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(OPINIÓN) Qué maravilloso es encontrar mujeres que no necesitan hacernos pequeñas para sentirse grandes. Por: María Fernanda Valdivieso

Hay mujeres que llegan a nuestra vida y nos ayudan a ver posibilidades que no habíamos contemplado. No necesariamente están presentes en el día a día y, a veces, ni siquiera saben cuánto influyeron en nosotras.

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(OPINIÓN) Qué maravilloso es encontrar mujeres que no necesitan hacernos pequeñas para sentirse grandes. Por: María Fernanda Valdivieso

Son esas mujeres que reconocen algo bueno en lo que hacemos, que nos recomiendan para una oportunidad, que comparten nuestro trabajo, que nos animan a dar un paso que nos asusta o que pronuncian nuestro nombre cuando podría abrirse una puerta. Mujeres que, en lugar de preguntarse por qué nos está yendo bien, se alegran de que así sea. A ellas, y a lo que hacen posible, quiero dedicar estas palabras.

Durante mucho tiempo hemos escuchado historias sobre la rivalidad entre mujeres. Que somos competitivas, que nos comparamos, que nos cuesta reconocer la belleza, la inteligencia o el éxito de otra. Y aunque sería ingenuo negar que estas actitudes existen, también sería injusto aceptar que definen nuestros vínculos. Hay otra manera de relacionarnos, mucho más generosa y poderosa: aquella en la que podemos admirar a otra mujer sin sentirnos menos, reconocer su talento sin cuestionar el nuestro y celebrar sus logros sin convertirlos en una lista de todo lo que todavía no hemos conseguido.

Lo extraordinario de esa complicidad es que no necesita grandes discursos para hacerse evidente. Está en la mujer que escucha tu idea y, en lugar de apropiársela o encontrarle defectos para demostrar que sabe más, te ayuda a desarrollarla. En la colega que recomienda tu trabajo aunque ambas se muevan en el mismo sector. En la emprendedora que comparte contigo lo que ha aprendido, incluso después de haber invertido tiempo, dinero y esfuerzo en descubrirlo. Está en quien te dice que tienes talento cuando todavía estás tratando de reunir el valor para mostrarlo, y en quien se alegra genuinamente cuando consigues algo que ella también deseaba.

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Hay una diferencia enorme entre estar rodeadas de personas que nos aplauden y contar con mujeres que realmente quieren vernos crecer. Las segundas no tienen que estar de acuerdo con todo lo que hacemos ni decirnos que somos extraordinarias cada cinco minutos. A veces, precisamente porque nos aprecian, nos hacen una observación que necesitamos escuchar, nos advierten de un error o nos confrontan con una excusa detrás de la cual llevamos demasiado tiempo escondiéndonos. Su apoyo no consiste en evitar que tropecemos, sino en ayudarnos a avanzar con más claridad, incluso cuando eso exige decirnos algo que no queríamos oír.

Pienso en cuántas oportunidades pueden nacer de un gesto que parece pequeño. Una recomendación hecha en una reunión a la que no asistimos. Un contacto compartido sin condiciones. Una publicación que alguien decide difundir porque cree en nuestro trabajo. Una mujer que nos presenta ante otras personas con la seguridad de que tenemos algo valioso que aportar. Esos gestos pueden acercarnos a proyectos, amistades, negocios y escenarios que estaban fuera de nuestro alcance. Y hay algo todavía más importante: pueden ayudarnos a creer que tenemos derecho a ocupar esos espacios.

Porque no siempre somos nosotras mismas quienes reconocemos primero nuestro valor. A veces necesitamos que alguien lo vea desde afuera, no para depender de su aprobación, sino para recordar que nuestras dudas no son necesariamente una medida de nuestras capacidades. Una mujer que nos impulsa puede ayudarnos a dar el primer paso; otra puede enseñarnos a sostenernos cuando llegan las dificultades; y otra, que quizá encontramos cuando ya hemos avanzado, puede ayudarnos a descubrir que todavía tenemos mucho por aprender. Ninguna tiene que hacerlo todo. Cada una, desde el lugar que ocupa, puede aportar algo que cambie nuestro camino.

También hay una tranquilidad inmensa en relacionarnos con mujeres ante las que no necesitamos estar justificando nuestros logros ni disimulando nuestras dificultades. Mujeres con las que podemos hablar de un proyecto que nos entusiasma sin temor a que se convierta en motivo de comparación; admitir que estamos cansadas sin sentir que hemos perdido valor; reconocer que otra es buena en algo sin tener que encontrar inmediatamente una cualidad propia que la supere. Cuando desaparece esa necesidad de medirnos todo el tiempo, queda espacio para algo mucho más útil: aprender unas de otras, compartir experiencias y construir juntas.

Por supuesto, no todas las mujeres tienen que gustarnos, ser nuestras amigas o formar parte de nuestra vida. Compartir el mismo género no garantiza afinidad, generosidad ni respeto. La complicidad sana no se impone como una obligación ni exige lealtades ciegas. Se construye con hechos, con límites, con honestidad y con la capacidad de reconocer que podemos tener intereses distintos sin convertir cada diferencia en una disputa. Se demuestra, sobre todo, en lo que hacemos cuando otra mujer tiene una oportunidad, recibe un reconocimiento o consigue algo que nosotras también deseábamos.

Por eso siento gratitud por las mujeres que han reconocido algo bueno en mí y se han tomado el tiempo de expresarlo; por las que me han recomendado, acompañado, enseñado y animado; por las que me han abierto puertas y por aquellas que me han recordado que debía atreverme a tocarlas. Quizá nunca alcancen a dimensionar lo que significaron sus gestos. Pero cada vez entiendo mejor que el apoyo de otra mujer no es un detalle menor.

Y esa gratitud también trae una responsabilidad. No basta con celebrar que existan mujeres generosas si, cuando tenemos la oportunidad de serlo, preferimos guardar una información, callar un reconocimiento o reservar una recomendación por miedo a que otra avance más que nosotras. También nos corresponde revisar nuestras propias inseguridades, aprender a admirar sin compararnos y reconocer el mérito ajeno sin sentir que debemos defender el nuestro. No siempre podremos ayudar a todas, ni tendremos todas las puertas que alguien necesita. Pero casi siempre podemos hacer algo: compartir lo que sabemos, reconocer un buen trabajo, recomendar a quien lo merece o alegrarnos sin reservas por un logro que no es nuestro.

Qué maravilloso es encontrar mujeres que entienden que el talento de otra no borra el propio, que una oportunidad no tiene por qué convertirse en una competencia y que el éxito de alguien más no es una sentencia sobre lo que nosotras podemos conseguir.

Nos leemos pronto.

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