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(OPINIÓN) La guerra sin soldados. Por: Juan Ortiz Osorno

Pedro Sánchez, el presidente de España, está furioso con Marruecos. No porque 80 mil personas hayan entrado irregularmente en Ceuta en apenas dos días. No porque 82 personas hayan muerto intentando cruzar. No porque los ciudadanos de Ceuta llevan semanas viviendo una crisis que ha puesto patas arriba su seguridad y convivencia.

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(OPINIÓN) La guerra sin soldados. Por: Juan Ortiz Osorno

No. Pedro Sánchez está furioso porque Marruecos le arruinó las vacaciones. Mientras Ceuta se convertía en la crisis territorial, migratoria y de seguridad más grave de los últimos años, Sánchez encontró tiempo para algo verdaderamente urgente: publicar una lista de 31 canciones para escuchar durante el verano.

Ceuta podía esperar. Su lista de música no. Lo más irónico es que se demoró 25 días para decidir interrumpir el descanso. Pero lo peor, apareció un día y ya estaba preparando seguir de vacaciones: Andorra: Bicicleta y Pirineos con su esposa, Begoña Gómez. 

En el Sport Hotel Hermitage & Spa, uno de los hoteles más exclusivos de España. Su llegada estaba prevista para el 27 de agosto y ese mismo día canceló su reserva, incurriendo en el pago obligado de un piso completo de un hotel que no usó. Es decir: mientras en Ceuta se repartían alimentos, se habilitaban instalaciones, se buscaban lugares para alojar a miles de personas y los militares empezaban a patrullar, a ser atacados, mientras 17 mujeres eran violadas, en una frontera evaporada, el presidente del Gobierno reservaba el pomposo hotel para terminar sus, según él, merecidas vacaciones. Hasta que el diario ABC contó la historia. Entonces sí canceló, profundamente enojado con sus asesores, a los que intentó convencer de que el viaje podría ser posible, en secreto, en un auto particular para que nadie en España y el mundo supiera.

En contraposición a la ineptitud de Pedro para gobernar, Marruecos mostró al mundo cómo son las guerras del siglo XXI. Marruecos no necesitó enviar un ejército, no gastó ni un peso en uniformes ni en armas e invadió a España. No necesitó desembarcar soldados. No necesitó bombardear a Ceuta. No necesitó poner un tanque frente a la frontera. Le bastó simplemente con mover 80 mil supuestos civiles. Y esperar. Esperar a que España hiciera el resto. Que sus policías se agotaran. Que sus servicios sociales colapsaran. Que sus políticos se enfrentaran. Que los ciudadanos de Ceuta se enfrentaran a los invasores. Que Europa mirara hacia otro lado. Y que el Gobierno español tardara semanas en reaccionar. Eso es una guerra eficiente. La más. Solo que el mundo sigue esperando que los invasores vistan uniformes y no que vayan en pantaloneta, para llamarlos invasores.

Ceuta tiene 19 kilómetros cuadrados y alrededor de 83 mil habitantes. En dos días entraron 80 mil inmigrantes, casi todos hombres, mayores de edad, pues solo mil quinientos son menores. A una ciudad habitada por 83 mil habitantes entraron 80 mil en dos días. Una cantidad de personas equivalente a toda su población. Imaginen que mañana entraran a su ciudad una población de invasores, igual a la de sus habitantes. Eso no es simplemente un problema migratorio. Es, claramente, una demostración de poder, de parte de Marruecos. Entró. Desbordó. Obligó a España a movilizar policía, Guardia Civil, Ejército, sanidad, servicios sociales, jueces, fiscales, funcionarios y dinero. El daño político, administrativo y psicológico ya está hecho. No hace falta ocupar militarmente una ciudad para demostrar que puedes alterar su funcionamiento. Basta con demostrar que puedes hacerlo. Y Marruecos lo ha demostrado, varias veces.

En mayo de 2021 entraron en Ceuta 10 mil personas, en apenas dos días. Aquella crisis no apareció de la nada. España había permitido la entrada del principal enemigo del gobierno de Marruecos: Brahim Ghali, dirigente del movimiento que lucha por la independencia del Sáhara Occidental frente a Marruecos. España lo recibió, en contra del deseo de Marruecos, para un tratamiento médico en un hospital de Logroño. Marruecos consideró aquella acogida una afrenta, en un momento en que la cuestión del Sáhara era precisamente uno de los asuntos centrales de su relación con España. Después llegó la avalancha de invasores. No hace falta ser un estratega del Pentágono para entender el mensaje: Tú haces algo que no me gusta. Yo tengo una frontera que puedo abrir. Tú tienes una ciudad que puedo desbordar. Y entonces hablamos. Eso es poder.

Pero en 2021 ocurrió algo más. Se infectó al teléfono de Pedro Sánchez con Pegasus. Un instrumento de espionaje desarrollado por la empresa israelí NSO Group y comercializado para gobiernos y organismos de seguridad. Pegasus puede penetrar un teléfono, incluso sin que su propietario pulse un enlace, y permite el acceso a mensajes, archivos, comunicaciones, ubicación, cámara y micrófono. Es decir: convierte el teléfono en un espía que el propio presidente lleva en el bolsillo. En mayo de 2021 entraron en el teléfono de Sánchez y extrajeron aproximadamente 2,7 gigabytes de información. Entraron también en el teléfono de Margarita Robles, ministra de Defensa, y en el de Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior.

