Saltar al contenido

(OPINIÓN) La extraña dificultad para decir algo bueno. Por: Maria Fernanda Valdivieso C

IFMNOTICIAS-03
IFMNOTICIAS-03
5 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) La extraña dificultad para decir algo bueno. Por: Maria Fernanda Valdivieso C

Hay algo curioso en nuestra forma de relacionarnos. Somos rápidos para detectar errores, señalar fallas y ofrecer recomendaciones. Tenemos una capacidad casi automática para identificar lo que falta, lo que podría hacerse mejor o aquello que no estuvo a la altura de nuestras expectativas. Pero cuando llega el momento de reconocer un esfuerzo, agradecer un gesto o destacar una cualidad, el entusiasmo parece desaparecer.

Basta observar cualquier entorno cotidiano para comprobarlo. Un niño obtiene buenas calificaciones después de semanas de esfuerzo y, antes de felicitarlo, alguien le recuerda la materia en la que todavía puede mejorar. Un colaborador entrega un proyecto complejo y la conversación gira inmediatamente hacia los detalles pendientes. Una pareja se dedica tiempo, atención y cariño durante meses, pero una discusión aislada termina ocupando todo el espacio. Un empleado atiende con amabilidad durante años y solo recibe comentarios cuando algo sale mal.

Pareciera que nos hemos acostumbrado a vivir con una lupa para los errores y con los ojos entrecerrados para los aciertos. Lo más llamativo es que esto ocurre incluso entre personas que se quieren. Padres con hijos, hermanos, amigos, parejas, compañeros de trabajo. No se trata de mala intención. Muchas veces sucede porque crecimos creyendo que reconocer demasiado podía volver a alguien conformista. O porque asumimos que las personas ya saben lo que pensamos de ellas y no necesitan escucharlo.

La realidad es muy distinta. Pocas cosas tienen tanto impacto en la vida de una persona como sentirse vista. No admirada. No idealizada. Vista.

Que alguien note el esfuerzo detrás de una tarea. Que reconozca una actitud positiva. Que agradezca una ayuda recibida. Que valore una intención. Son acciones pequeñas, pero tienen un efecto profundo porque responden a una necesidad humana básica: la de sentir que lo que hacemos importa.

Lo cierto es que vivimos en una época donde la crítica parece haber ganado prestigio. Quien señala defectos suele ser percibido como exigente, analítico o inteligente. En cambio, quien reconoce virtudes corre el riesgo de ser visto como exagerado, complaciente o poco objetivo.

Hemos confundido el pensamiento crítico con la incapacidad de valorar lo positivo. Y eso tiene consecuencias. Las organizaciones lo saben bien. Las personas no abandonan únicamente un empleo por razones económicas. También se marchan cuando sienten que su trabajo pasa inadvertido. Lo mismo ocurre en otros escenarios de la vida. Hay amistades que se enfrían o relaciones que se desgastan porque el reconocimiento desapareció de la cotidianidad.

No se trata de repartir elogios vacíos ni de celebrar todo indiscriminadamente. El reconocimiento genuino exige observación. Requiere detenerse a mirar a los demás con atención suficiente para descubrir aquello que vale la pena destacar.

Quizás ahí radique parte del problema. Vivimos tan concentrados en nuestras preocupaciones, pendientes y urgencias que muchas veces dejamos de observar a quienes nos rodean. Vemos resultados, pero no procesos. Exigimos desempeño, pero ignoramos esfuerzos. Esperamos compromiso, pero olvidamos agradecerlo cuando aparece.

Con el tiempo, esa ausencia deja huella. Porque las personas no solamente necesitamos orientación. También necesitamos confirmación. Necesitamos saber que nuestro trabajo, sin embargo, presencia o esfuerzo tienen significado para quienes nos rodean.

Tal vez por eso las palabras adecuadas, dichas en el momento oportuno, tienen una capacidad extraordinaria para transformar relaciones. Un agradecimiento sincero puede cambiar el día de alguien. Un reconocimiento inesperado puede devolver motivación. Una felicitación honesta puede fortalecer la confianza de una persona durante mucho tiempo. Y aun así, seguimos actuando como si esas palabras fueran escasas o costosas.

Resulta paradójico. Nunca había sido tan fácil comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había parecido tan difícil expresar gratitud o reconocimiento. Compartimos opiniones constantemente; sin embargo pocas veces aprovechamos esa posibilidad para decir algo bueno.

Quizás porque asumimos que habrá otra oportunidad. Que habrá tiempo para agradecer después. Que la otra persona ya lo sabe. Que no hace falta decirlo.

La experiencia demuestra lo contrario. Muchas veces las personas descubren cuánto eran valoradas cuando ya no están presentes para escucharlo. O cuando una relación terminó. O cuando cambiaron de trabajo. O cuando la vida simplemente tomó otro rumbo.

Por eso vale la pena preguntarse cuántas conversaciones importantes estamos postergando. Cuántas palabras de reconocimiento se quedan atrapadas en pensamientos que nunca se expresan. Cuántas personas cercanas siguen esperando una frase que podría fortalecerlas, animarlas o simplemente recordarles que están haciendo las cosas bien.

Reconocer lo bueno no elimina los errores. No impide las correcciones. No reduce los estándares. Tampoco significa ignorar aquello que debe mejorar.orarse. Lo que hace es equilibrar la mirada.

Nos recuerda que detrás de cada persona existe mucho más que sus equivocaciones. Que todos estamos enfrentando desafíos que otros desconocen. Que cada ser humano libra batallas silenciosas que rara vez aparecen a simple vista. Y en una sociedad acostumbrada a señalar lo que falta, convertirse en alguien capaz de reconocer lo valioso puede parecer un gesto pequeño, pero no lo es. Y hay personas que llevan años esperando escuchar algo bueno sobre sí mismas. Permítamosles esa posibilidad.

 

Compartir:

Noticias relacionadas