(OPINIÓN) Pronto nos cobrarán por respirar. Por: Carlos Andrés Echavarría
Las guerras y las invasiones existen desde que el hombre es hombre. Muy pronto se dieron cuenta de que, en lugar de masacrar a una población y poner en riesgo la vida en el campo de batalla, lo mejor era disuadir al enemigo mostrando un poderío inalcanzable. Así, antes de comenzar las hostilidades, era preferible pactar la entrega de una parte de la riqueza generada en la región como un tributo a cambio de evitar la confrontación.
Con el tiempo, los tributos iniciales dejaron de ser suficientes. Los conquistadores, reyes y monarcas de los asentamientos primitivos, en lugar de esperar la bondad de sus sometidos, comenzaron a imponer a sus vasallos una obligación constante y recurrente, bajo la amenaza del castigo si no cumplían las cuotas exigidas.
De ahí proviene la palabra impuesto, del latín impositus, que significa “poner encima”, “imponer” o “cargar sobre alguien”, lo que demuestra que jamás ha sido una acción voluntaria. Etimológicamente hablando, un impuesto es literalmente algo que se coloca a la fuerza sobre las espaldas de otro.
Allí comenzó el tira y afloja histórico entre los mandatarios y los contribuyentes. Cuando el Imperio Romano entró en crisis en el siglo III debido a una burocracia desbordada y un aparato militar insostenible, los emperadores aumentaron drásticamente las cargas fiscales mientras devaluaban la moneda. ¿El resultado? Muchos ciudadanos en los límites del territorio prefirieron aliarse con los bárbaros —quienes exigían menos tributos a cambio de defensa—, mientras los campesinos huían hacia los dominios de terratenientes locales que ofrecían protección a cambio de una porción de las cosechas, dando nacimiento al sistema feudal.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeLas sociedades antiguas y medievales llevan grabado en su psique el concepto del diezmo. Las tradiciones culturales y religiosas fijaron colectivamente el 10% como el límite de lo aceptable; más allá de esa línea, las familias comenzaban a pasar penurias y las revueltas encontraban su caldo de cultivo. Las coronas e imperios tenían claro ese umbral: población sumisa con tributos por debajo del 10%, o la constante amenaza de ver rodar cabezas a causa de una revolución si se atrevían a cruzar ese umbral.
El nacimiento de los Estados Unidos se debió a un incremento desmedido de los impuestos ordenado desde Londres tras la Guerra de los Siete Años. La Revolución Francesa estalló por los gravámenes asfixiantes con los que la Corona intentó pagar la deuda adquirida al financiar el bando independentista americano unos años antes. Más recientemente, la caída del imperio ruso se precipitó porque los impuestos destinados a sostener el frente de la Primera Guerra Mundial fracturaron la paciencia popular, abriendo la puerta a radicales que prometían sacar al país de la contienda. Los altos impuestos siempre han sido el preludio del fin de las grandes potencias.
Antes de que un imperio colapse, su economía se estanca porque los gobernantes se aferran a sostener estructuras burocráticas ajenas a la realidad. Como señaló Arthur Laffer en el siglo XX, un impuesto excesivo destruye los incentivos para producir, dispara la economía sumergida, fomenta el contrabando y hunde la recaudación real, empobreciendo al Estado y a la sociedad hasta provocar el estallido social.
Hoy, Colombia se encuentra atrapada en una espiral impositiva insostenible que desafía toda lógica histórica. Si en el pasado superar el 10% encendía la chispa de la rebelión popular, el letargo del siglo XXI ha normalizado que la voracidad estatal supere holgadamente el 40% de los ingresos.
Informes de entidades como Fedesarrollo han desglosado el porcentaje real que tributan los colombianos a través de una pinza combinada entre impuestos directos e indirectos, los principales son:
1. El impuesto a la renta.
2. Las cotizaciones obligatorias a los sistemas de salud y pensión.
3. Los impuestos indirectos al consumo como el IVA.
4. Los tributos locales como el predial y el impuesto vehicular.
5. El impuesto a las transacciones financieras como el 4 por mil.
Con solo estos cinco frentes, la proporción del ingreso que se le transfiere de forma forzosa al Estado —golpeando con especial crudeza a la clase media— se ubica entre el 35% y el 40% del ingreso bruto.
En términos prácticos, significa que un ciudadano común tiene que trabajar ininterrumpidamente entre el 1 de enero y el 30 de abril entregando absolutamente todo lo que produce al aparato estatal. Un trato peor que el de la esclavitud, pues al menos a los esclavos se les garantizaba techo y alimento.
Milton Friedman advertía que los gobernantes conocen a la perfección el costo político de subir los impuestos de golpe, por lo que suelen recurrir a una estrategia de beneficios inmediatos para su popularidad que termina dinamitando las finanzas públicas a largo plazo:
“Gastar hoy pidiendo prestado significa simplemente que el gobierno está cobrando impuestos por adelantado, pasándole la factura al futuro”.
La deuda de hoy son los impuestos de mañana con intereses, los cuales se cobrarán mediante retenciones directas o a través de la inflación. Y la inflación es el impuesto más cruel de todos: no requiere legislación y destruye silenciosamente el poder adquisitivo de quienes dependen de ingresos fijos.
Mientras tanto, las nuevas reformas tributarias se disfrazan bajo la promesa de reducir el tamaño del Estado. Sin embargo, al revisar la letra pequeña se descubre la trampa: por cada peso que supuestamente se recorta en funcionamiento, se multiplican las cargas para los ciudadanos mediante la creación de nuevos tributos o el incremento de los existentes. Y para justificar su voracidad recaudadora y seguir gastando a sus anchas, los mandatarios de turno siempre recurren al comodín favorito de la clase política: culpar del desangre financiero al endeudamiento que dejó el gobierno anterior.
Como resume a la perfección Axel Kaiser:
“El fraude del siglo: pagamos impuestos por lo que ganamos, pagamos impuestos por lo que gastamos, y pagamos impuestos por lo que tenemos y compramos con la plata que ya pagó impuestos”.
Refresquemos la política desde Antioquia para Colombia.
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