Hablemos de salud mental, un tema al que sí le deberíamos dar «Retweet»
Hoy en día, vivimos en una sociedad que definitivamente, no es para nada sana mentalmente hablando. Estamos sometidos a presiones las 24 horas del día, que retumban en los oídos de cada uno, dejando un eco que parece interminable, una y otra vez. Cumplir al 100 % nuestro rol en cada una de las facet
Hoy en día, vivimos en una sociedad que definitivamente, no es para nada sana mentalmente hablando. Estamos sometidos a presiones las 24 horas del día, que retumban en los oídos de cada uno, dejando un eco que parece interminable, una y otra vez. Cumplir al 100 % nuestro rol en cada una de las facetas que desempeñamos, se convirtió en el reto más importante para superar el “qué dirán” y el «deber ser», y así poder ser aceptados en un círculo social al que añoramos pertenecer.
Pareciera extraño, pero desde que era muy peque, recuerdo que la primera vez que mi mamá me fue a llevar a una cita con un sicólogo, se sentó conmigo un rato largo a explicarme las razones por las que había tomado la decisión de que acudiera a terapia, y en su rostro, se reflejaba una mirada triste, que al mismo tiempo, me transmitía cierta “fuerza” y “confianza”, cuando me repetía, “esto es por tu bien, no te sientas mal que nadie tiene por qué saberlo”.
En ese momento, no entendía nada, no lograba comprender por qué nadie podía saberlo, solo tengo claro que para mí, cada cita se convertía en un momento de catarsis que anhelaba día a día, y que a la final, lo que para mi familia parecía ser algo “vergonzoso”, para mí, no era más que un momento de “tranquilidad” en el que me sentaba a conversar sobre mis miedos, frustraciones y deseos, con una persona que con una mirada noble, no me juzgaba, sino que, al contrario, comprendía cada palabra que salía de mi boca, y me ayudaba a entender, por qué mi cerebro a veces “maquina” sin parar, de formas que hoy muchos no entienden.
Hoy, 24 años después de haber ido por primera vez a un consultorio con una persona que SÍ me comprendía, puedo decir con tranquilidad, que mi “terquedad” y mis ganas de ir “en contra de la corriente”, sí me han servido para gritar a los cuatro vientos, que visitar a los expertos en salud mental, es adrenalina para el alma.
Ojalá a uno desde muy chiquito le enseñaran a elegir los pensamientos. A darnos la oportunidad de sentir tristeza, y nos tatuaran en el alma que si lloramos, no dejamos de ser fuertes. Ojalá nos enseñaran mucho más sobre los retos emocionales, los sentimientos, el amor, las angustias, los miedos, los triunfos y las alegrías. Sobre cómo poder seguir adelante cuando uno pierde una batalla o tiene el corazón roto. Sobre cómo pedir un abrazo a tiempo; sobre las cosas que verdaderamente importan…
Me atrevería a decir, que los “trastornos mentales”, son el nuevo virus de este siglo, pero lo que se me hace absolutamente increíble, es que ante un dolor de cabeza, una amigdalitis o un espasmo muscular, no tardamos más de cinco minutos en acudir a un centro de urgencias, y que cuando son casos más complicados y requerimos hospitalización, nos llenan la habitación de la clínica de detalles para tener una pronta mejoría, y las visitas, hacen una fila interminable para poder abrazarnos.
Sin embargo, cuando nos invade una tristeza profunda, un desaliento inexplicable en el corazón, y tal vez una idea un poco turbia de no querer seguir viviendo, no somos capaces de emitir una señal, o lo que es peor, cuando logramos hacerlo, recibimos críticas, burlas, acusaciones, e incluso, frases destructivas, como: “seguramente estás llamando la atención o haciendo una pataleta” o “cómo se te ocurre estar así, sí tú lo tienes todo y hay gente peor”. Con ellas, lo único que logran, es que nuestros síntomas se agudicen y la mente se revolucione con latidos cortos y distantes que aunque cueste creerlo, afectan los signos vitales.
