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(OPINIÓN) Cuidado con lo que abres. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Cuando la hoja de ruta de una sociedad se pone en la mira de intereses políticos e ideológicos, vale la pena empezar a buscar el salvavidas bajo el asiento.

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(OPINIÓN) Cuidado con lo que abres. Por: Gustavo Gómez Córdoba

La Constitución no es un obstáculo. No puede serlo. Pero si se trata de líderes o grupos de personas que quieren socavar la institucionalidad con agendas particulares, la Constitución, entonces, debe ser la más infranqueable de las barreras. La Constitución no puede ser una especie de vaso medio lleno o medio vacío, visto así en la medida de los intereses de quienes gozan los turnos que concede la democracia en el poder. La Constitución no está hecha de plastilina. No es posible amasarla a voluntad, ni pretender que se acomode como mercurio líquido vertido en un molde.

Es válido modificar las constituciones, obvio, y cada ordenamiento jurídico prevé los mecanismos necesarios para que ello se haga sin abusos. Las sociedades obedecen a las constituciones, pero nadie es esclavo de la ley. La ley está para ser respetada, pero también existe la posibilidad de modificarla en aras de unas mejores condiciones para los seres humanos, quienes a fin de cuentas son la razón de ser de las normas.

Con asombrosa simpleza, Yuval Noah Harari explica algo no tan sencillo: las estructuras imaginarias. Se trata de una serie de ficciones que los homo sapiens compartimos. A ellas reconocemos una existencia que es innegable, aun sin encontrar acomodo en el mundo de la realidad física. Las fronteras existen, pero no existen. El dinero existe, pero no existe. La nacionalidad existe, pero no existe. Incluso los derechos humanos existen, pero no existen, porque tampoco son una realidad biológica.

A veces, lo que no existe-existiendo puede nuevamente dejar de existir gracias a una decisión humana. En las conurbaciones, por ejemplo, los límites se diluyen en beneficio de las comunidades. Sucede también con las constituciones, que en ciertas latitudes son brújula impresa y en otras partes, no. Al menos no de la manera formal en que aquí las concebimos. No pierda usted el tiempo buscando una constitución en librerías del Reino Unido, Israel o Arabia Saudita.

Cuando los tiempos cambian no es insensato pensar en “actualizar” las constituciones, lo cual es muy diferente a la peligrosa maniobra de manosear la Constitución. Nuestra democracia indica que quien se posesiona en la presidencia promete cumplir fielmente la Constitución. Juramento del que se desprende algo que puede explicar cualquier estudiante de segundo semestre de Derecho: estar de acuerdo con defender la Constitución involucra el hecho de que solo podrá reformársela con la aplicación de las disposiciones legales y jurídicas que la ley, y la misma Constitución, contemplan. Esto es, hay claridad meridiana en la enorme diferencia que separa reformar la Constitución de violarla. Los atajos no existen. Todos ellos nos llevan al escenario de la vulneración.

Pero de lo legal puede pasarse a una lectura más práctica de la relación de las administraciones con la Constitución. Los gobiernos cuentan con las herramientas legales para desarrollar sus programas y el presidente da su palabra de moverse en ese espacio. No es una sorpresa para un candidato convertido en presidente la manera en que funciona el Estado. La democracia opera con las cartas sobre la mesa, de forma que cada jugador se vale de su inteligencia, experiencia y astucia para lograr un resultado, pero sin alterar las reglas. Esto funciona en los juegos de cartas y en las cartas magnas.

Culpar a la Constitución de unos resultados más o menos deslucidos frente al electorado es algo que solo puede esperarse de malos perdedores o de tramposos. La Constitución da instrumentos, pero no puede responder por la incompetencia o falencias de los gobernantes. Así que, promover una reforma constitucional como vehículo indispensable para que se cristalicen transformaciones sociales, puede no ser tanto una necesidad como una necedad. Una necedad más peligrosa que una espina atravesada en la tráquea, porque los ajustes que se promocionan como mesurados terminan enroscados al cuello de la democracia. Destapar la caja (jarra) de Pandora suele ser una experiencia desastrosa. La apetitosa manzana envenenada cobra caro a quien la prueba, aunque el mordisco se dé en el Paraíso.

En muchas viejas espadas toledanas encontramos la misma frase: “No me saques sin razón, ni me envaines sin honor”. El envainado, por supuesto, solía estar manchado de sangre y este país ya no aguanta más sangre. Ni odio. Ni resentimiento. Ni rencor. Ni venganzas. Ni mancillas. Ni enquistamientos en el poder.

Retaguardia. Descubrir a un ministro de Estado aprovechando los canales de comunicación con la gente para hablar de injertos de pelo y de implantes de silicona en el trasero de un señor al que aborrece, nos recuerda que los niveles de ligereza siempre pueden ser superados en estas tierras ancladas en la chabacanería.

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