(OPINIÓN) “La era turbulenta de la IA ya está aquí”. Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera
Los futuros de Bill Gates. La última semana de agosto dejó tres escenas en tres ciudades distintas que los periódicos contaron por separado, como si no tuvieran nada que ver entre ellas: en un óvalo de patinaje del norte de Beijing, construido para unos Juegos Olímpicos de invierno y reconvertido en pista de atletismo para máquinas, 666 equipos de 16 países hicieron correr a 2.056 robots humanoides, y uno de ellos bajó los 100 metros a 9,32 segundos cuando 12 meses antes la mejor marca de esa competencia había sido 21,50; en un tribunal federal de Oakland, 8 días después de iniciado el juicio y uno antes de que su fundador subiera al estrado, la compañía dueña de Facebook e Instagram firmó un acuerdo por hasta 18.000 millones de dólares con 52 fiscales generales para cerrar las demandas que la acusaban de haber diseñado sus aplicaciones para volver adictos a los niños; y el miércoles 26 de agosto, en su blog personal gatesnotes.com, acompañado de un video y precedido por un resumen de tres líneas para lectores apurados, Bill Gates publicó un ensayo de unas 6.000 palabras titulado «La era turbulenta de la IA ya está aquí.
Las decisiones que tomamos ahora son críticas», donde escribe que muchos estadounidenses no advierten la velocidad a la que avanzan los robots diestros porque se dejan confundir por los videos virales de máquinas bailando mal, y calcula que empezarán a competir con personas en algunas tareas físicas hacia el final de la década.
Las primeras 2.000 palabras de ese ensayo contienen afirmaciones que en la conversación pública de su industria no circulan, empezando por la premisa que lo organiza todo, que por primera vez la máquina puede reemplazar y hasta exceder la cognición humana, escrita sin condicional y sin fecha futura, lo cual cierra la discusión que su propio sector mantuvo abierta durante una década sobre si estas herramientas eran calculadoras muy rápidas o algo distinto; de ahí en adelante el texto sostiene que el desempleo que viene no se corregirá con el ciclo económico, que el beneficio se acumulará en un grupo pequeño y que a las compañías no les corresponde decidir estas cosas en una sociedad democrática, y declara su conflicto de interés en el cuerpo del texto y no en una nota al pie, con los vínculos financieros que conserva con la industria y su trabajo con Microsoft desde la presidencia de la fundación que dirige, para dejarle al lector la tarea de decidir si eso le nubla la vista.
El tratamiento de las causas sigue otro camino. Los efectos están descritos uno por uno, el trabajador de 20 dólares la hora desplazado por un robot de 10, el joven que entra a un mercado laboral con menos puertas, la comunidad donde el cierre de la fábrica termina en muertes por opioides, y en el momento de decir de dónde viene todo eso el ensayo escribe que los incentivos geopolíticos y económicos empujan demasiado fuerte hacia adelante, de manera que los incentivos empujan solos, sin portadores, como si fueran clima; la palabra propiedad no aparece una vez en 6.000 palabras sobre inteligencia artificial, y esa ausencia sostiene todo lo que viene después, porque una causa situada entre fuerzas impersonales solo admite remedios que amortigüen sus efectos y deja fuera del cuadro la pregunta por el dueño.
La frase más citada del ensayo, la que repitió la prensa de 30 países durante dos días, sostiene que no existe ningún plan para facilitar la entrada en esta era, afirmación difícil de sostener desde Washington e imposible de creer desde Bogotá, porque para desmentirla bastan las órdenes ejecutivas que en julio de 2025 aceleraron los permisos de construcción de centros de datos y organizaron la exportación del paquete tecnológico completo, a las que este año se sumaron los contratos que el Departamento de Defensa firmó con las mayores compañías del sector y los 660.000 millones de dólares que los cinco proveedores de nube más grandes comprometieron en inversión de capital, casi el doble del año anterior; esas decisiones tienen firma y beneficiario, configuran el despliegue cuyas consecuencias el ensayo lamenta, y dejan a la vista que lo ausente es el reparto de esas consecuencias y no la planeación, con lo que llamar descuido a una decisión deliberada abre la puerta a corregirla con más coordinación entre agencias.
Las propuestas del texto siguen esa misma línea, porque el organismo internacional modelado sobre el régimen de inspecciones nucleares, el perímetro de oficios reservados a los humanos y el impuesto a los tokens y a los robots comparten un rasgo que allí no se menciona: los tres legislan sobre el uso mientras dejan intacta la titularidad de los modelos, de los datos y del cómputo; leídos juntos dibujan un reparto donde la infraestructura y el excedente permanecen del lado privado, la absorción del daño se traslada al fisco, y el Estado queda encargado de comprarle a la sociedad el tiempo que la propiedad le está quitando.
El dominio reservado a los humanos aparece fundado en el pasaje más personal del ensayo, la muerte del padre por alzhéimer en 2020 y el equipo de cuidadores que lo entendía aun cuando él ya no lograba expresarse ni pedir comida, con algo irreemplazablemente humano en ese cuidado que ninguna máquina podía ni debía hacer; la experiencia sirve como fundamento de una política, la metáfora no, porque el propio texto explica que la expresión le gusta por su parentesco con las reservas naturales, esos lugares donde podríamos poner edificios y carreteras pero elegimos no hacerlo, y una reserva es lo que queda después de que el territorio fue tomado, se define por sustracción respecto de lo ocupado, la delimita quien tiene el poder de ocupar el resto y su perímetro se corre cada vez que avanza la máquina, cosa que allí queda reconocida al final, cuando el autor enumera lo que ignora, quién decidiría lo reservado, con qué criterios y con qué mecanismo para impedir que las compañías hagan trampa.
