(OPINIÓN) La Patria Boba. Por: Jaime Honorio González
Ahí los veo hablando de política, arreglando el país, glorificando a su candidato, insultando al que no le gusta, justificando las porquerías de su preferido, magnificando las del rival; ahí los veo sentarse a esperar los resultados, llenos de esperanza por un país mejor, porque les parece que éste es el peor momento de toda la historia republicana de la Nación, creyendo eso porque no les tocó El Bogotazo, ni la llamada época de La Violencia, ni las bombas de Pablo en los centros comerciales, ni el Proceso 8 mil, ni el estallido social, no les tocó nada de eso o como ya pasó, ya no les parece grave.
A ver si se leen un librito de historia. O, al menos, un rápido y mediocre resumen en la IA de su preferencia. Leer libros de historia. ¡Ja! Qué optimista.
Ahí los veo vendiéndonos el cuento (y lo que es peor, los veo comprándolo) de que estamos llenos de buenos resultados, de indicadores increíbles sobre reducción de la violencia, de primero el pueblo mientras hay mucho pueblo al que no le llegan sus medicinas, o al que lo matan en los campos, y aun así nos insisten en que somos potencia mundial de la vida.
No, nada de eso. Ni peor momento ni potencia de la vida. Ni caos ni paraíso. No le crean a ninguno de los dos extremos que venden el mismo humo. No se vayan a comer ninguno de esos cuentos. No crean que el que ustedes elijan será el salvador, porque no hay mesías para esto. Nadie nos salvará de nosotros mismos. No hay apocalipsis, no hay última oportunidad. No hay acabóse. No hay nada de eso. Hay otra elección presidencial. Ya, no es más. Y, en cuatro años, otra habrá.
Entonces, ahí los veo escogiendo entre once candidatos, ahí los veo leyendo encuestas que muestran al unísono a los tres favoritos, justo los que menos experiencia tienen para gobernar, justo cuando lo que necesitamos es un gobernante con experiencia.
Ahí los veo marcando su tarjetón con los ojos cerrados, mientras le piden a su dios que ojalá esta vez el ganador se rodee bien, aunque sus antecesores han mostrado que no son muy buenos para eso. Muchos de esos coequiperos terminaron en la cárcel, o los despidió la opinión pública por ineptos, o fue tan grosera su incapacidad que el jefe los tuvo que remover, el jefe que nunca se equivoca, que no admite errores, que es infalible, el presidente de Colombia, no el actual, todos, absolutamente todos, sin excepción todos, provistos de un aura divina apenas se sientan en eso que llaman el solio de Bolívar, que es una especie de silla misteriosa que los eleva no unos centímetros, unos metros por encima de los mortales, todos, perdidamente elevados en sus nebulosas mientras culpan al resto del mundo de sus fracasos.
Ahí los veo, llenos de odio, con la boca llena de babaza cuando se refieren al que no les gusta, con tres epítetos por delante, repitiendo como loras mojadas argumentos creados por los publicistas de la maldad que se venden a las campañas de sus amores mostrando su peor lado, con una única justificación: la de ganar; con un único objetivo: el de cambiar todo; con una única consecuencia: la de que después de cambiar todo, todo sigue igual. Exactamente igual. Ricos, más ricos. Pobres más pobres. Malos más malos. Bobos más bobos.
Soy de los últimos.
En todo caso, gane quien gane y pierda quien pierda, mañana tendré que pagar la pensión del colegio, hacer algo de mercado, soportar la llamada de los vendedores de celulares y tratar de no sorprenderme porque aquí seguiremos igual que siempre. Me quedó claro con lo del caso del muchachito que cae al agua en la represa de Guatapé, que salió de parche con sus amigos y, después de quién sabe cuántos tragos y muchos odios, terminó ahogado. Por ahí está el aterrador video donde se escucha a una mujer gritar varias veces “ahóguenlo”, y a otro sentenciar “te vas pa´ abajo”.
Ahí les digo que, gane quien gane, seguiremos siendo un país violento que no mide las consecuencias, un país de cobardes envalentonados por el trago y las drogas sociales, un país de malandros que se atacan entre ellos mismos, que se castigan en juicios sumarios de media hora, que se imponen condenas imposibles de pagar, un país de amigos que se van a los golpes sin problema y se matan sin misericordia, una banda de forajidos disfrazada de niños bien. La hijuetantas patria boba por donde se le mire.
A ver si eligen bien. Aunque, la verdad, no creo.

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