Saltar al contenido

(OPINIÓN) El problema no era la changua. Por: Manuela Correa Poveda

Crónica de un exceso colombiano

IFMNOTICIAS-03
IFMNOTICIAS-03
7 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) El problema no era la changua. Por: Manuela Correa Poveda

Llegar a Colombia como extranjera no ha consistido solo en acostumbrarme a horarios distintos, comidas nuevas o a tener que posicionarme, casi con más rapidez de la socialmente recomendable, en el equipo que ama la changua o en el que la considera un crimen gastronómico. También ha supuesto aprender otro idioma dentro del idioma, una especie de diccionario paralelo donde hay palabras que no son lo que parecen. Una de las primeras expresiones que aprendí fue “tener un torcidito”. Me la explicaron con esa naturalidad tan colombiana para ciertas cosas que, dichas en voz alta en otro país, formarían más parte de una investigación judicial que de una conversación anecdótica.

A mi sobrino, me dijeron, le gustaba una niña de su clase, y eso suponía un problema enorme. No por el hecho en sí el ya estaba en edad de empezar a fijarse en otras personas, ni por la niña. Ni sus escoltas. Que los llevaba pegados a su espalda hasta dentro del colegio. El problema era que todo el mundo sabía que sus padres tenían “su torcidito”. Y ahí estaba yo, recién llegada, descubriendo que en Colombia una aprende antes eufemismos para actividades probablemente vinculadas al narcotráfico que a diferenciar las carreras de las calles, entender hacia qué lado queda la montaña o descifrar por qué demonios una dirección puede parecer una ecuación de ingeniería civil; de hecho, seis años después, sigo bastante más cerca de entender el crimen semántico que el urbanismo.

Al cabo de pocas semanas llegó el segundo capítulo de esta serie sobre lecciones básicas del narcotráfico. Con esta entendí que aquí no solo se interpretan palabras, también Toyotas blancas con matrícula de Envigado. Al parecer, pocas combinaciones despiertan tanta fe policial como ese pack automovilístico, que es un santo grial de la sospecha nacional donde vehículo, color y procedencia funcionan como perfil criminológico popular.

El “torcidito”, como tantas otras cosas en la vida, rara vez llega solo. Suele venir vestido, perfumado, montado en caballo de paso fino o aparcado en un coche que cuesta más que varias vidas laborales honestas juntas. Si algo hizo especialmente bien el narcotráfico en este país, aparte de corromper instituciones, financiar guerras, deformar economías y llenar cementerios, fue entender que el poder, para ser verdaderamente efectivo en una sociedad obsesionada con las apariencias, no solo debía ejercerse, debía exhibirse.

Porque si hay países donde el dinero intenta parecer discreto, Colombia es la excepción que confirma la regla. Este país ha perfeccionado durante décadas ciertas versiones del dinero cuyo principal objetivo parece ser que hasta el último desconocido en un semáforo entienda que allí hay plata, aunque preferiblemente nunca quede demasiado claro de dónde sale. El narco, el traqueto, el mafioso o el nuevo rico con vocación de patrón no solo aspiró a tener, aspiró, sobre todo, a que se notara. Y para eso también hacen falta códigos, aunque no sean morales. Está el uniforme ejecutivo tropical: lino blanco, beige o azul, camisa abierta hasta niveles donde ya no queda claro si se busca ventilación o intimidación, relojes del tamaño emocional de una crisis institucional, mocasines, cadenas capaces de alterar el equilibrio cervical y esa energía estética de quien parece debatirse constantemente entre una boda en Cartagena, una investigación de la DEA o una compraventa ganadera con algo más que vacas de fondo. Luego está la versión agropecuaria deluxe, probablemente una de las aportaciones más surrealistas de la sociología colombiana al capitalismo performativo: sombrero de patrón, botas de finca que pisan más restaurante de lujo que barro real, caballo como extensión fálica de estatus, y haciendas cuyo diseño interior parece responder a la pregunta “¿qué pasaría si alguien con dinero ilícito y trauma aspiracional quisiera reinterpretar Versalles después de ver demasiadas ferias ganaderas?”.

Lo más fascinante aquí, en el peor sentido posible, es que hay personas que podrían no distinguir a Kant de un cantante de despecho, pero buena suerte intentando encontrar a alguien que no identifique en menos de siete segundos la diferencia entre un empresario legítimo, un gomelo, un traqueto clásico y un señor con “ganado” cuya prosperidad exige demasiadas comillas.

