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Este fue el discurso de posesión de Abelardo De La Espriella

El abogado Abelardo De La Espriella asumió la Presidencia de Colombia con un discurso de tono firme y altamente ideológico, en el que anunció un giro radical en la conducción del país, centrado en la seguridad, el restablecimiento de la autoridad y una “regeneración nacional”. Desde Cali, el nuevo mandatario marcó distancia con políticas anteriores como la “paz total” y convocó a los colombianos a una etapa de orden, legalidad y fortalecimiento institucional.

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Este fue el discurso de posesión de Abelardo De La Espriella

DISCURSO DE POSESIÓN

Abelardo De La Espriella

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA

Me es imprescindible iniciar estas palabras elevando, desde esta tribuna de la República, un sentimiento de profunda gratitud a Nuestro Señor Jesucristo por bendecir a Colombia y por no haber apartado jamás Su mirada providente de esta tierra bendita. Gracias, Señor, por mantener Tus ojos misericordiosos sobre nuestras montañas, valles, selvas, ríos y mares, por acompañar a este pueblo valiente incluso en las horas más oscuras de su existencia, por sostener a nuestra nación a lo largo de una historia republicana marcada por guerras, violencia, divisiones y tragedias.

He venido a cerrar un largo capítulo de resignación nacional y a emprender, junto al pueblo, la transformación más profunda de nuestro destino. Tiene un inmenso significado que esta posesión presidencial se celebre en el «Cantón militar Pichincha», este lugar honra a quienes conquistaron la libertad y simboliza la presencia de una Fuerza Pública llamada a custodiarla.

Hoy ocuparé la silla que perteneció a Joaquín de Cayzedo y Cuero, prócer y mártir de nuestra independencia, cuya vida quedó para siempre unida a la causa de la libertad. El nombre de Pichincha y la memoria de Cayzedo y Cuero nos recuerdan que la independencia de una nación no se conserva en los libros de historia, debe afirmarse y defenderse cada día, mediante el valor, la disciplina, la unidad y el respeto por la ley.

Desde Cali, ciudad tan íntimamente vinculada a la vida nacional, y capital de un departamento que ha padecido el azote del terrorismo, del narcotráfico y del accionar de los violentos, envío un mensaje firme al pueblo: ha comenzado el tiempo de la recuperación del orden, la autoridad y la libertad.

Seré el Presidente de todos los colombianos: de quienes me honraron con su voto y de quienes, en ejercicio de su libertad, depositaron su confianza en otras opciones políticas. Ejerceré esta responsabilidad al servicio de todos, con convicciones claras y un programa sólido, porque una administración sin principios está inexorablemente condenada al fracaso. Quienes no creyeron en mi propuesta encontrarán en los hechos la demostración de que este proyecto sirve al bien común y al progreso de toda la Nación. En el gobierno que hoy comienza no hay espacio para la intransigencia. Todo lo contrario: llego con el ánimo de convocar a todos mis compatriotas.

No ignoro la magnitud de la tarea que hoy asumo, y del inmenso peso de la responsabilidad que se deposita sobre mis hombros. Ejercer la Presidencia de esta Patria, que amo entrañablemente, constituye, sin duda, la mayor distinción que Dios, el pueblo y la vida han podido concederme.

El primer campo de batalla de un gobernante es su propio corazón. Si se conserva la paz interior, se puede sembrar paz. Si se permanece en la verdad, se puede gobernar con justicia y el que está de rodillas delante de Dios, jamás será vencido porque el Creador batallará por él.

Nunca he sido hombre de promesas fáciles, he procurado, por el contrario, que sean los hechos los que hablen por mí. Así será a partir de ahora.

El pasado 21 de junio no ganó un hombre, ni un partido. Ganó la democracia colombiana. Ganó el derecho de millones de ciudadanos de decidir libremente el destino de la Nación. Ganó la posibilidad de que Colombia transite por el camino de la libertad, de las instituciones y del Estado de Derecho, lejos del abismo de los modelos totalitarios bolivarianos que tanto sufrimiento han causado en nuestra región.

La «extrema coherencia» que proclamé durante la campaña comienza por respetar la democracia en toda circunstancia. Cuando el resultado nos favorece y cuando las urnas expresan una voluntad distinta a la nuestra. Las elecciones que me otorgaron este mandato se desarrollaron bajo las mismas reglas, con las mismas instituciones y con las mismas garantías que permitieron la elección de la administración que hoy ha culminado. Poner en duda su legitimidad es desconocer la voluntad soberana del pueblo.

Le digo a toda la ciudadanía: en el Gobierno del Tigre, se harán respetar las reglas de la democracia, no habrá espacio para maniobras que atenten contra la estabilidad nacional, ni contra el legítimo ejercicio del mandato que hoy comienza.

Mirar hacia adelante no significa desconocer la verdad ni eludir las responsabilidades que correspondan. Durante los últimos meses realizamos un proceso serio y transparente para identificar los principales focos de corrupción. Quiero expresar mi reconocimiento al señor Vicepresidente de la República, doctor José Manuel Restrepo, quien dirigió esa labor con inteligencia, rigor, patriotismo y un inquebrantable compromiso con la verdad.

Desde que Rafael Núñez asumió la Presidencia, hace cerca de siglo y medio, ningún hijo del Caribe colombiano había vuelto a ocupar el Solio de Bolívar. Hoy, esa larga espera ha concluido: desde esa misma tierra llega un colombiano decidido a emprender una nueva etapa de regeneración nacional. Una expresión de Núñez quedó inscrita para siempre en nuestra historia: «Regeneración o catástrofe».

Colombia reclama una regeneración moral en el ejercicio del poder. Una regeneración institucional que devuelva fortaleza y autoridad al Estado. Una regeneración administrativa que haga de la eficiencia y de la transparencia reglas inquebrantables del servicio público. Una regeneración económica que fortalezca la iniciativa privada, la inversión, la confianza y el empleo digno.

Hoy queda abolida la nefasta política de «paz total», que en la práctica fue de «narcoterrorismo total». A partir de este momento, el Estado colombiano recupera plenamente su autoridad en todo el territorio nacional.

A las estructuras criminales les digo con absoluta claridad: tienen dos caminos, someterse al imperio de la ley o enfrentar toda la fuerza del Estado. No habrá tregua frente al delito, ni concesiones frente a la violencia.

La coca no se combate con estadísticas maquilladas ni con discursos complacientes, sino arrancándola de la tierra. La erradicación será una política firme, acompañada de oportunidades reales para nuestros campesinos.

Durante mi Gobierno no se abrirá camino a constituyentes de ninguna naturaleza. Colombia necesita estabilidad institucional, respeto por la Constitución y seguridad jurídica.

Convoco a todos los colombianos a asumir un papel activo en la defensa de los recursos públicos, en la vigilancia del poder y en la construcción de una Nación basada en la legalidad, el orden y la libertad.

Que Dios bendiga a Colombia.

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