(OPINIÓN) ¿Tu hijo accede por aceptación? Por: María Fernanda Valdivieso C
La presión de grupo también se sienta a la mesa. Aparece cuando un hijo pide permiso para cortarse el pelo como sus amigos, cuando quiere los mismos tenis que tiene el grupo o cuando cambia de opinión sobre un plan porque acaba de enterarse de que todos van a ir.
También está en ese comentario que le hacen sobre su ropa y que termina haciendo que deje de usar algo que le gustaba. O cuando se ríe de una burla que no le causa gracia, simplemente para no ser el único que se queda serio.
Son situaciones que parecen pequeñas y que hacen parte de la vida cotidiana de nuestros adolescentes. He aprendido que detrás de muchas de ellas hay algo que merece toda la atención: el deseo de pertenecer. A esa edad, sentirse aceptado por los amigos puede tener un peso enorme. La opinión del grupo empieza a influir en su manera de vestir, hablar, elegir y hasta de comportarse. No siempre se trata de hacer algo peligroso. A veces, basta con sentir que ser diferente puede dejarlos por fuera.
Por eso me preocupa cuando reducimos la presión de grupo a las fiestas, el alcohol, las drogas o las malas compañías. Esos escenarios existen y tenemos que hablar de ellos, pero la capacidad de nuestros hijos para enfrentar esas situaciones se empieza a formar mucho antes. Se construye en las decisiones cotidianas, cuando aprenden a reconocer lo que quieren, a expresar sus desacuerdos y a no cambiar de opinión únicamente para conseguir aprobación.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeDecirles «no te dejes llevar por tus amigos» es fácil. Lo difícil es enseñarles cómo hacerlo cuando están frente a sus compañeros, cuando temen que se burlen de ellos o cuando sienten que negarse significa quedarse solos. Ningún adolescente adquiere criterio propio por escuchar una advertencia repetida en casa. Necesita aprender a pensar, poner límites y asumir las consecuencias de sus decisiones.
Eso significa prestar atención a lo que parece insignificante. Si uno de mis hijos cuenta que todos se burlaron de un compañero, no quiero quedarme únicamente en decirle que eso está mal. Me interesa saber qué hizo él, si participó, si se sintió incómodo, si quiso intervenir y no se atrevió. No busco que tenga siempre la respuesta correcta. Quiero que aprenda a reconocer cuándo sus actos responden a lo que piensa y cuándo está siguiendo al grupo para evitar convertirse en el siguiente motivo de burla.
También tenemos que aprender a escuchar sin minimizar. Para nosotros puede ser una tontería que no lo inviten a un plan, que no tenga la misma ropa que sus amigos o que alguien haga un comentario sobre su apariencia. Para ellos puede representar una herida real. Si cada vez que nos cuentan algo respondemos que están exagerando, que eso no importa o que hay cosas más graves, terminaremos cerrando una puerta que después necesitaremos abierta.
Escuchar no significa concederles todo. Si quieren ir a un lugar que no consideramos adecuado, podemos explicar por qué, mantener el límite y reconocer que les moleste nuestra decisión. No necesitamos descalificar a sus amigos ni convertir cada desacuerdo en una pelea. La frase «todos van» no puede ser suficiente para cambiar una decisión familiar. Nuestros hijos necesitan entender que la aceptación de sus compañeros no puede ser el único criterio para elegir.
Hay algo que también debemos revisar los adultos: el ejemplo que damos. ¿Cómo reaccionamos cuando alguien piensa distinto? ¿Nos burlamos de quien se viste de otra manera? ¿Aceptamos planes que no queremos por miedo a quedar mal? ¿Hablamos de otras personas para conseguir la aprobación de quienes nos rodean? No podemos pedirles a nuestros hijos que tengan una personalidad firme si en casa les mostramos que la opinión ajena siempre tiene la última palabra.
Una herramienta muy concreta es ayudarles a encontrar respuestas sencillas para esos momentos en los que no quieren participar. «No me interesa», «yo paso», «no me parece» o «me voy» son expresiones que pueden practicar sin sentir que necesitan justificar cada decisión. También podemos acordar una llamada o un mensaje para que pidan ayuda si están en un lugar donde se sienten presionados. Que sepan que pueden retirarse y que no serán recibidos con reproches por haber pedido ayuda.
No podemos escoger todas sus amistades, estar presentes en cada salida ni decidir por ellos cuando están lejos de casa. Tampoco podemos garantizar que nunca se equivoquen. Lo que sí podemos hacer es construir una relación en la que no tengan que ocultarnos sus dudas, sus errores o las situaciones que les cuesta manejar.
A mí me gustaría que mis hijos entendieran que no tienen que demostrar nada para merecer un lugar entre sus amigos. Que pueden negarse, cambiar de opinión, defender a alguien o alejarse de un grupo sin sentir que están fallando. Y que, si alguna vez ceden a la presión o toman una decisión equivocada, pueden volver a casa y encontrar a sus papás dispuestos a escucharlos.
No se trata de criar hijos que siempre lleven la contraria o que nunca se dejen influenciar. Se trata de acompañarlos para que puedan reconocer cuándo algo no los representa y tengan la seguridad suficiente para actuar de acuerdo con lo que piensan, incluso cuando sus amigos opinen diferente. La verdadera fortaleza no está en hacer lo que hace todo el mundo, sino en no tener que traicionarse para sentirse parte de un grupo.
Nos leemos pronto.
Noticias relacionadas
(OPINIÓN) Medellín, impagable para sus propios habitantes. Por: César Bedoya
Medellín está llegando peligrosamente al techo de su costo de vida, un límite invisible pero…
(OPINIÓN) Cepeda, el dueño de la pureza, que se sentó con los narcoterroristas. Por: Jorge Enrique Vélez
El martes 27 de octubre se dio un debate tenso en la Plenaria del Senado entre el ministro…
(OPINIÓN) Jaque a la democracia en Brasil. Por: María Fernanda Cabal
La democracia exige garantías para que quienes pierden conserven sus derechos y puedan disputar…