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(OPINIÓN) El presidente tiene gripa (II) Por: Jaime Honorio González

Empezaré al revés. Les contaré el final de la historia: no hubo entrevista con el presidente. No se pudo.

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(OPINIÓN) El presidente tiene gripa (II) Por:  Jaime Honorio González

Lo que por agua vino, por agua se fue. De un momento a otro, me ofrecieron una posibilidad periodística bastante interesante y, de un momento a otro, se esfumó. No es culpa de nadie. Es que a veces se puede y a veces no.

Eso sí, yo estuve listo. Me puse blazer, preparé mi cuestionario, llevé la corbata en el bolsillo (por si las moscas) y repasé algunas escenas del encuentro entre el presidente de la República y el famoso youtuber antioqueño Westcol (un poco, para irme acostumbrando a la idea de no hacer contrapreguntas, ni cuestionamientos incómodos, ni usar citas, ni esgrimir cifras, ni cosas así), transmitido por redes sociales, una tranquila y divertida conversación que terminó mostrando la tremenda simpatía que despiertan ambos personajes, la banalidad propia de la juventud y la impresionante capacidad presidencial de explicar lo inexplicable. Para llegarles a los jóvenes, supongo que fue la justificación. En fin. Sin tanto andamiaje de producción ni show televisivo, yo estaba listo.

Entrevista es entrevista, pensé.

En esas estaba cuando de repente llegaron los eficientes meseros de Palacio, impecablemente vestidos de azul, con dos bandejas repletas de una combinación tan tradicional como deliciosa, que inexplicablemente jamás se había puesto en práctica en la Casa de Nariño, al menos no para los visitantes ocasionales: ofrecer tinto con chocorramito. Qué maravillosa idea.

“Es que al presidente le encanta el chocorramo”, me dijo alguien por ahí.

Bueno, pues me alegró la mañana. Cogí dos y me los despaché enseguida, sin miramientos, antes de que la culpa me ganara por cuenta de las restricciones médicas sobre el dulce. ¿Quién, en su sano juicio, le dice no a semejante manjar?

Satisfecho por completo y apoltronado en una de las sillas estilo Emperatriz del siglo XIX, restauradas en 2013 y en las que nadie se puede sentar (bueno, casi nadie), sentí un latigazo al palpar el bolsillo derecho de mi chaqueta y notar que se sentía vacío. Ahí debía estar el regalo que le llevaba al presidente. Me enderecé en el acto y ya iba a reaccionar cuando recordé que tuve que entregarlo a Casa Militar para que surtiera el debido protocolo: supe entonces que no se pueden entregar presentes de forma directa al presidente sin que antes hayan sido revisados, listados, etiquetados y vueltos a revisar. Y eso que el mío era apenas un delgado libro que en esos instantes estaba cursando el obligado trámite.

En estos días de tantos odios, me pareció oportuno regalarle al presidente una novela de amor. Hace poco lo vi en una conversación de sofá decir que él siempre estaba enamorado, y de cuando en vez hace referencias a ese noble sentimiento, al erotismo, a los misterios de las artes amatorias, a los triunfos y fracasos del corazón, en fin, casi todos los elementos que contienen las 162 páginas del libro en mención.

Al rato apareció el estafeta y me devolvió el regalo, abierto aunque intacto. Yo lo puse al lado del imponente jarrón de plata que está sobre la mesa grande (de estilo Napoleón III), ubicada en el centro del hall de Gobelinos, en la Casa de Nariño. Pero, como finalmente no hubo entrevista y tampoco pude saludar al primer mandatario, pues tomé mi libro de la mesa y me lo traje de vuelta. Ya habrá ocasión.

Además, le quedan apenas 74 días en esa casa y después tendrá que irse y se aburrirá enormemente, mientras padece en soledad el inevitable síndrome del expresidente, esa tremenda dificultad que enfrentan los exmandatarios para adaptarse a la vida común y corriente, junto con esa repentina pérdida de atención, de poder, de toma de decisiones, de vedetismo, de influencia, de todo. Excepto del tinto con chocorramito, creería yo.

Cuando sus trinos ya no tengan la repercusión actual, ahí tendrá tiempo para leer, incluso novelas de amor. Por supuesto, si no le vuelve a dar gripa.

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