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(OPINIÓN) La unión hace la fuerza. Por: Bernardo Henao Jaramillo

La caída de Naín Andrés Pérez Toncel, alias “Naín” o “Bendito Menor”, representa mucho más que la neutralización de uno de los principales cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. Es la primera demostración contundente de que la renovada cooperación entre Colombia y Estados Unidos comienza a traducirse en resultados operacionales concretos.

REDACCIÓN
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(OPINIÓN) La unión hace la fuerza. Por: Bernardo Henao Jaramillo

Pérez Toncel había convertido la impunidad en espectáculo. Mientras dirigía actividades de narcotráfico, extorsión y control territorial en el Caribe, utilizaba las redes sociales para exhibirse, desafiar al Estado y burlarse públicamente de las instituciones y del gobierno. Su exposición buscaba transmitir un mensaje inequívoco: podía movilizarse por La Guajira y la Sierra Nevada sin que las autoridades fueran capaces de alcanzarlo.

Esa narrativa terminó en el barrio Los Olivos de Riohacha. Un comando especial de la Policía, en coordinación con la Fiscalía General de la Nación, con participación del Ejército y apoyo aéreo, llegó hasta el lugar donde se encontraba el cabecilla. En el operativo murieron también su pareja, Rosa Angélica Tarazona, alias “La Bebecita”, y dos integrantes de su esquema de seguridad. La operación “Centinela de la Patria” contó al parecer con información y capacidades tecnológicas suministradas por Estados Unidos, cuyo apoyo permitió hacer seguimiento e intervenir las comunicaciones utilizadas por la organización criminal. Por ahora, lo responsable, puntual y preciso es hablar de rastreo e interceptación de comunicaciones y no afirmar, sin confirmación oficial, que una agencia estadounidense interceptó directamente un celular específico.

Se indica igualmente que participó un informante que señaló que Naín había bajado de la Alta Guajira y estaba en una vivienda en Riohacha. La reacción del delincuente al falso rumor sobre su muerte permitió confirmar técnicamente dónde se encontraba. Seguro el informante obtendrá la recompensa.

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Esta precisión no disminuye la importancia política del hecho. Por el contrario, revela qué ocurre cuando la inteligencia estadounidense y la capacidad operacional colombiana trabajan bajo un mismo propósito. Washington aporta tecnología, información estratégica y seguimiento de comunicaciones; Colombia aporta el conocimiento del territorio, sus unidades especiales y la decisión soberana de actuar. Este apoyo técnico jamás podrá tenerse como injerencia extranjera.

El resultado contradice la idea de que la cooperación con Estados Unidos constituye una renuncia a la soberanía. Un Estado pierde soberanía cuando grupos armados controlan poblaciones, imponen reglas, extorsionan comerciantes y se pasean delante de las cámaras mientras se burlan de las autoridades. Recuperarla exige inteligencia, coordinación internacional y capacidad legítima de coerción.

La neutralización de “Bendito Menor” se produce, además, durante el primer mes del nuevo gobierno. De La Espriella había incluido al cabecilla entre los objetivos prioritarios de sus primeros noventa días y la Fuerza Pública obtuvo el resultado en menos de treinta. Esto no significa que el problema de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), también conocidas como las Pachenca, esté resuelto, pero sí envía una advertencia: la exposición mediática ya no protege a los jefes criminales y los desafíos públicos al Estado pueden tener consecuencias operacionales. Todos esos criminales saben que se les acabó la fiesta y ahora tendrán que huir a otro país o esconderse sin hacer uso de tecnologías. Volverán a utilizar estafetas.

El momento coincide con la confirmación de la primera visita oficial a Colombia del secretario de Estado Marco Rubio. El jefe de la diplomacia estadounidense llegará la próxima semana dentro de una gira que también comprende Ecuador y Perú. Su encuentro con el presidente De La Espriella abordará cooperación frente al narcotráfico, comercio y asistencia estadounidense después del terremoto. Departamento de Estado de Estados Unidos⁠.

La visita posee un contenido diplomático evidente, pero también un enorme peso político. En menos de un mes, el Gobierno colombiano ha logrado reactivar la interlocución de alto nivel con Washington, restablecer mecanismos efectivos de inteligencia y presentar resultados frente a estructuras que durante años se fortalecieron aprovechando vacíos territoriales y ambigüedades políticas.

Rubio no llegará simplemente a tomarse una fotografía. Su presencia confirma que la administración estadounidense reconoce en el nuevo Gobierno colombiano un aliado estratégico y un interlocutor confiable. La relación bilateral vuelve a organizarse alrededor de intereses comunes: seguridad hemisférica, lucha contra el narcotráfico, estabilidad regional, comercio y respuesta ante emergencias. Positivo papel ha jugado el canciller Omar Bula Escobar.

Ese respaldo contribuye a consolidar tempranamente al gobierno de Abelardo De La Espriella. Un presidente recién posesionado necesita convertir su autoridad electoral en capacidad efectiva de gobierno. La caída de un cabecilla que lo había desafiado públicamente y la llegada del principal responsable de la política exterior estadounidense son dos señales que convergen: Colombia está recuperando iniciativa tanto dentro de sus fronteras como en el escenario internacional.

La cooperación estadounidense, sin embargo, no puede reemplazar la responsabilidad colombiana. El éxito será sostenible únicamente si la presión contra los cabecillas va acompañada de control territorial, investigación financiera, protección de la población y desarticulación de las redes políticas y económicas que sostienen a estas organizaciones. Abatir al jefe es un golpe importante; impedir que otro ocupe su lugar es la verdadera prueba del Estado.

“Bendito Menor” desafió abiertamente a un Gobierno que apenas comenzaba y terminó localizado mediante cooperación de inteligencia y neutralizado por fuerzas colombianas. La próxima semana, Marco Rubio llegará a encontrarse con un presidente que puede mostrar resultados, no solamente promesas.

En política exterior y en seguridad, pocas cosas consolidan tanto a un gobierno como demostrar que sus alianzas funcionan.

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