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Las funciones del peluquero

Por: Enrique Ramírez Yáñez Resultó, entonces, que el “Primer Peluquero de la Nación “, gana más que un ministro de despacho, quizás porque sabe mejor que los ministros lo que debe hacer. Seguro sabe más de peluquería que el canciller Leiva de Derecho Internacional, o que la ministra del Deporte de o

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Redacción IFM
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Las funciones del peluquero

Por: Enrique Ramírez Yáñez

Resultó, entonces, que el “Primer Peluquero de la Nación “, gana más que un ministro de despacho, quizás porque sabe mejor que los ministros lo que debe hacer.

Seguro sabe más de peluquería que el canciller Leiva de Derecho Internacional, o que la ministra del Deporte de organizar panamericanos, o que el de Salud de lo que es una vacuna.

El trabajo de este maestro de las tijeras no es otra cosa que cuidar el cabello de la Primera Dama, si bien un comunicado de Palacio informa que esta función no es la única que cumple el afortunado estilista, aunque no entendí cuáles otras podrían ser: El señor presidente poco tiempo le dedica al peluquero, pues acostumbra aparecer con sus desaliñadas y desordenadas mechas expuestas al viento, sobre todo después de consumir “el café” de la mañana.

Doña Laura Sanabria, nuestra vicepresidente de hecho, suele aparecer bien peinadita, aunque dicen que las uñas las tiene un poquito largas. La senadora Pizarro sabemos que se pinta ella misma sus horribles canas, para que el pueblo crea que ya está madura para ser presidente. Y Roy Barreras, que ya no tiene pelo, pero sí muchas ambiciones, anda todavía por Londres, aguantando frío, mientras recibe la anhelada llamada que le pida encarecidamente regresar para que “salve usted la patria”, desde el ministerio del interior.

El senador Iván Cepeda no se peina ni utiliza champú, un producto burgués, utilizado para cometer genocidios y falsos positivos contra las comunidades de piojos, que suelen ser todos socialistas. En fin, que no he podido descubrir qué otra función cumple el primer peluquero de la nación.

Un amigo, que patrióticamente colabora con el cambio, percibiendo jugosos honorarios como asesor del ministerio de la Igualdad, me llama para informarme que el “primer peluquero de la nación” tiene, también, la enorme responsabilidad de escoger el vestuario de la primera dama. Él fue el autor, por ejemplo, de la genial idea de hacer desfilar a la primera dama por la Plaza de Bolívar, el día de la posesión presidencial, vestida con una sotana que les prestó el Papa (entre copartidarios, camarada, nos hacemos favores).

Ustedes me perdonarán la atrevida comparación, pero yo francamente no me imagino a alguna de las intachables damas que en el pasado acompañaron a sus esposos en el ejercicio de la Presidencia de la República, gastándose mil millones de pesos en peluqueros, vestuaristas, masajistas y damas de compañía, contratados con dinero público.

No me imagino a doña Berta Puga de Lleras Camargo, o a doña Cecilia de la Fuente de Lleras, o a doña Nidia Quintero de Turbay, o a doña Berta Hernández de Ospina, o a doña María Cristina Arango de Pastrana, o a la elegantísima Nohra Puyana de Pastrana, vestidas con una sotana del Papa, bailando mapalé en la calle o derrochando miles de millones del presupuesto público en imperdonables frivolidades.

¿Será cierto que todo tiempo pasado fue mejor?

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