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De lo femenino y lo masculino

Toda vez que se nos propone una reflexión de esta índole de esa la perspectiva de la diferencia, podría decirse que la forma de abordamiento del problema ya está resuelta. Y que por eso mismo hablar sobre ello daría más o menos lo mismo que no hablar, pues todos sabemos de cierta manera de qué es lo que se trata.

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De lo femenino y lo masculino

Por: Óscar Jairo González Hernández

Este tema es totalmente inatrapable y más que nada cuando realmente, como hemos dicho, las formas de acercarlo, de aproximarlo son tan indefinidas ya que se hallan instaladas e inscritas en un dominio tan amplio y a la vez tan cerrado. Espacio fantasmático.

Es normal que entonces no se ceda a la tentación y a la tentativa de hacerlo más próximo, de manera sensible y crítica. De no ser así no sería mucho lo que habría que decir que no apelara e hiciera causa por el desplazamiento, el borramiento y la desaparición de lo femenino y lo masculino (como simbiosis); en medio de esta expansión, explosión y explotación que hacemos y que hacen de nosotros mismos, en la que nos involucramos todos como masa repetitiva: la sociedad del espectáculo como la llamo Guy Debord desde 1967. Y lo más absurdo en todo sentido es que nada hemos podido hacer para cambiarla, para cambiar nuestra relación con la sociedad. O si lo hacemos, de nuevo caemos en el infierno de la repetición. Es un simulacro más, propiciado por la sociedad espectacular: imperio de lo efímero.

Por eso mismo una relación de nuevo con lo femenino, con lo masculino, de su otra conciencia, impondría y conllevaría unas poderosas transformaciones, que serían ideales y reales en la medida en que el hombre fuera capaz de transformar su relación con la naturaleza, con la naturaleza femenina, la misma que se halla dentro de él imantándolo e intensificándolo, pero que por las condiciones y las características de la sociedad mencionada, le hace efectuar y desarrollar un rol que lo desaparece y lo esteriliza. Ya que en esas circunstancias y condiciones, que lo determinan y determinan su relación, él sabe lo que desea y para qué lo desea. Y hace bien en no ocultarlo, pues ese es el rol. Con decir que en esa sociedad del espectáculo, lo femenino ni lo masculino, en su esencia no pueden ser revelados, hallados y poseídos.

De lo femenino y lo masculino

Lo femenino ya no es propiedad de nadie, porque no se encuentra mediado en su presencia por el rol de lo masculino, sino que se halla unido, fundido maravillosamente con lo masculino. Por eso mismo lo que aquí se une y se funde es lo femenino con lo masculino, que todavía quedan en el misterio, se miran en lo irresoluble y se experimentan como un sistema de sensaciones, de impresiones y de sensualidad irrepetible. Podría decirse que la relación entre los sexos no existe, es una ilusión y se constituye en un simulacro en la sociedad mencionada. Esa relación sexual hace entonces que la creación y la invención que tiendan y estén orientadas a construir la relación no se den, sino que sean deformadas para darle paso a la diferencia sexual, que impera en todos los campos de lo social.

Lo femenino y lo masculino no participan del espectáculo, porque no se inscriben y no se localizan en un territorio abstracto, sino real y concreto: el cuerpo y la mente; por eso mismo e invirtiendo la perspectiva no se instala en la sociedad de consumo. Mary Wollstonecraft (1759-1797) decía en 1792, en un fantástico y hermoso libro: “La Vindicación de los derechos de la mujer” (1) que: “Otro ejemplo de la debilidad del carácter femenino, producido muchas veces por una educación limitada, es un toque romántico al que con mucha razón se ha llamado sentimental. Las mujeres, limitadas a sus sensaciones por su ignorancia, y educadas nada más que para encontrar la felicidad en el amor, cultivan sus sentimientos sensuales y adoptan nociones metafísicas concernientes a esta pasión, lo que hace que desatiendan vergonzosamente sus obligaciones, cayendo muchas veces en el vicio a través de estos refinamientos exquisitos”. Y dice más: “(…) Se supone que las mujeres poseen más sensibilidad, e incluso humanidad que los hombres, y se da como prueba sus profundos apegos y sus emociones repentinas de la compasión (…).

