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(OPINIÓN) JPP. Por: Jaime Honorio González

Ustedes me perdonarán que yo me fije en pequeñeces, pero no he podido dejar de pensar qué estaría pasando por la mente del presidente de la República mientras debutaba como actor de primera fila (que no es lo mismo que de primer orden) en una producción cinematográfica con aspiraciones de Hollywood aunque con presupuesto de Bollywood. O, al menos, de RTVC.

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) JPP. Por: Jaime Honorio González

Ustedes me perdonarán que yo me fije en pequeñeces, pero no he podido dejar de pensar qué estaría pasando por la mente del presidente de la República mientras debutaba como actor de primera fila (que no es lo mismo que de primer orden) en una producción cinematográfica con aspiraciones de Hollywood aunque con presupuesto de Bollywood. O, al menos, de RTVC.

Miro y no dejo de observar esa maravillosa escena inmortalizada en el clic de una cámara fotográfica donde se aprecia claramente a un ganador del premio Oscar como mejor actor, interpretando su rol de héroe de ébano en nuestra guerra de Independencia junto al primer mandatario de este país, a cinco meses exactos de abandonar su cargo, flanqueado por un funcionario de alto rango en Colombia, encargado de cuidar la espalda del presidente en ejercicio de sus funciones, y también —cuando se necesite— la del actor en ciernes, como en este caso.

Si el presidente es polifacético, el jefe de Despacho pues también. Manejar un país requiere desempeñar diversos roles. Debemos aceptarlo.

Ustedes se burlan pero no saben lo angustiante que resulta estar de pie, frente a una cámara, sin poder decir ni mú, guardando absoluto silencio, sobre todo Él, que podría largarse un interminable monólogo sobre Padilla el héroe o el parqueadero, le da igual, sobre Aureliano o Bolívar, también le da igual, sobre la esclavitud, España, los negros, las negras, el Eme, el virus de la vida, las artes amatorias, el gobierno del cambio, lo que fuera, y —sin embargo— permanecer ahí, incólume, estoico, callado por dos largos minutos, exactamente 122 interminables segundos, con la mirada fija, tal vez clavada en la hermosa figura de la bailarina negra que danza una sensual samba jarocha a un par de metros; Él, que pasaba por allí sólo a saludar; Él, presidente de un país que sólo quiere ser un extra más; Él, que sin hablar inglés lleva el peso de una escena donde participa un premiado actor que no habla español; Él, que queriendo toda la vida emular a Simón Bolívar apenas le dejan ser un oficial más, con grado de general pero sin nombre, con sable de la época, pero sin derecho a blandirlo, obligado a maquillarse y disfrazarse, pero sin recibir su merecida paga (sin los 180.000 pesos que le dieron a cada extra, dijo el director de la película), y eso que les gestionó dos millones de dólares, ¡qué irrespeto con la figura presidencial!

Él, dueño y señor del relato en las redes sociales desde que —en nombre del progresismo— nos gobierna con promesas de meritocracia y cumplimiento de requisitos (excepto en la asignación de recursos a películas sobre almirantes negros), que terminó protagonizando el filme sin decir ni una palabra, apenas un rápido y mal actuado beso en la mano de la bailarina de esta película pobre (que no es lo mismo que una pobre película), al lado de un negro ganador de un Oscar, con multiples señalamientos de abuso sexual, que actúa como almirante guajiro, hijo de mulato e india, y que sólo habla inglés, excepto tres palabras que se aprendió de rapidez y que pronuncia a pulmón herido luego de un épico triunfo sobre los invasores canarios en las aguas del Maracaibo: ¡Viva Colombia, sí!

Y aquí vamos, distraídos en este enredo en el que lo metieron tres de sus mosqueteros (el jefe de Despacho, Raúl Moreno, la ministra de las TIC y el gerente de RTVC, que lo contó en la Radio Nacional), quienes lo persuadieron de hacer un cameo mientras filmaban la película en el Palacio de San Carlos, ahora sede de la Cancillería.

También contó que el presidente no quería (no me lo creo). Lo cierto es que terminó apareciendo en una escena de un baile de gala al que asistían algunos amigos de Simón Bolívar, uno de ellos, encarnado por el presidente Petro. La vida es irónica. Fue El Libertador quien después ordenó el fusilamiento del almirante Padilla, acusándolo falsamente de conspirador. En fin.

Ayer leí que la inflación anual en Colombia se había desacelerado, pasando del 5,35 por ciento de enero al 5,29 por ciento de febrero, sorprendiendo positivamente al mercado que esperaba un 5,52 por ciento.

Se los digo claramente: A estas alturas, nadie cambiará su sentido del voto por cuenta de esta leve mejora en la inflación o por el debut actoral de presidente en una película asignada a dedo. No. Nadie cambiará de idea, nadie pasará de un extremo a otro, ni siquiera los del centro lo tendrán en cuenta en las elecciones de hoy. Ni tampoco en las presidenciales que se avecinan. Ya lo verán. Y no lo harán porque estamos absoluta y completamente anestesiados frente a las actuaciones (políticas o dramáticas) de Gustavo Petro. Todos, sus opositores y sus seguidores. Y sus indiferentes. Todos.

Yo, a lo que sí me opongo rotundamente es al nombre que le quieren poner al filme. Dizque Padilla: el ángel negro de la libertad. Qué nombre tan rebuscado. Parece puesto por el presidente.

Muy en el estilo hollywoodiense de homenajear personajes históricos, así como hicieron JKF en memoria de John Fitzgerald Kennedy, yo le pondría JPP, por José Prudencio Padilla. Que también podría significar José Prudencio Petro, apenas justo para un presidente a quien ni siquiera le pagaron los 180.000 pesos a los que tenía derecho como extra. “Un extra lo que hace es bulto”, dijo en la radio el director de la película.

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