(OPINIÓN) En el nombre de Trump, del Hijo y del Espíritu Santo La culpa es de los discípulos. Por: Manuela Correa Poveda
Podría empezar esta columna rezando un Padre Nuestro
Podría empezar esta columna rezando un Padre Nuestro, más que nada por mantener cierta coherencia estética con el título, pero me temo que me quedaría atascada justo en la parte en la que hay que someter la voluntad propia a algo superior, que es exactamente donde todo esto empieza a hacerse añicos. Estoy bautizada, eso sí, aunque nunca hice la primera comunión porque en la hora de la catequesis siempre me arrullaba el aburrimiento.
Sin embargo tengo presente que el día en que me sienta preparada para presentarme a unas elecciones presidenciales, no solo tendré que aprendérmelo entero, sino también recitarlo con la convicción suficiente como para que nadie dude de que soy, como dirían algunos, una persona de bien. Ya que en política, últimamente, la fe ya no es una cuestión privada, sino una estrategia pública. Y si alguien ha entendido ese cambio de paradigma mejor que nadie es Donald Trump, que ya no gobierna un país sino algo un poco más ambicioso, la percepción de medio planeta.
Trump no es un presidente en el sentido clásico, es una especie de figura litúrgica moderna, una mezcla entre telepredicador, presentador de reality y jefe de Estado con acceso al botón nuclear. Al que ya no se le exige coherencia, solo presencia. Pero hay que reconocerle algo, este señor, con peluquín incluido, ha conseguido que cosas que en cualquier otro contexto serían políticamente devastadoras funcionen casi como combustible. Que su nombre aparezca decenas de veces en documentos vinculados al entorno de Jeffrey Epstein no lo ha debilitado, ha quedado absorbido por una narrativa donde los hechos ya no importan si el personaje sigue funcionando.
Que tome decisiones de impacto internacional con soltura es decir, sin consultar con nadie lo convierte, para muchos, en un líder caracterizado por su decisión, no por su tibieza. Que bombardee donde considere oportuno sin demasiadas explicaciones, como si estuviese jugando al tocado y hundido con la bola del mundo, no genera necesariamente rechazo, genera el alivio de que alguien actúa. Da igual cómo. Da igual sobre quién. Da igual en qué territorio. Luego está el detalle casi entrañable de querer aspirar a un Nobel de la Paz mientras tensa medio mapa geopolítico, o la capacidad de amenazar a países aliados con la misma naturalidad con la que uno pediría un americano en Juan Valdez.
Y esta contradicción que parece no importar mucho es justo el punto de quiebre, porque no me cabe duda de que cuando alguien puede sostener simultáneamente el papel de salvador, de agresor, de víctima y de líder fuerte sin que se le caiga el personaje, el problema no está en él, está en nosotros. Donald ha convertido su mandato en una interpretación tan bien conseguida que una parte significativa de la población ha dejado de evaluar lo que hace para empezar a defender lo que representa, incluso cuando lo que representa es, en esencia, una acumulación bastante desordenada de impulsos y gestos grandilocuentes, solo propios de un narcisismo sin freno. Y ahí está la trampa, en tiempos de incertidumbre, pretender control vale más que tenerlo.
El actual inquilino de la Casa Blanca ha desplazado el estándar. Ha convertido la transgresión en identidad y la incoherencia en consistencia narrativa. Desde la criminología, en términos de control social, esto encaja con lo que se conoce como redefinición normativa, cuando el poder no se limita a operar dentro de las reglas, sino que altera la percepción de lo que es aceptable. Dejando de ser solo un actor político para convertirse en un referente de conducta. Evidentemente este modelo no se queda en Estados Unidos, ya que todo producto eficaz se exporta, se adapta y se tropicaliza. Aquí es donde aparece el sinónimo salvadoreño Nayib Bukele, que ha cogido el manual de instrucciones y ha decidido pulirlo con una estética distinta. Menos divinidad, más disciplina. Menos espectáculo grotesco, más puesta en escena del orden. Bukele no necesita parecer Dios con ayuda de la IA, a él le basta con parecer inevitable. Ha entendido que la seguridad, bien puesta en el escaparate, no tiene por qué ser compleja. Con que se vea, ya vale.
Las cárceles llenas, los operativos masivos, la eliminación casi total de matices en la gestión del crimen no son solo políticas, son imágenes. Y “una imagen vale más que mil palabras”, sobre todo cuando lo que se promete es algo tan emocionalmente irresistible como el control absoluto. Esto no es un fenómeno exclusivamente americano. En España hay versiones menos exuberantes y más castizas de esta misma fe política, con Abascal como prueba de que el culto al orden y al enemigo claro puede articularse alrededor del rechazo sistemático al inmigrante convertido en amenaza. Como no podía ser de otra forma, esa lógica también ha llegado aquí.
En Colombia ya tenemos nuestra propia versión en construcción haciendo exactamente lo que cabría esperar, traducir ese mismo lenguaje al contexto local. Mano en el pecho, brazo estirado al estilo nazi, discurso elevado, religiosidad perfectamente calibrada, casi con la precisión de una nueve milímetros curioso giro para alguien que no hace tanto se declaraba ateo sin mucho drama y, por supuesto, propuestas que suenan tan contundentes como irresponsables. La legalización del porte de armas, por ejemplo, que en un país con una historia atravesada por la violencia suena menos a solución y más a experimento nacional con final previsible, no es una propuesta pensada para resolver el problema, sino para hacer sentir a quien la escucha que, por fin, alguien le devuelve el control. Da igual que desde cualquier marco criminológico serio sepamos que aumentar la disponibilidad de armas incrementa la probabilidad de escalada violenta, de conflictos letales, de errores irreversibles. Eso es técnico y aburrido por ese mismo motivo. Aquí lo que vende es la sensación de orden y de protección.
El sentimiento nacional de que alguien, por fin, no duda. Y claro, en este punto, la coherencia se convierte en un lujo innecesario. Lo jodido no es que existan Trump, Bukele o Abascal. Gente así, con poder suficiente como para no necesitar tener la razón y el carisma apropiado como para que eso no importe, hay en todas partes. Siempre la ha habido. Lo jodido es que cada vez necesitan menos para funcionar. Me refiero a argumentos, resultados y realidad. Les funciona con el hecho de que haya gente dispuesta a comprar el relato. Y de esa también hay mucha. Gente que no necesariamente está de acuerdo con todo lo que proponen, pero que se traga contradicciones evidentes, decisiones cuestionables y discursos cerebralmente simplistas con tal de evitar que gane el otro.
Gente que no está votando a favor de algo, sino en contra de alguien. Un intercambio de apariencia estratégico pero profundamente emocional, donde se cuela la normalización, la exageración convertida en estilo y la arbitrariedad disfrazada de firmeza. Hasta que un día se dan cuenta de que están defendiendo cosas que, si vinieran de otro lado, no defenderían jamás. Por eso esto no va de los dioses, sino de los discípulos. Trump no es una anomalía, Bukele no es una excepción y Abascal no es un accidente. Son el fruto de una fe que ya no necesita pruebas, solo creyentes. Amén
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