero entendemos que el camino no son los días libres decretados a dedo y sin justificación técnica. El verdadero bienestar proviene de la competitividad, y la mayoría de los colombianos ya lo ha comprendido. Por fortuna, estamos a punto de que «cese la horrible noche» de un periodo populista que tomó medidas artificiales, como los falsos incrementos del salario mínimo que solo desataron inflación, dispararon la informalidad y empobrecieron a las clases menos favorecidas.
El gran éxito de Abelardo de la Espriella en esta contienda fue inspirar a los colombianos. Nuestro presidente electo en democracia puso al país a soñar; demostró que con propósito, dedicación, esfuerzo, disciplina y trabajo es posible alcanzar las metas más altas. Colombia escogió la dignidad y eligió a un líder que, a partir del próximo 7 de agosto, le devolverá la honorabilidad y la majestad al cargo presidencial.
El reto de la productividad frente al mundo
Hace poco, un empresario del sector textil resumía perfectamente nuestro drama laboral: «Queremos tener un estilo de vida europeo, pero con una productividad africana». El sector manufacturero local compite directamente con mercados que no respetan fronteras y poseen mínimos costos laborales, como Vietnam, Bangladesh, India o China.
En contraste, el empresariado colombiano ha tenido que asimilar una cascada asfixiante de reformas: la propia adaptación a la reducción de la jornada laboral, aumentos desproporcionados de salarios, la extensión de la jornada nocturna y el incremento en los recargos de domingos, festivos y horas extra. Esta acumulación de gastos fijos tiene a las empresas al límite de la supervivencia, destruye el aparato productivo y, de forma inevitable, empuja a los trabajadores hacia la informalidad.
¿Entonces, cómo debemos construir «puentes» que de verdad generen bienestar?
La respuesta está en diseñar políticas que edifiquen competitividad real. Necesitamos una mayor flexibilidad en las jornadas laborales y no una rigidez de horarios. Desde el Estado, la prioridad debe ser desmantelar la tramitología innecesaria; reducir la burocracia permitirá que las empresas gasten menos horas en papeleo y que no requieran ejércitos de empleados dedicados exclusivamente a cumplir con requisitos estatales que no aportan un solo peso a la productividad.
El problema de fondo en Colombia, más allá del debate sobre el número de días festivos, es la falta de competitividad y la incapacidad de compensar los costos laborales. Esta es la hora en que la complejidad de nuestra legislación frena en seco la transformación digital. Mientras que en otros países la nómina se calcula con tres clics porque las jornadas son planas y flexibles, aquí las áreas de recursos humanos gastan días enteros analizando minuciosamente recargos nocturnos, horas extra y festivos acumulados. Esa falta de flexibilidad nos resta competitividad internacional. No se trata simplemente de si trabajamos más o menos horas, sino de lo costoso, enredado y desgastante que resulta operar en Colombia frente al resto del mundo.
Una invitación al nuevo gobierno
Desde estas líneas, invito al presidente electo Abelardo de la Espriella a que, al mejor estilo norteamericano con eficiencia y ejecutoriedad desde sus primeros días de mandato, construya un puente de verdad. Una obra de infraestructura real que se llame «Virgen de Chiquinquirá» y que verdaderamente conecte regiones y que les mejore la calidad de vida a los ciudadanos.
Y ojalá que cuando la futura oposición lo critique por el nombre de la obra, el nuevo gobierno les recuerde que ellos también inauguraron un «puente» con ese mismo nombre, pero no para construir país, sino para destruir la competitividad de los colombianos.
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