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Francisco Mejía: “La poesía y el teatro hacen una sinergia simbótica”

¿De qué manera comienza usted a concebir y estructurar “La hermafrodita y el alud”?

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Francisco Mejía: “La poesía y el teatro hacen una sinergia simbótica”

Por: Óscar Jairo González Hernández

¿De qué manera comienza usted a concebir y estructurar “La hermafrodita y el alud” ; qué obsesiones se instalan aquí, como se realizó su método o no de formación de la membrana el libro; como se da una tendencial inclinación hacia la dramaturgia y el teatro; qué transformación aquí se da de la relación turbulenta con la poesía y lo teatral; porque título este libro así; continúan su visión de la naturaleza (la tierra y el cosmos) cómo estéticas trascendentales (David Lynch) o no, y por qué; que fuerzas lo sumieron y lo sometieron a hacerlo, que liberación y revelación, lo forman, y que lo llenó más y lo vació más, en sus mundos, en este libro tratado teatral, y para qué; qué lector-golem busca o intenta crear desde esta “inmensidad del caos”, como lo dice o lo hace decirse?

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Se debería regresar, aunque sea por un sendero artificioso, a la voz fosilizada del silencio, a la prehistoria de los sentidos, para detectar la grieta, la fractura entre el inconsciente y la razón y, develar el abismo profundo que nos separa de esa otra realidad distante: oscuridad luminosa, donde yace la excitación del alma, materia consciente de misterio que no se debería develar ni resolver se perdería el encanto, pero sí habitar su ocultación. Ella, la hermafrodita, convive obsesivamente fuera de la lógica racional, en un azar similar al sonido efervescente de las partículas que conformamos con el todo.

Tengo la mácula del instinto originario, semilla impoluta de gérmenes patógenos, que orbita la membrana tentacular del inconsciente, ausencia de conciencia de los sentidos que responden a impulsos invisibles. No hubo un método predeterminado, ni rigurosidad literaria en La hermafrodita y el alud, sino un impulso obsesivo, una visión sintiente hacia la vida después de la muerte, más próxima a las creencias panteístas, agnósticas, ateas y paganas, que rechazan la vida después de la muerte, similar a la cosmovisión indígena: La transformación -ciclo- de la tierra y al origen, desmitificando los paraísos artificiales de las ciencias teológicas extraterrestres, como cielos con ángeles, dioses misericordiosos y esperanzas apolíneas de lo eterno.

Soy ajeno a la superchería, a leyendas como la del “Golem”, Adán, Aruru (Sumeria), Pandora (Grecia) y otras cosmogonías míticas que parten de la arcilla. Por el contrario, La hermafrodita, un ser animado, regresa a La Tierra, a su origen y esencia, es decir, una “leyenda” que no se crea del barro, sino que regresa a él, a “la inmensidad del caos”.
Difícil decir que en la poesía se utilicen métodos de elaboración, aunque los hay, en cuanto a un ordenamiento de emociones, pero en mi caso puedo decir que todo parte de la entropía del caos que dicta un orden determinado y fortuito:

Nunca imaginé que un estallido de un poema de media cuartilla se convertiría en un libro de prosa poética, sin ninguna premeditación. Las imágenes se van decantando por el peso de su gravedad. Los impulsos no responden a un método, son emanaciones vibracionales de la conciencia emocional, partículas excitadas que orbitan la membrana y penetran los campos escénicos del inconsciente. Asimismo, teatro y poesía van de la mano cuando el actor incurre en el texto dramaturgia con un drama, como médium o inspiración; ahí la poesía pasa a ser un pretexto, en la utilería artificiosa del teatro. La poesía y el teatro hacen una sinergia de convivencia simbiótica y espontánea; dos naturalezas que concilian una significación de sentido sin haber pensado en su convivencia.

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El drama se crea con las tensiones entre actores-identidades y cosas; en el caso de La hermafrodita, ella encarnó la humanidad binaria, el ser, un ángel andrógino que se miraba en el espejo de las piedras, en el tocador de las fantasías, como única materia pensante en el único lecho humano y habitable del universo, la Tierra. Mirada transferible a los mismos actores, que serían el público, los lectores del libro.

Cosmos y tierra fue el escenario vital e idóneo para el dramatismo de la muerte sepultada en vida: Los elementos, partículas animadas en el campo vibracional, la unión de todo en el espacio cuántico, inescindible a pesar de las distancias imposibles en la escala cósmica, un universo deslumbrante e inhumano que se expande y desaparece. Buscamos la vida en el más allá, cuando todo está en el más acá, punto azul de inconmensurable belleza, velada por el poder y la codicia, genética hereditaria de nuestros antepasados homínidos, que al bajar del árbol a la estepa inhóspita, huyeron de su pensamiento adquirido, delirantes, caminaron con una brújula artificiosa sin agujas, en el “Tiempo de la otra luz”, pero con un sentir magistral, “el instinto”, único fósil existente, silencio ancestral que dicta la canción improvisada, teatro providencial de pausas y milenios, pero sin una dirección, estética trascendental del caminar en el avanzar sin rumbo.
Somos fotógrafos de lo incomprensible, un universo muerto y dormido que no se ve a sí mismo, ni reconoce la inhumana inmensidad del caos.

¿Cuántas veces, en miles de millones de años, pensamiento y conciencia han surgido nuevamente del pensamiento y conciencia de la obscuridad, dando paso a su próxima renovación lumínica, a la prisión encantada de un paraíso sin retorno, universo, vacío invivible, absurdo, inhumano e inalcanzable. Como seres temporales y transitorios, con un final sublime, tedioso y letal, y un amor incomprensible, vivimos humanamente la barbarie, en un universo vasto e inhumano.
La codicia, la conquista del cosmos, el afán, la ambición y, por una premura obsesiva, huimos hacia la fatalidad, de lo único cercano que tenemos: La tierra, magnánima, deslumbrante y humana.

El título del libro La hermafrodita y el alud es alusivo a la humanidad y su colapso cíclico: extinción inminente de la civilización, no por un fenómeno geológico, sino por el homicidio de todas las especies. Habrá quizás, después del colapso, otro ser mutante que provenga, en este caso, no del agua como los mamíferos, sino de la luz como los “dioses”.

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