(OPINIÓN) Hay silencios que cuidan. Y otros que destruyen una relación. Por: María Fernanda Valdivieso
Hay silencios que abrazan y silencios que castigan. Desde afuera, pueden parecer exactamente iguales. Una persona deja de hablar después de una discusión. Puede estar intentando no decir algo de lo que se arrepienta. Puede estar procesando lo que siente. Puede estar herida y no encontrar todavía las palabras. También puede estar esperando que el otro se desespere, pida perdón o ceda. El silencio, por sí solo, no cuenta cuál de todas esas cosas está ocurriendo.
Está el silencio de quien necesita unos minutos antes de responder. Es distinto al de quien decide no responder durante días para hacer sentir al otro que ha perdido su lugar. Está el silencio tranquilo de dos personas que no necesitan llenar cada segundo con palabras y está ese silencio extraño en el que alguien habla, pero siente que sus palabras caen al vacío.
También existe el silencio que llega cuando una persona se cansó de explicar lo mismo. Ese merece atención.
Hay relaciones en las que alguien deja de reclamar, deja de insistir, deja de contar ciertas cosas. Desde afuera puede parecer que finalmente llegó la calma. En realidad, puede haber llegado el cansancio. La persona ya no espera que algo cambie y prefiere ahorrarse otra explicación.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeEse silencio no siempre es paz. A veces es distancia acumulada.
En las parejas, el silencio puede convertirse en una herramienta de poder. No hace falta levantar la voz para castigar. Ignorar mensajes, retirar afecto, negarse a responder o prolongar deliberadamente la incertidumbre también puede decir: “Ahora vas a sentir lo que yo quiero que sientas”. Cuando eso se vuelve una dinámica habitual, la relación empieza a funcionar alrededor del miedo a provocar otro silencio.
Con los hijos pasa algo parecido, aunque con una diferencia enorme: el adulto tiene una responsabilidad que el niño todavía está aprendiendo a asumir. Un papá puede necesitar unos minutos para tranquilizarse antes de hablar con su hijo. Eso puede ser una buena decisión. Otra cosa es retirar el afecto para que el niño aprenda que equivocarse tiene como consecuencia perder emocionalmente a alguno de sus padres.
Un niño necesita límites. No necesita adivinar si sigue siendo querido porque cometió un error.
También está el silencio que nace de la intimidad. Ese que aparece cuando dos personas pueden compartir un café, un viaje en carro o una habitación sin sentir la obligación de estar hablando todo el tiempo. No es distancia. Es confianza. Nadie está castigando a nadie. Nadie está esperando que el otro descifre un mensaje escondido.
Por eso resulta tan fácil equivocarse cuando se intenta interpretar el silencio de otra persona desde las propias heridas. Para alguien, que su pareja necesite estar sola puede sentirse como rechazo. Para otra persona, puede ser simplemente la manera que tiene de ordenar lo que piensa antes de hablar.
Ahí también hace falta comunicación.
Decir “necesito estar sola un rato” es diferente a desaparecer. Decir “todavía no sé cómo hablar de esto” es diferente a utilizar el silencio para generar angustia. Decir “no quiero responderte mientras estoy molesta” es diferente a dejar al otro preguntándose qué hizo para merecer ese trato.
Y hay algo más: el silencio también puede convertirse en una frontera. Hay momentos en los que no responder es una manera legítima de no entrar en una provocación, de no alimentar una discusión o de protegerse de una dinámica que ya ha demostrado ser dañina. No toda ausencia de respuesta necesita una explicación inmediata. Algunas relaciones exigen aprender que no todo merece acceso a nuestra palabra.
El asunto cambia cuando ese silencio se utiliza para controlar la relación. Cuando la otra persona tiene que medir cada gesto, cada opinión y cada palabra para evitar que llegue el castigo de siempre. Ahí ya no se está hablando de necesitar espacio. Se está construyendo una relación en la que uno de los dos aprende a caminar con cuidado para no perder al otro.
Y hay un silencio todavía más definitivo: el de quien dejó de esperar.
Ese casi nunca llega de un día para otro. Se construye después de muchas explicaciones que no fueron escuchadas, de límites que fueron ignorados y de intentos que terminaron siempre en el mismo lugar. Un día esa persona ya no discute. No porque haya encontrado la paz, sino porque dejó de creer que hablar servirá para algo.
No todos los silencios son malos. Tampoco todos son buenos.
Hay silencios que protegen, silencios que procesan, silencios que descansan, silencios que acompañan y silencios que lastiman.
Lo que los diferencia no es la cantidad de palabras que faltan. Es lo que está ocurriendo dentro de ese silencio y lo que pasa cuando finalmente termina.
Algunas relaciones no se rompen cuando alguien grita. Se rompen mucho antes, cuando una persona sigue hablando y la otra ya dejó de escuchar; cuando todavía comparten la misma mesa, pero uno de los dos hace tiempo dejó de sentirse seguro para decir lo que piensa.
Y tal vez el silencio más triste no sea el que aparece después de una pelea. Puede ser ese en el que alguien descubre que ya no tiene nada más que decir.
Nos leemos pronto.
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