Henri Matisse: Expresión del color
Nunca ha existido una artista que, como Henri Matisse (1869-1954), se haya preocupado con tanta insistencia en darle forma definitiva a su búsqueda en el campo del arte.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Realizó todas las pruebas necesarias para alcanzar esa meta, y finalmente la concluyó, podemos decir, con la elaboración consciente de sus PAPELES RECORTADOS, que son la demostración de la mayor concentración en la simplicidad, que siempre quiso encontrar. Nada excesivo, todo contenido, fue en los últimos años de su vida, lo más importante. Decía: "Aquello que persigo por encima de todo es la expresión y en varias ocasiones se me ha reconocido cierta habilidad, aun a pesar de sostener que mi ambición estaba limitada y no iba más allá de la satisfacción de orden puramente visual que puede procurar la contemplación de un cuadro." (Notas de un pintor, 1908).
En 1892 se matricula en la Academia Julien, la cual abandona rápidamente y se inscribe en el taller del pintor simbolista Gustave Moreau. Matisse intenta, pues, hallar su estilo, pasando de un taller a otro, de una escuela a otra, hasta que decide tener su propio taller. En este enseña y perfecciona su técnica pictórica. El taller le sirve para sus propios fines artísticos y es allí donde él por sí mismo va resolviendo sus propias preocupaciones artísticas. La enseñanza del arte adquiere con él otro sentido y otra perspectiva.
Matisse es incluido en el movimiento, llamado los "fauves", que recibió esa denominación, por azar, ya que en la exposición del Salón de Otoño de 1905 fue expuesta su obra, al lado de la de Derain, Friesz, Manguin, Marquet, Puy, Rouault, Valtat y Vlaminck.
Era el color lo que más los relacionaba, la exaltación y la plenitud que encontraban en darle al color un contenido y una dimensión esencial en la composición del cuadro. El color causaba, pues, el arrobamiento y el arrebato, más allá del color utilizado por los impresionistas, que tenía como finalidad la de proporcionarles la visión del movimiento y de la luz.
Realiza una carrera artística paralela a la de Picasso, con quien tendrá frecuentes enfrentamientos y disputas, ya que nunca se entendieron bien, debido a que cada quien se sentía el pintor más importante de su tiempo, lo cual provocaba entre ambos una velada competencia por mantenerse en un permanente nivel de calidad pictórica.
No es raro hallar en la historia del arte relaciones de esta índole, en donde la rivalidad se constituye en un impulso y una incitación para crear, como, por decir, la que unió y separó de manera violenta a Nietzsche y a Wagner. Amistades que se contradicen y se rechazan, pero de las que cada quien puede extraer un considerable rendimiento creativo.

Matisse no hace cubismo, que está de moda; no es futurista y menos le interesan los movimientos más revolucionarios de ese momento como el dadaísmo y el surrealismo. En él lo que hay es la intención de continuar su búsqueda por donde le dictan su necesidad y su deseo. Y por ello mismo su experiencia no tiene límites, es libre, de ahí su atrevimiento y su postura como artista y como quien contempla tanto su obra como la de otros. "El placer que en todas las épocas la obra de arte proporciona al hombre proviene de la comunión entre la obra y quien la contempla." (Habla Matisse, 1952). Es el placer que le dan al espectador obras como "Lujo, calma y voluptuosidad" (1905), "La danza" (1909), "La lección de piano" (1916) y "Odalisca con pantalones rojos" (1916).
Hay una constante en Matisse, que es decisiva, consideramos nosotros, para la realización de su obra, y es la capacidad de observación que tiene de todos los fenómenos que la naturaleza le muestra, le pone en evidencia total y que él sabe dominar y contener. La naturaleza que observa en donde esté: Niza, Rávena, Venecia, Padua, etc. Es en ella donde descubre, por decir la luz: "En Tahití descubrí la luz la luz entendida como materia pura y la tierra de coral." Inquietud de la observación llevada al extremo, que al mismo tiempo equivale también a la naturaleza de lo cotidiano, de lo simple que tanto le interesara: la casa, las ventanas, la intimidad. Matisse encontró la expresión de su mundo y nos expresó también a nosotros.
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