(OPINIÓN) ¿El populismo en campaña sale caro? Por: César Bedoya
El panorama electoral colombiano de 2026 nos pone, una vez más, frente al espejo de nuestras propias debilidades como electores
La tendencia casi masoquista de ceder ante el canto de sirena de la promesa fácil. Estamos viendo desfilar propuestas que parecen redactadas para un consejo estudiantil de bachillerato y no para la jefatura de un Estado con un déficit fiscal crónico y una crisis de seguridad estructural. Es hora de detener el carrusel de la emocionalidad y exigirnos seriedad; ya no estamos para "regalitos" que terminan hipotecando el presente y el futuro de las generaciones bajo el disfraz de un alivio inmediato.
Resulta ofensivo para la inteligencia del ciudadano que se lanzan anzuelos como la eliminación del SOAT para motos, una bandera que hoy agita Paloma Valencia. Prometer gratuidad en un sistema de seguros que ya está al borde del colapso técnico no es una solución, es una irresponsabilidad fiscal. Es el mismo tipo de populismo que en el pasado nos vendieron "viviendas sin cuota inicial" que nunca llegaron a todos o el famoso "tren elevado" que cruzaría el país de costa a costa. Son ideas que brillan en el titular, pero que se apagan cuando se confrontan con las matemáticas básicas y la realidad de los recursos públicos.
Por otro lado, el populismo de la "mano dura" que personifica Abelardo de la Espriella apela a un sentimiento de justicia visceral, pero carece de profundidad institucional. Prometer la eliminación de impuestos de tajo mientras se propone un aumento masivo en el gasto militar y de seguridad es una contradicción técnica insostenible. No podemos permitir que el discurso del "caudillo salvador" nos ciegue nuevamente; Colombia ya ha pasado por etapas donde la voluntad de un solo hombre pretendió sustituir la fuerza de las leyes, y los resultados suelen ser erosión democrática y mesianismo estéril.
En el otro extremo, el discurso de Iván Cepeda también coquetea con la utopía redistributiva sin un soporte de generación de riqueza claro. Hablar de "alquileres básicos" universales y democratización masiva de tierras suena a justicia social necesaria, pero si no se explica de dónde saldrá cada peso y cómo se mantendrá la productividad, terminaremos repartiendo escasez. La historia colombiana está llena de reformas agrarias de papel y subsidios que se volvieron nidos de corrupción. No se puede gobernar con el deseo de lo que debería ser, ignorando la realidad de lo que el país realmente puede costear.
Hagamos memoria para no repetir el error. Recordemos aquella "Renta Básica" de un salario mínimo que se prometió en campañas pasadas como solución mágica a la pobreza, una cifra que habría quebrado el presupuesto nacional en meses. O miremos la reciente reducción del 50% en el SOAT, que hoy es una realidad en Colombia: se lanzó como un alivio popular, pero terminó profundizando el hueco fiscal en el sistema de salud y disparando la evasión, sin lograr que la accidentalidad bajara un solo punto. Esas propuestas "de colegio" son las que nos mantienen en este ciclo de frustración permanente. Cada vez que aceptamos una promesa que suena demasiado buena para ser cierto, estamos validando que los políticos nos tratan como menores de edad incapaces de entender que la administración pública requiere rigor técnico y no solo eslóganes para ganar simpatía.
La ciudadanía debe despertar de este letargo emocional. No podemos casarnos con un candidato simplemente porque "dice lo que quiero oír" o porque nos ofrece un alivio de 300 mil pesos en un trámite. Ser un elector implica serio preguntar: ¿Cómo se financia? ¿Qué institución lo va a ejecutar? ¿A quién le están quitando para darme a mí? La madurez política no es votar con rabia ni con esperanza ciega, sino con el rigor de quien sabe que, en el Estado, como en la vida, nada es realmente gratis.
Esta columna es un llamado a la cordura. No nos dejemos enganchar por el marketing de la necesidad. Exijamos planes de gobierno que hablen de indicadores, de sostenibilidad y de reformas estructurales, no de "cheques en blanco" emocionales. El próximo presidente de Colombia no debe ser quien mejor sepa gritar en una tarima o quien más beneficios inmediatos prometa, sino quien tenga la valentía de decirnos la verdad, aunque esa verdad no quepa en un eslogan de campaña.

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