Podría resultar un hecho extraño, por eso mismo fuera de lo común, el hecho de que Wollstonecraft, sin conocer y sin ser feminista no hubiese concebido una tesis de esta índole y características, y lo más extra-ordinario las hubiese vivido intensa y pasionalmente, en relación y en medio de costumbres y leyes impuestas por los hombres y arrastrada sin medida y sin contención racional por el amor. Tanto es así que no solamente se dedicó a reflexionar sobre estos hechos, sino que también intentó producir cambios concretos y para eso fundó una escuela en la cual se les daría instrucción y formación. Una verdadera tarea que desborda los límites “delirantes” de la teorización para crear los mecanismos prácticos que permitan la realización, el resultado del proyecto. Proyecto de una vida y un destino. Ella, en el sentido propuesto por Wollstonecraft ha de tener una verdadera formación, sensible y crítica, y de la misma manera que libertina, liberal y revolucionaria.

De lo femenino y lo masculino

Y que su sensibilidad sea estructurada por la experiencia racional de lo sensible, de las sensaciones y no por la pobre y banal experimentación de una sentimentalidad que sin duda, la condena y la ha condenado para penetrar su propio mundo y formarse su propia visión de las cosas, y sin duda podrá después participar e intervenir con los hombres en la construcción del futuro. En síntesis, una crítica fuerte y profunda a lo que en los hombres ella reconocía como el “libertino de la fantasía”. Después del Marqués de Sade, de Nietzsche o de Karl Kraus; o de Mary Shelley, Violet Trefusis y Lou von Salomé; quedaba todavía por trastornar el carácter y la dimensión de esa relación.

Y sí en el Romanticismo todo tendía hacia la idealización de lo femenino e hicieron del “amor” su ideal de inspiración y de creación; los Futuristas en 1909 no se quedaron atrás, y emprendieron la tarea de derribar ese ídolo: “Despreciamos a la mujer-búcaro de amor, máquina de voluptuosidad; la mujer-veneno, la mujer-bibelot trágico, la mujer frágil, obsedente y perniciosa, cuya voz cargada de fatalidad y la ensoñadora cabellera se prolongan y se extienden en las frondosidades de los bosques bañados por el claro de luna. (…) Despreciamos el horrible y embarazoso amor, que entorpece la marcha del hombre y le impide salir de sí mismo, desdoblarse, superarse, para convertirse en lo que nosotros llamamos hombre multiplicado”.

Es normal hallar estas posturas radicales y fanáticas. No obstante, es indudable que no se pueden en este instante hacer concesiones en ese orden, al menos con aquellos que aún continúan hablando del tema haciendo la diferencia obtusa y obvia de los dos sexos. Quizá concebir que esa diferencia no existe, que ni el uno ni el otro existen, podría ser el camino más propicio y prometedor para encontrar una perspectiva y una materia real, que los funda, que les dé otra forma, que les imprima otro poder, que les dé la intuición necesaria para explorar esa relación para reconstruir la vía oxidada, extinta de los sentidos. Y esa es aquella que incrusté en su sustancia, la sensualidad y la creación. El misterio del nudo borromeo quizá se resuelva en los instantes estremecedores y duraderos de la seducción. En su elipsis todo queda inmerso.

De lo femenino y lo masculino

De allí, de esa unión resultará la transformación en lo femenino y lo masculino, que definitivamente borrará la diferencia de una vez por todas. Escribir sobre el cuerpo de cada uno. Hacerse escritura del deseo del otro. En ese instante queda abolida la separación, la diferencia que es lo hoy nos impulsa con toda su fuerza a mirarnos solamente dentro del marco de necesidades e intereses que nos proporciona la sociedad espectacular, en la cual la relación, la unión de lo femenino y lo masculino, se suprime para darle cabida a lo útil, a la explotación de la sensibilidad y de la sensualidad, a la derrota y a la frustración de nuestra naturaleza. Es el orden social el que impone el fin y la manera de esas relaciones y da esos roles, de los cuales no podemos escapar o no queremos escapar. Contra toda alienación y embotamiento, quedan el deseo de libertad y de asombro, que son los elementos más importantes de la creación. Cuando hay creación no hay sexos y “desaparece” la diferencia.

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