¿Es eso justo? ¿No creen que tener un sicólogo o psiquiatra debería ser casi que un requisito para que a uno le entreguen el registro de nacimiento? ¿Sabían que en el mundo, una persona se quita la vida cada 40 segundos? Estoy segura que tampoco tenían idea que TODOS somos propensos a sufrir un tema emocional, y que desde que inició la pandemia, las enfermedades mentales aumentaron más de un 30%.
Cuando hay un desequilibrio emocional, se siente como tener un bicho de cuatro patas, ocho manos y veinte ojos, el cual te ataca sin tener cómo defenderte, y que muchas veces, llega en las noches y te “jala las patas”; sí, así como el famoso “Chucho” que uno aseguraba que se le iba a aparecer, cuando de pequeños dormíamos solos en el cuarto o cuando nos portábamos mal.
En mi caso, la ansiedad me ha acompañado en más de la mitad de mi vida, y es algo tan difícil de explicar, que yo también me he creído ese cuento de “estar loca”. Está claro, no es algo permanente, no es de todos los días, y uno va aprendiendo a «controlarlo» o a «detectarlo», pero cuando aparece (sin avisar), me invade una sensación de estar agotada y sentirme en peligro ante cualquier inhalación que hago.
Es querer tener el control de todo, pero al mismo tiempo, implorar para que el mundo pare. También es rogar por estar acompañado, pero a la vez, sentir la necesidad de estar solo y en silencio. Es tener susto a fallar o a incumplir, pero no ser capaz de mover un dedo porque simplemente, no te da el aliento.
Pero lo que más me cuesta, es que al no estar siendo 100 % “consciente”, la ansiedad me ha llevado a tomar decisiones desacertadas que no solo me han costado plata, sino, sueños.
De mi ansiedad he aprendido que las emociones no definen quién soy, sino que son mis maestras. Me han enseñado a hablar y no a quedarme callada por miedo a qué va a pensar el otro. He aprendido a no invalidar mis emociones ni a minimizarlas, pues aunque para otros pueda ser algo «ridículo», para mí puede ser una representación grande y de alta relevancia.
He ido aceptando que así sea muy optimista y alegre, no tengo la obligación de
serlo 24/7, eso también es tóxico, y que “sentirme mal”, no es sinónimo de retroceso; que me tengo que querer también cuando estoy triste y cuando vea todo nublado, porque si no me abrazo en mi oscuridad, jamás veré la luz. Que hay que poner la inteligencia sobre el amor, y no al revés.
Caminando en línea recta no se llega a ningún lado, y el ego no es un buen amigo del manejo emocional acertado. Que los sentimientos no son ni buenos ni malos, sino que simplemente SON.
Mi vida cambió por completo, cuando dejé de tragar sola, cuando me permití sentir. Cuando dejé de creerme “Wonder Woman”, y aceptar, que no está mal pedir ayuda, y que no tengo que poder con todo. Me volvió el alma al cuerpo y me quité 20 kilos de encima, cuando logré conversar con mis amigos sin miedo a que me hicieran a un lado.
Hoy, me permito vivir todo esto, con consciencia, con amor y con respeto; aprendiendo a apagar mi mente racional por un momento, dejándome llevar y entendiendo que todo es pasajero, y que yo soy capaz. Comprendiendo y aprendiendo de cada migraña que llega, de cada vez que me sudan las manos, de cuando se me acelera el corazón o se me tapan los oídos…
Hoy le llamo a mis medicamentos, “las patillas de la felicidad”, y a las otras, “las tranquilinas”, y no porque esté medicada quiere decir que ya está prohibido entrar en crisis, o que soy una adicta, sino que cada tableta y cada gota, me ayudan a remplazar, ese “desbalance químico y emocional”, que Laura necesita para hacer una pausa, respirar y continuar.
Por eso, hoy quiero decirles que si conocen a alguien con algún trastorno mental, ténganle paciencia, sean empáticos, y recuerden: la salud mental no está ni cerca de la manipulación o la locura, todo lo contrario, es más común de lo que creemos, y es de valientes aceptar que tenemos “un problema” y afrontarlo. Más “locos” están aquellos que a estas alturas del campeonato, aún prefieren volverlo chisme de pasillo, y cuestionar los
comportamientos ajenos.
No tengan miedo, no están solos

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