(OPINIÓN) ¿Por qué fracasó la campaña de Paloma? Por: Santiago Vélez
El 8 de marzo Paloma ganó la consulta y parecía imparable. Tenía partido, estructura, discurso y una victoria que la dejaba como la candidata natural de la derecha.
Estaba disparada en las encuestas. Pero dos meses después, su campaña está descuadernada y va en picada ¿Vale la pena entender por qué?
La política contemporánea no es de centro, sino de extremos. Los ganadores de los últimos años (Trump, Milei, Bukele, Petro) buscaron los extremos y trataron de polarizar al máximo. Y no es accidente: Martin Gurri advirtió en The Revolt of the Public que las redes sociales rompieron el monopolio de las instituciones sobre la información y convirtieron al público en una fuerza permanentemente indignada contra el centro. La indignación, el miedo y el entusiasmo se hacen virales. La tibieza, no.
Paloma leyó mal la situación. Después de ganar la consulta, escogió como fórmula a Oviedo con el objetivo de mover la candidatura hacia el centro y capturar al votante de izquierda light alejado del uribismo. La apuesta era comprensible (Oviedo había sacado buena votación y encarnaba justamente a ese electorado), pero giró hacia el centro justo cuando el momento exigía lo contrario.
A eso se suma otro problema: la falta de liderazgo de Paloma. La elección de Oviedo no fue un error, sino un síntoma. Una campaña presidencial es, antes que nada, un ejercicio de mando, y Paloma no lo ha ejercido. La campaña está desordenada; Oviedo habla por su lado, hace campaña con su propia marca, contradice a Paloma de manera permanente y aparece con camisetas que dicen “Oviedo” (no “Paloma”, no “Presidente”, no “Vicepresidente”), proyectando la imagen de alguien que ya está corriendo para la Alcaldía de Bogotá. Cuando una fórmula no rema en la misma dirección, el problema no es del subordinado, sino del jefe.
Y eso conecta con otra realidad que muchos analistas se niegan a reconocer: la gente no tiene tiempo ni paciencia para las contradicciones. La vida es difícil, las cuentas no cuadran, la inseguridad acosa, la incertidumbre y la ansiedad se instalaron como estado permanente. El votante no quiere un programa con 18 ejes y una fórmula que diga una cosa los lunes y otra los jueves. Quiere mensajes claros, soluciones simples y la promesa (así sea falsa) de que alguien les va a resolver la vida el 8 de agosto. No porque sean brutos, sino porque ya tienen suficientes problemas como para descifrar también la ambigüedad de un candidato.
El otro factor es la seguridad. La guerrilla está envalentonada, el narcotráfico desbordado y las bandas criminales cobran extorsión como si fuera un impuesto paralelo. Y la gente no cree que esto se arregle con periodicazos. Cree que se arregla con mano dura y con bombazos. Le puede gustar o no a los analistas, pero esa convicción existe, es masiva y es decisiva.
Ahí aparece Abelardo De la Espriella, quien hizo exactamente lo contrario que Paloma. Después de la consulta, en vez de moverse al centro, se radicalizó. Endureció el discurso, atacó a Paloma, se fue a los extremos y publicó videos conspirativos que conectaron con los miedos e inseguridades del votante de oposición. Lo irónico es que la propia campaña de Paloma ayudó a viralizarlos. Y mantuvo un mensaje claro y coherente (consigo mismo y con su fórmula vicepresidencial). Subió en las encuestas porque entendió que el votante de oposición de 2026 (el MAGA criollo) no busca equilibrio, sino seguridad. Y no solo seguridad física, sino algo más profundo: la sensación de que alguien está al mando y de que esta vez no lo van a traicionar.
El momento exigía radicalidad y Paloma eligió moderación. Exigía mando y Paloma mostró indecisión. Una sola falla pudo haberse compensado. Pero las dos juntas, no.
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