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(OPINIÓN) Querido colombiano: este domingo, por favor, piensa. Por: Andrés Gaviria Cano

Te voy a ser completamente franco, como siempre intento serlo en este espacio. Me desespera, con una desesperación profunda y honesta, no performativa, la forma en que una gran parte de este país toma la decisión de votar.

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(OPINIÓN) Querido colombiano: este domingo, por favor, piensa. Por: Andrés Gaviria Cano

No todos, claro. Hay colombianos que se informan, que comparan propuestas, que hacen el ejercicio serio de preguntarse qué necesita el país y quién tiene más posibilidades reales de dárselo. Pero son minoría. La mayoría, y lo digo con todo el respeto que me permite la franqueza, vota con el estómago.

Vota por quien le cae bien. Por quien le genera una emoción reconfortante. Por quien le da la sensación de que "es de los míos". Por quien le habla de lo que quiere escuchar, sin importar si lo que dice tiene alguna conexión con la realidad. Y eso, en un país con los problemas que tiene Colombia, con la deuda que tiene, con la pobreza que tiene, con la violencia que tiene, con la institucionalidad fragilizada que tiene, no es solo un error individual. Es un lujo que estamos pagando colectivamente, año tras año, elección tras elección.

Lo he dicho antes, cuando le pedí a los colombianos que pensaran en las elecciones al Congreso. Y lo repito ahora porque la presidencia importa mucho más: el voto no es un grito emocional. Es una decisión de administración. Es elegir a alguien para que maneje la cosa más complicada y más importante que tenemos en común: el Estado. Y así como no le confiarías el manejo de tus finanzas a alguien que no conoces, que no te ha explicado qué hará con tu dinero y cuyo pasado te genera dudas razonables, tampoco deberías darle tu voto a un candidato que no supera ese mismo escrutinio básico.
En ese orden de ideas, voy a hacer algo que sé que a muchos no les va a gustar: decirte directamente por quién creo que no deberías votar este domingo.

No debería llegar a segunda vuelta Iván Cepeda. Y quiero ser muy preciso sobre por qué, porque no es una posición visceral ni de bando. No me interesa el encasillamiento de izquierda y derecha; ese juego de trincheras empobrece el debate y nos ha costado mucho a los colombianos. Mi objeción a Cepeda es más simple y más seria que una diferencia ideológica.
Cepeda no le ha hablado claro al país. En toda esta campaña, no ha producido una sola tesis articulada sobre cómo va a gobernar Colombia en las condiciones reales en que la va a recibir: endeudada, con un déficit estructural, con grupos armados que no depusieron las armas, con un sistema de salud en transición forzosa y con una confianza institucional por el piso. Sus propuestas suenan bien en abstracto: más justicia social, más inversión, más paz, pero cuando uno busca el cómo, cuándo y con qué recursos, no encuentra respuestas. Encuentra más retórica.

Y hay algo más, que también merece decirse sin rodeos: su trayectoria genera preguntas que él nunca ha respondido satisfactoriamente. Sus cercanías históricas con actores del conflicto armado, la naturaleza de algunas de sus relaciones políticas, la opacidad con que ha manejado ciertas etapas de su vida pública. Un candidato a la presidencia de Colombia tiene que ser capaz de mirarle a los ojos a sus electores y responder esas preguntas. Cepeda no lo ha hecho.

Quienes van a votarle, en su mayoría, no lo harán porque hayan analizado su programa. Lo harán porque son petristas que no encuentran otra opción, o porque sienten que él encarna su rabia y su resentimiento contra un establecimiento que efectivamente les ha fallado. Entiendo esa rabia. Pero la rabia sin dirección no construye países. Al contrario: los deja vulnerables a quien sepa canalizarla para sus propios fines.

Este domingo Colombia necesita una segunda vuelta donde compitan dos opciones que le hablen al país de frente: que le expliquen qué van a hacer con la deuda, cómo van a recuperar el crecimiento económico, cómo van a devolverle a la Justicia su independencia y al Estado su presencia en los territorios donde hoy manda quien no debería mandar. Eso implica que Iván Cepeda no esté en esa segunda vuelta.

Sé que esto es una columna de opinión y que nadie está obligado a coincidir conmigo. Eso es precisamente lo que me gusta de este oficio: la posibilidad de decir lo que pienso y dejar que el lector lo evalúe con su propio criterio. Pero lo que sí te pido, con toda la seriedad del mundo, es que este domingo, cuando entres a esa cabina, te hagas al menos tres preguntas antes de marcar tu voto: ¿Sé qué propone este candidato en concreto? ¿Sé cómo piensa financiar lo que promete? ¿Me genera confianza su trayectoria?

Si las respuestas son sí, vota tranquilo. Si no puedes responderlas, dedica las próximas 48 horas a buscarlas. Te lo mereces. Y Colombia también.

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