(OPINIÓN) La vergonzosa herencia de Gustavo Petro. Por: Juan José Gómez
En la historia reciente de Colombia, varios presidentes han dejado herencias discutibles. Sin embargo, el caso de Gustavo Francisco Petro Urrego, quien entregará el poder el próximo 7 de agosto, destaca por la ausencia de logros dignos de reconocimiento y por el peso de una gestión que muchos consideran la más indigna que el país haya soportado en este siglo.
Petro, el exguerrillero que prometió un “gobierno del cambio”, deja tras de sí una serie de faltas graves que marcaron negativamente la vida nacional. Veamos ahora algunas de muchas otras:
Su posesión presidencial fue recordada más por gestos de confrontación que por propuestas de unidad, dejando una impresión negativa ante jefes de Estado y de Gobierno invitados.
Personalidades de prestigio que aceptaron ministerios pronto renunciaron, incapaces de trabajar con un presidente que imponía su voluntad por encima de la técnica y la razón.
Forzó el retiro de generales distinguidos y debilitó la moral de los soldados, aplicando medidas que redujeron su capacidad de combate y su confianza en la institución.
El manejo irresponsable de los recursos públicos que en su gobierno se vieron incrementados considerablemente, acompañado de reformas fiscales complacientes, dio lugar a derroches y rapiñas que dejaron al Estado endeudado y desfinanciado como nunca antes.
Se rodeó de antiguos compañeros del M-19 y aliados políticos sin preparación ni ética, quienes convirtieron el presupuesto nacional en botín. El resultado: cárcel, escándalos, procesos judiciales y desprestigio internacional.
Nunca se había visto tal rotación de ministros y directores de entidades. La improvisación y los caprichos presidenciales impidieron cualquier continuidad en la gestión pública.
Gobernó más con mensajes improvisados en redes sociales que con actos administrativos. Sus discursos, plagados de exageraciones y errores, restaron dignidad a la investidura presidencial.
Su último acto ha sido un intento de golpe institucional para impedir la posesión del presidente electo. La firmeza de las Fuerzas Armadas y de los organismos de control, lo mismo que de las fuerzas vivas de la Nación, evitó que la democracia colombiana fuera vulnerada.
La herencia de Petro es una advertencia clara: los gobiernos que se aferran a la radicalidad, al extremismo izquierdista y al desprecio por las instituciones terminan debilitando la democracia, la libertad y el orden. Colombia debe recordar esta experiencia para impedir que, en el futuro, se repitan proyectos políticos que, bajo la bandera del “cambio”, buscan en realidad perpetuarse en el poder a costa de la nación.
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