John J. Bedoya: “Vislumbro que en mi pintura el tiempo no se lee de manera documental”
¿Podría usted desarrollarnos, la tentativa que realizó en los Talleres del Ferrocarril de Antioquia en Bello (Antioquia); cómo y desde dónde y porque concibió y estructuró esta intervención?
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Qué sentido tenía y tiene para usted; como se relaciona con las ruinas o el desmoronamiento (la corrosión, la oxidación), la destrucción de esas instalaciones con otra instalación, y qué se construye desde allí; qué perspectiva le provoca e irrita, a y en su mundo de la naturaleza (paisaje), y que buscaba como hacer que su obra hablará allí, en esa relación con lo que se destruye, o que alcanza y adquiere otra forma y otra transparencia, o es la misma; cuál su método de observación, para decidir en donde instalaba cada una de las obras, y como las relacionaba entre sí desde su Taller hasta los Talleres del Ferrocarril, y qué de nuevo le poseía a usted en esa eclosión inminente de lo inexorable, de su destino de artista y por qué?
Estas fotografías son la evidencia de un proyecto que presenté para el Municipio de Bello en el año 2021, dentro del marco de los estímulos culturales de ese año. El proyecto consistía básicamente en realizar el montaje de algunos de mis trabajos en lugares del municipio fuera de los espacios institucionalizados, tipo sala de exhibición, pero la muestra al público se daría por otros medios o dispositivos de exhibición, es decir, se realizó un montaje de las piezas artísticas en diferentes escenarios, pero el conjunto de todo el proceso que se presentó fue a través de la fotografía y el video. Todo el conjunto de imágenes resultantes lo titulé “Bajo la azulada esfera”.
El título conecta con una estrofa del himno antioqueño que dice: “Amo el sol porque anda libre sobre la azulada esfera”, pero reduje la frase y cambié la preposición “sobre” por “bajo la azulada esfera”, estableciendo de esta manera una poética por lo subterráneo, por lo que permanece debajo y, en este sentido, el proyecto propone una mirada sobre lo que no es visible a simple vista, pero también tiene la intención de expandir, no solo hacia nuevos espacios y dispositivos de exposición, sino de encontrar otras lecturas y diálogos con la obra. Dentro de esos espacios solicitados y autorizados están los Antiguos Talleres del Ferrocarril de Antioquia, hoy renombrados como el Parque de Artes y Oficios.

Para ese año, todavía los antiguos talleres no habían tenido una intervención arquitectónica o de limpieza vegetal como la que vemos ahora; en ese momento, el lugar se hallaba bajo las mismas condiciones de exposición al deterioro en las que permaneció por años. Tuve la maravillosa oportunidad de ingresar autorizado por el municipio, bajo condiciones específicas de no colgar piezas artísticas sobre vigas o de paredes y de transitar bajo mi propio riesgo; incluso se nos previno a mí y a mi equipo de trabajo de no ingresar a ciertos espacios por el alto riesgo de un accidente por el deterioro de los techos y pisos, recomendación que obviamente pasé por alto y terminé incluso fotografiando uno de esos espacios con una pintura.
Esa experiencia la considero de las más entrañables, por la misma historia que representa el edificio como bellanita que soy y por la magnitud espacial e invocación melancólica del edificio, pero también porque me trae recuerdos, dos de ellos por los viajes en tren, uno de niño junto con mis padres y hermanos y el otro, muy joven, junto con amigos. El otro recuerdo es porque, por varios años, yo tomaba el metro en la Estación Bello hacia Medellín, para ir a trabajar a una institución del Estado, y se me volvió costumbre, al cruzar el puente, ver desde esa altura los trenes invadidos de maleza, que eran una imagen muy diciente y poética.
En este sentido, entonces, elegí los antiguos talleres por lo que han representado históricamente para el Municipio: un tiempo de progreso, de expansión industrial y comercial, que prometía trabajo, vivienda, que atrajo migración y desarrollo. Pero para ese año, solo era vestigio y ruina y entonces, proyecté exhibir cinco pinturas de gran formato, que dialogarán con este entorno de abandono, de residuo, de despojo, de invasión vegetal.
¿Por qué? Porque mi proceso creativo en ese momento establece una mirada con el paisaje, específicamente con la representación de lugares de la naturaleza que nadie quiere ver, que no se proponen ser bellos en un sentido tradicional del paisaje; por el contrario, son imágenes de lugares enmarañados, agrestes, opacos, en los que aparecen objetos sin ninguna importancia histórica o simbólica, como lo son unas cobijas deshechas, unas chanclas de niñas o fragmentos de baldosas, etc., que se leen como vestigios, pero que son realmente residuo material que alimenta la idea de estar frente a un acontecimiento, generalmente interpretado como violento.

