(OPINIÓN) El verdadero influencer. Por: Maria Fernanda Valdivieso C.
Nunca había sido tan fácil influir sobre millones de personas. Basta un teléfono, una cuenta en redes sociales y unos cuantos segundos para publicar una idea que puede recorrer el mundo. Lo preocupante no es esa posibilidad; lo verdaderamente inquietante es que, en muchos casos, hemos empezado a confundir popularidad con credibilidad. Hoy, un número de seguidores parece validar cualquier opinión.
La capacidad de generar reproducciones parece otorgar autoridad para hablar de dinero, salud mental, relaciones, éxito, autoestima o proyectos de vida. Sin embargo, la influencia auténtica nunca ha dependido de un algoritmo, sino del impacto que una persona deja en la vida de los demás.
Como profesional que durante años ha acompañado organizaciones, formado líderes y observado cómo se construye la confianza entre las personas, he comprobado que influir jamás ha significado hablar más fuerte ni llegar a más gente. Influir es ayudar a otros a tomar mejores decisiones, despertar preguntas, ampliar perspectivas y dejar una huella que permanezca mucho después de que termine una conversación. Y esa es una responsabilidad inmensa, porque cada palabra instala una idea, cada conducta normaliza un comportamiento y cada mensaje repetido una y otra vez termina moldeando creencias.
Por eso preocupa que la conversación pública premie cada vez más el impacto inmediato sobre el pensamiento crítico. Parece haberse vuelto más importante captar la atención durante quince segundos que desarrollar el criterio de una persona para toda la vida. La velocidad con la que hoy circula la información también ha acelerado la forma en que se construyen referentes, muchas veces sin preguntarnos si quienes ocupan ese lugar realmente están preparados para orientar a otros.
No se trata de satanizar las redes sociales. Sería un error enorme. Han democratizado el conocimiento, han permitido que miles de emprendedores encuentren oportunidades, han acercado comunidades y han hecho posible aprender de expertos en cualquier lugar del mundo. Son una herramienta extraordinaria cuando se utilizan con propósito. El problema nunca ha sido la tecnología; el problema aparece cuando dejamos de preguntarnos quién está educando emocionalmente a nuestros hijos mientras creemos que simplemente están entretenidos.
Gran parte de los contenidos que consumen a diario parecen inofensivos. Sin embargo, poco a poco van construyendo una idea de éxito basada exclusivamente en la apariencia, la fama inmediata, el consumo o la validación externa. Se instala la sensación de que todo debe ocurrir rápido, de que equivocarse equivale a fracasar, de que trabajar vale menos que hacerse viral y de que una vida feliz siempre debe verse perfecta. Son mensajes sutiles, repetitivos y profundamente influyentes.
Las consecuencias empiezan a hacerse visibles cuando un adolescente mide su valor por la cantidad de personas que aprueban una fotografía, cuando un niño cree que el reconocimiento vale más que el esfuerzo o cuando un joven siente que debe imitar cualquier tendencia para pertenecer. En ese momento ya no estamos hablando únicamente de entretenimiento; estamos hablando de identidad, autoestima, carácter y proyecto de vida.
La verdadera influencia ocurre mucho antes de que alguien publique un video. Empieza alrededor de una mesa durante una comida familiar, en el adulto que escucha sin juzgar, en el profesor que despierta curiosidad, en el entrenador que enseña disciplina sin humillar, en los abuelos que transmiten historias, en el empresario que demuestra que la ética también puede ser rentable y en la madre o el padre que reconocen un error porque entienden que pedir perdón también es una forma de liderazgo. Ninguno de ellos probablemente aparezca entre las tendencias del día, pero todos tienen el poder de cambiar vidas. Y esa siempre será una influencia mucho más profunda que cualquier fenómeno viral.
Por eso necesitamos enseñarles a nuestros hijos algo que ninguna plataforma podrá hacer por nosotros: que una opinión no vale por el volumen con el que se dice, sino por la calidad de los argumentos que la sostienen; que el prestigio se construye durante años y puede perderse en segundos; que el respeto nunca se compra con seguidores y que la credibilidad nace de la coherencia entre lo que una persona piensa, dice y hace.
También debemos ayudarlos a desarrollar una de las competencias más importantes del futuro: el pensamiento crítico. Enseñarles a preguntarse quién habla, qué intereses existen detrás de un mensaje, qué evidencia respalda una afirmación y qué consecuencias puede tener seguir determinado consejo. En una época donde la información es infinita, la capacidad de discernir será mucho más valiosa que la capacidad de memorizar.
No podemos controlar todo lo que nuestros hijos ven en internet, ni sería conveniente intentarlo. Al igual que nosotros, viven en un mundo hiperconectado y necesitan aprender a navegarlo con autonomía. Lo que sí podemos hacer es formar personas capaces de distinguir entre quien simplemente busca captar atención y quien realmente aporta valor; entre quien vende ilusiones y quien construye conocimiento; entre quien persigue aplausos y quien deja legado.
Existe una diferencia enorme entre ser popular y ser influyente. La popularidad depende de la audiencia; la influencia verdadera depende del impacto positivo que dejamos en la vida de otros. Quizá por eso las personas que más marcaron nuestro camino nunca fueron necesariamente las más famosas. Fueron aquellas que creyeron en nosotros cuando nadie más lo hacía, las que nos enseñaron con el ejemplo, las que despertaron preguntas en lugar de imponer respuestas y las que sembraron confianza, curiosidad y propósito. Esas son las personas que permanecen.
Hoy más que nunca necesitamos adultos conscientes de la huella que dejan. Padres, madres, docentes, empresarios, entrenadores, familiares y todos quienes tienen el privilegio de acompañar el crecimiento de un niño o de un adolescente están llamados a convertirse en verdaderos influenciadores de vida. No para fabricar generaciones perfectas, sino para inspirarlas a pensar por sí mismas, desarrollar su creatividad, construir negocios con propósito, innovar desde las ideas, trabajar con disciplina, valorar las relaciones sanas y entender que el autocuidado es una expresión de respeto por el cuerpo, la mente, las emociones y las decisiones.
Quizá ese sea el mayor desafío de nuestra época. No competir contra las pantallas, sino asegurarnos de que ningún algoritmo tenga más influencia sobre nuestros hijos que los adultos que los aman. Porque al final, el verdadero legado no será la cantidad de publicaciones que hicimos, ni los seguidores que acumulamos, ni las veces que fuimos tendencia. Seremos recordados por las vidas que ayudamos a construir, por las ideas que sembramos y por el ejemplo que dejamos cuando nadie estaba mirando.
Ese, y no otro, sigue siendo el significado más profundo de influir.

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