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Arley Botero: “De la anatomía de las obsesiones delirantes que hacen delirar”

(…) Sobre los espejos arden otras coronas de cardos y en los labios titubea el calor de otra sangre. Jorge Cáceres. “El hombre en la ventana”

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Arley Botero: “De la anatomía de las obsesiones delirantes que hacen delirar”

Por: Óscar Jairo González Hernández

En este nuevo libro de Arley Botero, lo nuevo es aquello que se mantiene en él, en lo inestable y lo estable como unas relaciones que se transforman en las obsesiones, los fantasmas que como realidad se mueven aquí. En medio de un lugar, porque las palabras desean y buscan tener un lugar donde ser y existir, para ser dichas y para decirse. Construir el espacio es lo nuevo en este libro. Instaladas las obsesiones delirantes, los fantasmas melancólicos, que se encuentran en ese sitio donde cesa la agonía y la desesperanza de existir y existirse en medio de todo lo otro, que las derriba y las destruye, sin medida, sin miedo, con odio y frenética fuerza, hasta que ella misma se hace animal para poder existir en un lugar o en unos puntos que la preservan de ser destruida o asimilada, que es lo mismo.

Contra la palabra asimilable, la palabra del animal que se oculta en el lugar que ha construido, donde ella es lo que es y nada más. Y la palabra para ser necesita de un lugar y también, entonces, necesita de unos instrumentos, de unos medios para hacerse observar (observar es leer), para ser mirada mercurial: el caleidoscopio y la ventana. Que alcanzan a poseer, en este libro, la dimensión de lo que observa por o desde la ventana (el ojo es una ventana). Es más o menos de la misma obsesión-realidad que en un Kafka, que siempre hace mención de la ventana; ventana que hace evidente un lugar, desde el cual se observa el mundo, y a sí mismo como mundo. Ventana como palabra que se desnuda para hacer ver, o que se sienta intención y deseo de verlo, y como un caleidoscopio que cambia constantemente de forma al moverlo. Tensión del movimiento, porque en cada movimiento, cambia la realidad (la tierra).

Y ese lugar (o no lugar, como lo dice Marc Augé), donde ocurre este libro teatral, es un templo (la catedral), o la fábrica (“Resuello de las máquinas/en medio de mi orfandad/mi ser atribulado/bajo el rayo tímido lunar/apenas vislumbrado/tras el cristal de la ventana.”), o la casa (el barrio), que están ahí, en medio de la existencia de la palabra. Ya no es el poeta, quién dice la palabra, sino el lugar, el que las dice por sí o en sí mismo. Y observa (de la contemplación fascinada y llena de misterio, que puede ser la palabra como “Salmo”, porque Dios no puede hacer nada ante la destrucción de los hombres) los vitrales extasiado, en donde esté siendo, existiendo la palabra.

No hay lugar que no se llene con la palabra, que no lo inunde todo, que lo, inclusive, destruya. El éxtasis destruye al poeta para revelar la palabra o rebelarse contra las palabras, para tener el trabajo de llevarla a otro lugar donde ella es, o podría ser, como un místico revolucionario, en sus inquietantes delirios de cambiar la vida (Rimbaud), transformar la realidad (Marx), percibe la materia de esas visiones que lo poseen, y qué intenta transmitir a los otros, pero siendo consciente (en lo inconsciente) que esos otros, deben estar en el lugar donde la palabra sea inseminada y diseminada al cuerpo de todos ellos, en la inmersión inexorable de cada uno ellos, como un destino de una comunidad por venir, al nuevo templo, a la nueva catedral, a la nueva fábrica, al nuevo mundo de los “trabajos y los días”, sin que ello sea, una condena, una condenación inexorable.

Observan, en el “Caleidoscopio y la ventana”, desde el libro: el Cíclope (lo simbólico) y el Hombre Rata (lo animal). El cíclope: “(…) esta luna loca, que me persigue/como el ojo de un cíclope/místico y borracho (…), o: ‘Vivir, hendir la carne al alba,/fundir sueño y vigilia/en el crisol de un solo ojo.”; con un solo ojo, que lo ve y lo puede abarcar y cubrir, velar y develar todo, que no necesita más, y que no se lamenta, y busca consuelo de nadie, por no tener sino un solo ojo, como diría Sti Dagerman: “Pero de nada vale al ser humano un consuelo brillante, necesita un consuelo que ilumine”. (Nuestra necesidad de consuelo es insaciable).

Arley Botero: “De la anatomía de las obsesiones delirantes que hacen delirar”

Ver las palabras, con un solo ojo, como quien ve los vitrales, porque los vitrales son las palabras escritas en el vidrio, en el cristal del melancólico (de la ebriedad, de la embriaguez) que camina en la catedral, en la casa, en la fábrica llevando en las manos el libro que lo lee y que hará leer, en las palabras que son la catedral, la fábrica, la casa (desde la ventana), como un “misterio de las catedrales”. Y el hombre rata, que a su vez es mirado con odio, con miedo, con deseo de exterminarlo; pero que como está en el lugar de la palabra, la palabra que le da el lugar en la tierra (mundo), entonces se queda allí, en su lugar, con su palabra, observando, con la mirada calcinada dominada e intervenida por la esperanza que sabe esperar, moviéndose, porque: El hombre rata camina dejando preguntas sin respuesta. Su cola es un pincel que pinta portales que sustituye por cánticos de catedrales.

De lo que hace delirar (La poesía faro en medio de mí/delirio/los versos haces luminosos/de mis aciagos días/mi silencio una vocación sin escafandra), como un método de exorcismo o de catarsis; un método de la observación crítica, que provoca las crisis, en la medida en que la crítica de la realidad es la que causa o es una de las causas de la crisis, crisis como elementos de incitación a lo nuevo, a la transformación, y la palabra del poeta estará en ese movimiento que evidencia, ante sí mismo para hacerse antropófago de sí mismo y de las palabras. Devorarse a sí mismo, comer de su carne, porque la carne son las palabras. Porque como decía el poeta Oswald de Andrade: “Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente.” (Manifiesto antropófago).

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