El acuerdo firmado en Oakland ese mismo miércoles obliga durante los próximos diez años a limitar a dos horas diarias el uso de esas aplicaciones por los adolescentes y a bloquearlo entre la medianoche y las seis de la mañana, y llegó tras un litigio de tres años sustentado en un expediente de 233 páginas donde consta una presentación interna de mayo de 2020 que expone la neurobiología de la adolescencia como fundamento de la estrategia de producto, identifica la inmadurez del control ejecutivo como el rasgo que vuelve rentable a esa franja de edad y consigna el valor de vida completo estimado de un usuario de 13 años, 270 dólares; ningún Estado le había arrancado tanto a este sector, y el alcance se detuvo donde se detiene el ensayo, en el uso regulado con minucia y el algoritmo de recomendación sin tocar, todavía privado, todavía fuera de auditoría, funcionando el jueves igual que el martes.
La energía y el agua ocupan una línea en las 6.000 palabras, y la ocupan advirtiendo que las comunidades locales ya plantean preocupaciones por lo que consumen los centros de datos y que sin soluciones algunos grupos presionarán por detener del todo el desarrollo, con lo que el costo material entra al texto en forma de riesgo reputacional para el despliegue, en el mismo ensayo que promete energía limpia confiable para todos y menciona la compañía que su autor fundó para conseguirla; los datos que la Agencia Internacional de la Energía publicó este año hacen la resta que allí falta, porque la demanda eléctrica de los centros de datos creció 17 % durante 2025 mientras la demanda mundial crecía 3 %, y la de los dedicados a inteligencia artificial creció 50 % y se triplicará hacia 2030, en buena medida quemando gas en el propio sitio ante la lentitud de las conexiones a la red.
Esa aritmética tiene una traducción local, porque un solo campus de cómputo de escala de gigavatio, de los que hoy se construyen por decenas en el hemisferio norte, consumiría alrededor de 8.760 gigavatios hora al año, cerca del 9 % de todo el consumo eléctrico anual de Colombia, mientras la brecha proyectada del país frente a su energía firme para 2026 y 2027 es de 3.906 gigavatios hora, menos de la mitad de lo que gastaría esa única instalación; el déficit de una nación entera no alcanza para alimentar un edificio, y en el ensayo aparecemos dos veces en la misma posición gramatical, la del que recibe, primero como agricultores de bajos ingresos que obtendrán mejor consejo del que hoy obtiene el agricultor más rico del mundo, después como territorio donde la fundación se ocupará de que los modelos hablen las lenguas locales, sin mención de quién extrae el mineral ni de quién paga la electricidad.
Esa localización lingüística tiene un antecedente reciente, porque el 10 de febrero de este año se lanzó un modelo latinoamericano de 70.000 millones de parámetros, coordinado desde Chile con 15 países, construido sobre una arquitectura estadounidense abierta, entrenado en la nube de una compañía estadounidense y presentado como acto de soberanía tecnológica regional, cuyo límite se descubre con una sola pregunta, qué queda de la soberanía de 15 países cuando el acto soberano consistió en alquilarle la capacidad de cálculo a un proveedor que no está sujeto a ninguno de ellos; el ensayo propone extender esa operación y describe además la mesa donde se decidiría, al señalar quiénes deberían reunirse ya para fijar normas compartidas y nombrar a los países que albergan a los desarrolladores líderes y controlan partes críticas de la cadena de suministro, una mesa de propietarios y proveedores estratégicos donde dos países que concentran cerca del 90 % de la capacidad mundial de cómputo discuten las reglas de un recurso del que dependen todos los demás.
El organismo internacional que el texto reclama para el futuro existe desde hace seis semanas, se firmó el 16 de julio en Shanghái con 29 países fundadores y sede permanente en esa ciudad, y lo anunció Xi Jinping al día siguiente ante delegaciones de más de 100 países como respuesta al llamado del Sur global, mientras el diálogo que la ONU había celebrado en Ginebra diez días antes cerraba sin ninguna obligación vinculante, de modo que lo que está en disputa es quién construyó primero esa arquitectura y bajo qué jurisdicción quedó su sede; al final de aquella semana habían cambiado las horas en que un adolescente puede abrir una aplicación y seguían iguales los contratos de cómputo, las titularidades y el destino de cada megavatio, que es la distancia entre regular el uso y disputar la propiedad, y también la razón por la cual un hombre puede escribir que el rumbo actual conduce con alta probabilidad a un resultado neto negativo sin que su afirmación mueva nada.
La pregunta con que el ensayo cierra, cómo preservar nuestra humanidad en un tiempo en que las máquinas piensan mejor que nosotros, admite una respuesta distinta de las tres que él propone, porque reservarle territorios a la especie dentro de un mundo cuya producción de sentido ya cambió de dueño, gravar tokens para financiar la amortiguación de los desplazados o levantar un organismo que administre entre propietarios el ritmo de algo que nadie nombra dejan la decisión donde está; preservarla exigiría devolver a la deliberación pública ordinaria, con presupuesto y control judicial, la decisión sobre la infraestructura que hoy produce el conocimiento, y eso empieza por aceptar que su titularidad se discute.
Nota: La investigación, el texto original y la escritura de este documento son del autor. Se utilizó un modelo de lenguaje para revisión ortográfica y contraste de fuentes.
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