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(OPINIÓN) Los 40 que se acercan… y la Colombia que también pide un giro. Por: Laura Mejía

Estoy a punto de cumplir mis últimos treinta. En enero llegaré a los 39, y esa frase —“mis últimos treinta”— tiene un peso distinto. Suena a despedida, pero también a antesala. A esa puerta entreabierta de una década que dicen que “mueve todo”, que “sacude”, que “ordena”. Y mientras se acerca el cum

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Redacción IFM
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Los 40 que se acercan… y la Colombia que también pide un giro. Por: Laura Mejía

Estoy a punto de cumplir mis últimos treinta. En enero llegaré a los 39, y esa frase —“mis últimos treinta”— tiene un peso distinto. Suena a despedida, pero también a antesala. A esa puerta entreabierta de una década que dicen que “mueve todo”, que “sacude”, que “ordena”. Y mientras se acerca el cumpleaños que dicen que “cambia la vida”, también llega la pregunta que tanto he escuchado: ¿y la crisis de los cuarenta?

No he llegado, pero la sospecho. La intuyo en esos momentos en los que uno empieza a revisarse con más honestidad. No es una crisis de edad: es una crisis de significado, creo yo. Es preguntarse qué quiero hacer con lo que viene, qué vínculos quiero cuidar, qué batallas ya no quiero pelear, qué versiones de mí ya no quiero seguir sosteniendo. Una especie de inventario emocional muy profundo.

Y pienso en Colombia…

Porque este país también parece estar cerrando sus propios treinta. Transitando entre lo que fue, lo que podría haber sido y lo que aún puede ser. Navegando en un ambiente donde algunos insisten en narrar solo el desastre, mientras otros seguimos buscando señales de posibilidad. Y a veces, como sociedad, también caemos en esa sensación precrisis donde cualquier problema parece el fin, cualquier error se vive como irreversible y cualquier sombra se interpreta como totalidad.

Pero no es así. Ni en la vida, ni en el país.

Cerrar los treinta —y sí, acercarse a los cuarenta— trae una lucidez particular: entender que el pesimismo puede volverse una costumbre, pero la esperanza también. Que mirar lo que duele no significa quedarse a vivir ahí. Que reconocer problemas no es lo mismo que asumir que no tienen solución.

Y aquí quiero ser clara: no se trata de negar la realidad.

No se trata de tapar el sol con discursos bonitos, ni de volvernos miopes frente a lo que está mal, ni de ignorar los desafíos inmensos que tenemos como nación. No. La esperanza no es ingenuidad; es decisión. Es perspectiva. Es insistir en ver el cuadro completo, no solo la parte que asusta.

Así como yo no puedo negar lo que me reta en lo personal, tampoco puedo ignorar lo que le duele a Colombia. Pero sí puedo elegir no narrarme —ni narrar a mi país— desde el agotamiento permanente. Me siento cansada, y sé que ustedes también lo están.

Por eso, puedo elegir una lectura más completa: una que reconoce problemas, pero también reconoce fuerza; una que no romantiza la dificultad, pero tampoco reduce la realidad a ella.

Porque lo que uno aprende al borde de los cuarenta es que la vida no se transforma por negación, sino por conciencia.

Y un país, igual.

Así como yo me preparo para enero, para cerrar mis treinta con gratitud y honestidad, creo que Colombia también tiene la posibilidad de entrar a su “nueva década” política y social con menos miedo y más propósito. Con menos discurso de derrota y más voluntad de construir. Con menos ruido y más visión.

Si la crisis llega —personal o colectiva— no será un final. Será una invitación. Y tanto yo, como este país, todavía tenemos mucho por empezar.

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