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El salario mínimo

Por Juan Nicolás Gaviria En los próximos días iniciará el debate para la concertación del salario mínimo para el año 2022, una mesa en la cual tienen voz y voto según la ley 278 de 1996, el gobierno con cinco votos, las confederaciones sindicales de empleados con 5 votos, y los empresarios a través

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Redacción IFM
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Por Juan Nicolás Gaviria

En los próximos días iniciará el debate para la concertación del salario mínimo para el año 2022, una mesa en la cual tienen voz y voto según la ley 278 de 1996, el gobierno con cinco votos, las confederaciones sindicales de empleados con 5 votos, y los empresarios a través de los gremios “más representativos” con 5 votos también.

Esta mesa (Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales) supone un lugar de debate y expresión de posturas, de visión de país. Sin embargo, allí al parecer solo se debatirá algo puntual, un porcentaje. Porcentaje con implicaciones profundas para el día a día de todos los colombianos.

Como saben el salario mínimo sirve de referente para un sinfín de cosas en nuestro país, además por supuesto, de suponer un techo antes que un piso para muchos oficios que, bien podrían valorarse de otra forma. Pero de eso vamos a hablar más adelante.

Ahora bien, ¿debería ser el “salario mínimo” un piso o un techo? Creo más bien que debería ser un referente, nunca una camisa de fuerza.

Veamos como es eso. La economía de las naciones está dividida por sectores, el primario, secundario, terciario y así hasta el quinario, unos más productivos que otros, otros más competitivos que algunos y otros tantos olvidados por completo por cuenta de la lógica neoliberal de apertura y libre competencia.

Lo anterior supone que el racero no puede pasar igual para todos, pues de esta manera, estaríamos condenando por ejemplo, a sectores estratégicos para las políticas de seguridad alimentaria del país. Adicionalmente y con ese tipo de medidas rígidas, se logra generar distorsiones en sectores altamente competitivos -que ya parecen cartelizados- como el sector financiero.

Esto implica recordar la historia. Y para ello quiero traer dos casos puntuales; el primero nos invita a analizar las implicaciones de la política de apertura económica en el gobierno de Cesar Gaviria, una apertura completa e irrestricta, desprovista de salvaguardas y protecciones para sectores críticos de nuestra económica como el agro.

Allí en ese momento, bien se podría haber retomado el modelo de los sesenta y setenta; modelo que consideraba la región, el tamaño de empresa y sector económico, para la fijación del salario, esquema que se modificó para finales de esa década, instaurando un modelo más rígido -caso número dos-.

Importante recodar en este punto que, en los setenta íbamos viento en popa con la implementación del modelo CEPALINO de sustitución de importaciones; si bien un modelo proteccionista, también uno que supuso el auge de la industria en nuestro país. Auge que se vino al piso con la apertura descontrolada e irresponsable con algunos sectores, lo cual nos llevó a que hoy día dependamos en buena medida de commodities importados, esto para garantizar la seguridad alimentaria nacional.

Como esto dos ejemplos pueden resultar bastante densos y prestarse para debates profundos, permítanme poner sobre la mesa uno más concreto, claro y de fácil comprensión para justificar que, la fijación del salario minino en nuestro país debe partir de la competitividad el sector o el oficio.

Veamos el caso del servicio doméstico. Un oficio poco observado, poco valorado, pero que supone un punto de inflexión al respecto de cuan productivos podemos o no ser. Yo los invito a imaginar su vida si esta vital ayuda, y si no cuenta con ella, imagínese cuanto más productivo podría ser usted con el tiempo que libera al tenerla.

En ese sentido, el servicio doméstico debería contar con consideraciones diferentes a la hora de fijar su remuneración, pues con este apoyo se libera tiempo, se reducen las preocupaciones y con ello se logra mayor foco en las tareas para las que el beneficiario tiene una ventaja competitiva.

Si lo analizamos desde esa perspectiva, el servicio doméstico no debería estar condenado a un salario minino, su remuneración debería además de estar por encima de eso, partir de consideraciones objetivas y cuantitativas, como lo supone un mayor de nivel de productividad para el receptor del servicio.

Y así como sucede con este caso puntual, cada sector de nuestra economía es un mundo completamente diferente. Por ello me pregunto si, la discusión del salario minino en nuestro país debería migrar de ser un debate en procura de un porcentaje, a uno más coherente con nuestra realidad sectorial y social, uno más humano, más digno.

Esperemos contar pronto con un espacio en esta mesa, pues Colombia necesita con urgencia un cambio en su narrativa, requiere alterar el estatus quo y buscar nuevos mecanismos para lograr un estado social de derecho digno para todos.

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