Los antiguos talleres del ferrocarril continúan ofreciendo al día de hoy esa mezcla de melancolía y desazón atrapante cuando nos hallamos dentro de este edificio, en especial por esa carga simbólica de progreso fallido, de un desarrollo fracasado, en ruinas, vencido; pero también de una resistencia al tiempo, a la invasión vegetal, a su total desaparición, que hacen de este edificio un monumento a la persistencia.
Lo que ocurrió con mis pinturas expuestas en estos inmensos galpones es que activaban una lectura como de umbrales, que rápidamente insinuaban tiempos diferentes de lugares que comparten los mismos elementos de composición: vegetación invasora y sin control bajo una atmósfera de abandono, de completo olvido, de silencios. Cada pintura se ubicaba en un galpón distinto y dialogaba con el espacio de manera muy concreta, lo que permitía unas poéticas de lectura casi que inagotables; es decir, no existió una resistencia de adaptación entre el espacio y las pinturas, solo fue como ver y sentir que cada una de las pinturas reclamaba con total acoplamiento un espacio propio.
Ahora bien, los antiguos talleres tienen la generosidad de recibir cualquier propuesta de arte, pero también se corre el riesgo de que el espacio mismo las consuma, las rebase, las opaque, pero en mi caso, yo siento que la propuesta logró activar una dimensión de lectura con mis pinturas, que reclamaba con fuerza también su lugar. Primero que todo, las levanté del piso con unos soportes de madera en las esquinas y las mantuve suspendidas, es decir, dos personas las sostenían detrás de ellas, mientras se registraba la escena con fotos y video.
Al principio, yo sentía este encuentro como el de un David frente a Goliat o de unas gotas de agua frente al mar, por lo que representa el edificio; es decir, lo que tienen los antiguos talleres es que reclaman del espectador con mucha fuerza, una fascinación y admiración por su historia, por su ruina, por una memoria de fechas, datos, narrativas de evidencias. Por el contrario, las pinturas carecen de ese componente histórico, del dato, de la fecha, de una historia concreta; incluso sus objetos incrustados, sin ningún valor simbólico más que el de ser material residual, lograron, sin embargo, un diálogo en múltiples sentidos.
Y uno de ellos, que para mí fue como un nuevo proceso de lectura sobre mi trabajo, fue la manifestación del tiempo, que en pintura suele ser cronológica, conmemorativa, pero esta vez, vislumbro que en mi pintura el tiempo no se lee de manera documental, sino en la sedimentación material, de lo vegetal, de lo erosionado, de lo corroído, del polvo acumulado, de la mancha, en lo residual, en las superficies, en la textura como piel y sobre todo en la textura, que ha sido el elemento pictórico que más me conmueve. El tiempo asumido no como relato histórico, sino de acumulación material en las superficies, encarnado como textura que permanece como en un estado de espera.

Por lo tanto, esa relación de espacio físico real de los talleres vs. espacio de ficción pictórica de los cuadros estableció, a mi modo de ver, no espacios diferentes sino como tiempos distintos de un mismo lugar. Se dejan leer como posibilidades, como preguntas, como insinuación, como otros modos de leer lo histórico del edificio; quizás lo que las pinturas permiten ver es un tiempo hacia el pasado del pasado, o frente a una espacialidad subterránea, oculta, invisibilizada por el peso del ladrillo. Y eso está relacionado con pensar bajo la azulada esfera, qué es lo que hay en la superficie o debajo de ella, qué se nos niega ver o qué nos resistimos a ver, desde dónde es que vemos y qué es lo que valoramos ver.
Y otra lectura de esta maravillosa experiencia en los antiguos talleres del ferrocarril, que ya contiene componentes más filosóficos, la hago como una pregunta sin respuesta aún: ¿Es el tiempo y la naturaleza el verdadero curador de arte?
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