(OPINIÓN) La camiseta es de Colombia, no de los jueces. Por: Mateo Arjona
La decisión judicial sobre el uso de la camiseta de la Selección Colombia en la campaña de Abelardo De La Espriella ha abierto un debate sobre libertad de expresión, símbolos nacionales y participación política. En esta columna, Mateo Arjona sostiene que la prenda representa un símbolo de identidad y patriotismo que pertenece a todos los colombianos y no debería estar sujeto a restricciones en el escenario democrático.
Más allá de las simpatías o diferencias que cualquier ciudadano pueda tener frente a un candidato, lo cierto es que la decisión judicial al respecto del uso de la camiseta de la Selección plantea preguntas fundamentales sobre la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad y la igualdad ante la ley.
¿Desde cuándo una prenda de vestir puede convertirse en un privilegio reservado para unos y prohibido para otros? ¿Desde cuándo un símbolo que millones de colombianos usan libremente puede ser restringido por la sola circunstancia de que quien lo porta participa es un candidato?
La medida resulta aún más inquietante porque se adopta de manera anticipada, antes de que exista una decisión definitiva sobre el fondo del asunto. En la práctica, termina produciendo efectos que se asemejan a una sanción previa, alterando las reglas del debate democrático en plena campaña electoral.
No sorprende que numerosos juristas hayan cuestionado públicamente su fundamento jurídico, señalando que la libertad de expresión goza de una protección reforzada en cualquier democracia y que un juez difícilmente debería determinar qué ropa puede o no puede usar un candidato para comunicar sus ideas.
Pero quizá el aspecto más importante de esta discusión no es jurídico, sino profundamente ciudadano.
La camiseta de la Selección Colombia pertenece a los colombianos. Pertenece al niño que sueña con meter goles. A la madre que celebra cada victoria de la tricolor. Al trabajador que se reúne con sus amigos para ver un partido. Al campesino, al empresario, al estudiante, al pensionado, a todos.
Y si hoy millones de colombianos asocian esa camiseta con la campaña de Abelardo De La Espriella, no es porque alguien les haya impuesto esa relación. Es porque encuentran en ella valores que consideran compatibles con su esperanza de país: libertad, unión, orgullo nacional y confianza en el futuro.
Eso tiene un nombre: patriotismo.
Ese sentimiento que aparece cuando escuchamos el himno, cuando vemos nuestra bandera o cuando la Selección sale a la cancha representando a toda una nación.
En la historia republicana de la nación, ninguna campaña política había logrado despertar en tantos colombianos una identificación emocional tan fuerte con los símbolos nacionales.
No porque esos símbolos hayan sido apropiados por un candidato, sino porque miles de ciudadanos decidieron hacerlos suyos para expresar una ilusión colectiva de cambio.
Por eso la respuesta no puede ser el silencio. Por eso la respuesta no puede ser esconder la camiseta. Por eso la respuesta debe ser exactamente la contraria: usarla con más orgullo, con más pasión y con más libertad.
Porque nadie puede prohibir el amor por Colombia. Porque nadie puede arrebatarnos el derecho de sentirnos orgullosos de ser colombianos.
Y porque este año, Colombia gana.
#FirmePorLaPatria
Mateo Arjona. Economista y Consultor en Marketing Estratégico
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