Es probable que esta sea una de las victorias culturales más silenciosas del narcotráfico. Hacernos creer que inspirar sospecha puede ser socialmente más rentable que inspirar admiración. Y que es preferible que te crean capaz de cualquier cosa antes que simplemente de haber nacido pobre. En resumen, es peor no ser nadie que ser un delincuente.

Para practicar el clasismo con todas las de la ley bastaría con reducir este tema a una colección de bienes. Pero la narcocultura en Colombia no solo se paseó por colegios privados o concesionarios, también echó raíces donde el Estado hizo eco durante décadas con una de sus especialidades más consistentes: no llegar.

En algunos barrios de Colombia el narco no apareció primero como vulgaridad estética, sino como posibilidad económica, salario y protección. Y a estas alturas del asunto, la conversación ya no es tan caricaturesca si la línea entre ambición, supervivencia y corrupción empieza a deformarse cuando hay gente que hereda abandono en lugar de contactos.

Una de las hipocresías nacionales más refinadas de este país es la de burlarse del traqueto visible e ignorar qué clase de país ofrece durante tanto tiempo una legalidad tan raquítica, humillante y estructuralmente estéril, que la ilegalidad, incluso bañada en plomo, logra venderse como ascenso y única salida reconocible.

Pero Colombia, después de desangrarse durante décadas con Pablo Escobar, volvió a hacerlo, resurgió de las cenizas como el ave fénix. Y decidió hacer algo todavía más grotesco que sobrevivir a Pablo Escobar, convertirlo en propiedad intelectual.

Desde que Escobar murió en un tejado de Medellín en 1993, Colombia y el mundo no han terminado de matarlo. Más de 80 libros, decenas de documentales, series, películas y una industria cultural internacional que ha demostrado que uno de los capítulos más sanguinarios de la historia colombiana puede maratonearse y consumirse por temporadas.

Lo abatieron a tiros, sí, pero luego lo resucitamos a punta de royalties, plataformas y merchandising. Primero llegaron las crónicas, esa fase aparentemente digna donde todavía fingíamos estar procesando el trauma. Después aparecieron las memorias, los testimonios y las reconstrucciones históricas. Y más tarde, cómo no, el capitalismo con mejor iluminación.

Pablo Escobar pasó de ordenar asesinatos, sembrar terror y dinamitar un país a convertirse en camiseta, en tour y en souvenir. En Madrid, por ejemplo, Netflix promocionó Narcos en plena Gran Vía con un gigantesco “Oh, blanca Navidad”, un juego publicitario tan brillante como obsceno que básicamente demostraba que, con el suficiente presupuesto creativo, se pueden convertir décadas de sufrimiento en espíritu festivo.

Nos duele profundamente haber sido reducidos internacionalmente a cocaína y sicarios pero seguimos vendiendo a este personaje como franquicia nacional. Y a lo tonto a lo tonto mientras queremos superarlo llevamos treinta años reestrenándolo.

Después de toneladas de droga, miles de muertos, jueces asesinados, periodistas silenciados y generaciones enteras aprendiendo a convivir con el miedo, Pablo Escobar sigue produciendo. Solo que ahora produce beneficios sin necesidad de mover un solo kilo.

Y por si toda esta historia no fuese ya lo suficiente perversa por sí sola, Colombia conserva además una de las metáforas más absurdas y costosas de lo que ocurre con el exceso de la narcocultura: los hipopótamos de Pablo Escobar.

Porque claro, había mansiones, sicarios, bombas, pistas clandestinas y delirios de poder varios, pero al parecer nada resumía mejor la fantasía psicótica del patrón que importar hipopótamos africanos a una finca colombiana como quien encarga jarrones para su salón. Así que décadas después de su muerte, el país todavía gestiona las consecuencias reproductivas de uno de los caprichos más ridículamente obscenos de su megalomanía. Hasta sus delirios se han reproducido.

Estos hipopótamos, que en la década de los 80 eran sólo cuatro, y hoy rozan ya los 200 ejemplares no son más que una representación de la herencia del narcotráfico, como cualquier otra de las que entraron como extravagancia y que ahora forman parte de una realidad tan absurda que a veces parece costumbrismo, y que siempre ha sido tragedia con presupuesto ilimitado.

Una de las mayores desgracias de Colombia ha sido convivir tanto tiempo con el desastre que acabó aprendiendo a suavizarlo con eufemismos y a nombrar en diminutivo heridas que nunca tuvieron nada de pequeñas. La normalización, como los hipopótamos, también acaba reproduciéndose sola.

Compartir:

Noticias relacionadas