Francia se probará ante un Marruecos que no regala nada
Hoy jueves, a partir de las 3:00 de la tarde, en Boston, Francia se juega mucho más que un pase a semifinales: se juega la validez de un discurso que viene sosteniendo desde el arranque del torneo. Y ese discurso tiene nombre y apellido: ataque.
Catorce goles en cinco partidos. Casi tres por encuentro. La cifra por sí sola ya impone respeto, pero lo que de verdad asusta a cualquier rival es cómo se reparte esa producción. Kylian Mbappé sigue mordiendo el área como si el Mundial recién empezara, Ousmane Dembélé encuentra espacios donde no los hay y Michael Olise, lejos del protagonismo habitual de un extremo, se convirtió en el mejor asistidor del certamen. Tres jugadores, tres roles distintos, un mismo resultado: Francia no depende de un nombre, depende de un sistema que hace brillar a varios a la vez.
Didier Deschamps, fiel a su costumbre de no relajarse ni cuando los números le sonríen, pidió en conferencia de prensa que ese ataque sea "todavía más eficaz". Una frase que, en la boca de cualquier otro entrenador, sonaría a exigencia vacía. En la suya, no: Deschamps lleva años demostrando que la autocrítica, aun ganando, es parte del método, no un gesto de cara a la prensa.
Enfrente estará Marruecos, y ahí es donde el partido se pone interesante de verdad. Los africanos llegan a Boston con algo que Francia todavía no tuvo que enfrentar con esta intensidad: una defensa ordenada, física, que no se desarma fácil ni ante el vértigo de Mbappé. Marruecos ya demostró en ediciones anteriores que sabe convertir los partidos en un pulso de resistencia, y ese estilo incómodo, aguerrido, poco vistoso pero efectivo es justamente el tipo de examen que le faltaba a este equipo francés.
Porque ahí está la otra cara de la moneda. Si el ataque es la gran fortaleza, la defensa francesa todavía no cerró del todo el capítulo de las dudas. No ha sido un desastre, ni mucho menos, pero sí hubo pasajes de partidos donde la línea de contención se vio expuesta, sostenida más por el criterio individual de sus centrales que por una estructura colectiva sólida. Contra un Marruecos que ataca con velocidad y con jugadores que se asocian bien entre líneas, esa fisura puede pesar.
La otra gran pregunta pasa por el mediocampo. Francia necesita que la circulación de pelota no dependa exclusivamente de las individualidades ofensivas, porque un Marruecos bien plantado va a intentar cortar los circuitos antes de que la pelota llegue a los tres de arriba. Si los volantes franceses logran sostener el ritmo y la posesión en zonas altas, el partido se les hace cuesta arriba a los africanos. Si no, Deschamps va a tener que apelar de nuevo al talento individual para resolver lo que el colectivo no consiga.
Hay, además, un condimento extra: Marruecos ya escribió una de las historias más lindas de los últimos mundiales y sabe lo que es incomodar a las potencias europeas. No le tiembla el pulso, no se achica por el rival ni por el escenario. Eso, sumado a un funcionamiento colectivo que prioriza la solidaridad por encima del brillo individual, lo convierte en un cruce mucho más parejo de lo que el papel indica.

Foto: Cortesía
Expertos futboleros indicaron que Francia llega como favorita, sí, pero no es sinónimo de tranquilidad. El jueves en Boston se va a ver si ese ataque arrollador alcanza para tapar las grietas de atrás, o si Marruecos encuentra la manera de convertir el partido en la batalla física y cerrada que mejor le sienta. Semifinales de por medio, no hay margen para especular.
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