Fueron intervenidos los teléfonos de tres personas que son las encargadas de reaccionar ante una amenaza procedente del exterior. Y aquí no tenemos que inventar nada. Podemos mirar lo que ha ocurrido después. Marlaska, cuyo teléfono fue intervenido, ha dicho después de la mayor entrada irregular de personas jamás registrada en Ceuta que Marruecos “no es ninguna amenaza” para España y que es un “socio absolutamente fiable”. Después de que una población equivalente a la de Ceuta invadiera la ciudad. Cuando le preguntaron por las responsabilidades, llegó la otra frase que debería entrar en los manuales del peor político: “Hay muchas cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber un responsable”. Ochenta mil personas cruzan una frontera. Hay muertos. Hay una ciudad desbordada. Hay militares desplegados. Hay violaciones. Hay una crisis de seguridad nacional. Y el ministro responsable explica que hay cosas que pasan. Perfecto. También llueve. También tiembla. Y, al parecer, también aparecen 80 mil personas en una frontera europea. Cosas que pasan.

Y Pedro Sánchez, mientras tanto, no apareció para explicar personalmente la crisis durante los primeros 25 días. Lo que sí sabemos es que estaba preparando su siguiente etapa de vacaciones. Uno empieza a sospechar que el problema no es que el presidente no sepa lo que ocurre. Es que quizá sabe perfectamente lo que ocurre: Marruecos tiene sus secretos. ¿Por qué después de un episodio de esta magnitud el Gobierno español se esfuerza tanto en no señalar a Marruecos? ¿Por qué la palabra “agresión” no aparece? ¿Por qué se habla de mafias? ¿Por qué se habla de redes sociales? ¿Por qué se habla de un fenómeno espontáneo? ¿Por qué se insiste en que Marruecos es un socio fiable?

Hay otra cosa que tampoco podemos ignorar. Sánchez no gobierna precisamente desde una posición de fortaleza política. Su esposa, Begoña Gómez, afronta un juicio. El hermano de Pedro, David Sánchez, ya fue condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa. Su antiguo ministro de Transportes, José Luis Ábalos, fue condenado por el Tribunal Supremo a 24 años de prisión. Y aquí hay una ironía que no quiero dejar pasar. Porque Ábalos fue el que presentó a Pedro Sánchez ante España, como el dirigente que venía a acabar con la corrupción. Y terminó condenado a 24 años, por corrupción. Su asesor, Koldo García, recibió 19 años de prisión por corrupción. ¿Responsabilidad penal de Sánchez? Ya se verá, pero sí hay responsabilidad política. Un presidente no puede esconderse eternamente detrás de la frase “yo no sabía”. Porque gobernar consiste precisamente en saber.

Sánchez se ha convertido en uno de los principales referentes de la izquierda internacional. Y eso merece ser entendido porque explica también por qué su supervivencia política importa mucho más allá de España. En abril de este año Sánchez viajó por cuarta vez a China. Casi inmediatamente después, Sánchez se reunió en Barcelona con todos los líderes de la izquierda, entre ellos Lula da Silva, Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro, en una cumbre que buscaba articular una respuesta progresista al nuevo orden internacional y a Trump. Eso convierte a Sánchez en una pieza mucho más importante de lo que parece. No es solamente el presidente de España. Es uno de los alfiles europeos de una izquierda internacional que necesita sobrevivir al avance de las nuevas derechas. Por eso Sánchez se aferra al poder. Porque cuando un hombre deja de gobernar solamente para su país y comienza a convertirse en referente de una corriente política internacional, su supervivencia deja de ser un asunto estrictamente nacional.

Para conservar ese poder, Pedro necesita mayoría en el congreso. Y los votos tienen un precio. Sánchez gobierna hoy con una arquitectura parlamentaria sostenida por los herederos del grupo terrorista ETA. ¿Cuántos fracasos políticos necesita un presidente para admitir que su Gobierno ya no puede gobernar con autoridad? Pedro debería convocar a elecciones. Que los españoles decidan si quieren seguir confiando en él. Porque cuando un presidente acumula semejante cantidad de problemas alrededor de su gobierno, de su partido y de su entorno familiar, seguir aferrado al poder deja de parecer estabilidad y empieza a parecer supervivencia. Y un gobierno que gobierna para sobrevivir no gobierna para defender a su pueblo.

Eso es precisamente lo que Marruecos entendió. No necesita derrotar militarmente a España. Marruecos no tuvo que bombardear a Ceuta. Ya demostró que puede ponerla de rodillas. Y eso cambia completamente la naturaleza del conflicto. Porque la guerra tradicional consistía en destruir la capacidad militar del enemigo. La guerra moderna, que muestra Marruecos, consiste en destruir su capacidad de decisión. Un tanque destruye una casa. Un teléfono intervenido puede destruir la estrategia militar de un país. Un misil mata soldados. Una frontera abierta obliga a miles de policías y militares a abandonar sus funciones. Una campaña de desinformación hace que una sociedad deje de saber qué es verdad. Y una crisis política consigue que un Gobierno tenga miedo de tomar la decisión correcta porque teme las consecuencias.

Lo ocurrido en Ceuta tiene una importancia mundial. Es posible hacer guerras sin soldados. Usando civiles y redes sociales. Marruecos prueba que la guerra no empieza cuando alguien dispara. Ahora empieza cuando puedes obligar a tu enemigo, invadido, a no disparar. Mientras lo obligas a gastar y a desgastarse. Marruecos acaba de mostrarle al mundo, con éxito, que las guerras actuales no consisten en conquistar un territorio, sino en conseguir que el enemigo sea incapaz de defenderlo.

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