Saltar al contenido

(OPINIÓN) El oscuro mundo de los grafitis. Por: Diego Arango O

Cualquier persona que transite por Bogotá se encontrará con un paisaje deplorable en toda la ciudad, y son los llamados grafitis.

IFMNOTICIAS-03
IFMNOTICIAS-03
4 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) El oscuro mundo de los grafitis. Por: Diego Arango O

Los que inundan las fachadas de los almacenes, lotes cercados, vallas de cerramiento de las construcciones de nuevos edificios, los puentes, las aceras, las estaciones de Transmilenio y todo lo que uno pueda observar en el paisaje urbano, urbano que está contaminado de unos grafos inelegibles y figuras siniestras que no obedecen a la cultura ciudadana del auténtico arte urbano, sino que es una expresión artística rebelde.

El grafiti en Bogotá está entre el muralismo artístico y el estigma del vándalo. Esta ciudad se ha consolidado como una de las capitales mundiales del arte urbano. Sus muros con dibujos artísticos narran historias de resistencia, biodiversidad y folclor. Sin embargo, bajo esta piel de colores vibrantes subyace una realidad más cruda: la proliferación del grafiti vandálico. Este fenómeno, lejos de ser unificado, plantea un conflicto profundo entre la libre expresión, la estética urbana y el respeto por el patrimonio.

Ahora veamos la gran frontera entre el arte urbano VS el  vandalismo. Es imperativo distinguir entre el arte urbano o muralismo y el grafiti de firma o tagging. El primero es una expresión planificada que busca dialogar con el entorno y el espectador. Requiere creatividad, arte, técnica, tiempo y, usualmente, el consentimiento del propietario o del estado. Su valor estético aporta plusvalía a la ciudad y los barrios, convirtiéndose en un activo cultural. Por el contrario, el grafiti vandálico, que es una acción de transgresión, su objetivo no es la belleza, sino la apropiación del espacio mediante la marca. Aquí la rapidez y el riesgo son la moneda de cambio. Para el vándalo, la fachada de una casa familiar, almacén o un edificio patrimonial es simplemente un lienzo para su ego, donde el mensaje se reduce a "yo estuve aquí".

De otra parte, viene el enigma del "90" y la psicología de la ciudad, un fenómeno particular en Bogotá que ha sido la repetición sistemática de ciertos números, especialmente el "90". En el imaginario colectivo, ha surgido la interpretación de que este número actúa como un mensaje subliminal de "no venta", una suerte de "maleficio visual" que estanca el comercio.

Desde el análisis sociológico, más que un acto de esoterismo, se trata de una estrategia de dominación territorial. Al marcar propiedades en venta o edificios en construcción, los grupos de grafiteros aprovechan la vulnerabilidad de estos predios con menor vigilancia para saturarlos con su identidad. El impacto real no es metafísico, sino económico: una propiedad inundada de marcas proyecta inseguridad y abandono, lo que efectivamente ahuyenta a los inversores y degrada el valor comercial del sector.

Pero todo esto trae implicaciones estéticas y medioambientales. El impacto del vandalismo gráfico no es solo visual; existe una implicación medioambiental crítica, como la contaminación química, porque el uso masivo de aerosoles libera compuestos orgánicos volátiles que afectan la calidad del aire. También está el efecto de los residuos y limpieza; la remoción de pintura en superficies porosas como el ladrillo bogotano requiere químicos abrasivos o agua a alta presión, lo que genera vertimientos contaminantes y un desgaste acelerado de los materiales de construcción. Estéticamente, el vandalismo desordenado rompe la armonía del paisaje urbano. Cuando una ciudad pierde el control sobre sus fachadas, se produce el efecto de las "ventanas rotas": la percepción de que no hay ley, lo que invita a otras formas de incivilidad.

Bogotá debe controlar este fenómeno que afecta la estética; el Concejo capitalino debe pronunciarse al respecto, diferenciando el arte urbano del grafiti vandálico que está acabando con el paisaje urbano. La diferencia está entre el arte urbano que eleva el espíritu de la ciudad y el grafiti vandálico con sus códigos crípticos y su desprecio por la propiedad ajena que la fragmenta. Es hora de que las autoridades capitalinas superen el "maleficio" de la desidia, que requiere no solo de limpieza física, sino de autoridad, control y fortalecimiento de la cultura ciudadana, donde el respeto por el patrimonio sea tan sagrado como la libertad de expresión.

Compartir:

Noticias relacionadas