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(OPINIÓN) Me voy para la cueva del tigre. Por: Andrés Arboleda A

Salí de Colombia en 1998, cuando era presidente Andrés Pastrana. Recuerdo entonces la zona de distensión que le “entregó” a la guerrilla de las FARC para facilitar los diálogos de paz, que no solo desdeñaron, sino que además aprovecharon para continuar delinquiendo y azotando al país, teniendo como

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Me voy para la cueva del tigre. Por: Andrés Arboleda A

Salí de Colombia en 1998, cuando era presidente Andrés Pastrana. Recuerdo entonces la zona de distensión que le “entregó” a la guerrilla de las FARC para facilitar los diálogos de paz, que no solo desdeñaron, sino que además aprovecharon para continuar delinquiendo y azotando al país, teniendo como santuario aproximadamente 42.000 km² del territorio nacional (un área más o menos similar al tamaño de Suiza), donde se refugiaban mientras continuaban secuestrando, reclutando menores, traficando armas y drogas, asediando a la población civil, matando policías, extorsionando y cometiendo todo tipo de fechorías, a sabiendas de que eran intocables dentro del territorio despejado, donde tenían total control y libertad de movimiento.

A mí no me contaron esa historia, yo la viví. Tuve amigos que perdieron a sus familiares, asesinados por la guerrilla luego de haber sido secuestrados y extorsionados. Yo vi por televisión, en vivo, la toma del Palacio de Justicia, y tal vez por todo eso hoy me rehúso a aceptar que el Presidente de Colombia sea un delincuente que secuestró y asesinó, sin escrúpulo alguno, a decenas de colombianos, mientras que oficiales y miembros de las fuerzas armadas y de policía, en cumplimiento de su deber, han tenido que pagar condenas por acatar órdenes y defender a los colombianos que, sin ellos, habríamos estado completamente desamparados.

En 2002 apareció en la escena política nacional el presidente Álvaro Uribe Vélez. Dijo lo que todos los colombianos queríamos oír, ganó las elecciones y nos devolvió la esperanza perdida. Cuatro años más tarde, no había mucha vuelta que darle al tema; todos (menos los bandidos) sabíamos que queríamos seguir por ese camino lleno de esperanza para recuperar el país y salimos masivamente a votar por la reelección del presidente Uribe.

De mis 53 años de vida, esos ocho han sido los mejores que recuerdo de Colombia. Por eso soy uribista. Pero Uribe no es Santos. Y Santos traicionó a Uribe. Y todos los que votamos por Santos, pensando que Santos era Uribe, no fuimos traicionados, fuimos engañados. Engañados en nuestra buena fe y en nuestro anhelo de paz. Santos fue fiel a sí mismo. Sátrapa, traidor. Le entregó el país a los enemigos de la paz, a los enemigos de Colombia.

Los acuerdos de La Habana fueron un escupitajo en la cara de la memoria de tantas víctimas inocentes y de tantos héroes que en vano entregaron su vida para defender una Patria que hoy sigue llorando por la tan anhelada y cada vez más esquiva paz.

Luego vino Duque. Pero Duque tampoco fue Uribe. Era el de Uribe, pero no era Uribe. Todos votamos también por Duque… añorando a Uribe. Pero Duque es Duque. Solo eso. Y gracias a Duque, hoy tenemos a Petro. ¿Qué más puedo decir de Duque? Creo que eso es más que suficiente.

Los cuatro años de Petro han sido una pesadilla. La peor de todas. Es repugnante. Vergonzoso. Tanto, que insulta mi nacionalidad. Ahora, en el 2026, viene Paloma, la de Uribe. ¿Será como Uribe? Escogió a Oviedo. No es como Uribe. ¿Será mejor que Cepeda? Creo que hasta Petro es mejor que Cepeda. Así que cualquiera que no sea Cepeda será mejor que Cepeda.

No tengo nada en contra de Paloma ni en contra de Oviedo. Para mí, Paloma es la de Uribe y Oviedo es el de Santos. Cepeda, el de Petro. Petro, el del diablo. Para primera vuelta, Abelardo, “el Tigre”, es el mío.

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