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(OPINIÓN) Cuando los hijos ausentes llaman a recuperar la Patria. Por: Juan José Gómez

Existe una Colombia que vemos todos los días en nuestras calles, nuestros campos y nuestras ciudades. Es la Colombia que trabaja, estudia, produce y lucha por salir adelante.

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(OPINIÓN) Cuando los hijos ausentes llaman a recuperar la Patria. Por: Juan José Gómez

Pero existe también otra Colombia. Una Colombia dispersa por el mundo, integrada por millones de compatriotas que un día hicieron sus maletas y partieron hacia otras tierras en busca de seguridad, oportunidades y esperanza.

Son los hijos ausentes de la Patria. Muchos se marcharon huyendo de la violencia. Otros buscaron oportunidades económicas que aquí no encontraron. Algunos simplemente decidieron emprender nuevos caminos. Sin embargo, todos conservan algo en común: jamás dejaron de sentirse colombianos.

La distancia no borró sus recuerdos ni debilitó su amor por la tierra donde nacieron. Por el contrario, muchas veces lo fortaleció.

Por eso resulta tan interesante observar el creciente protagonismo político de los colombianos residentes en el exterior.

Durante años fueron considerados simples espectadores de la vida nacional. Hoy su voz comienza a adquirir una importancia cada vez mayor. Y no es para menos.

Muchos de ellos han vivido durante décadas en países donde las instituciones funcionan mejor, donde la autoridad se respeta, donde la ley se aplica con firmeza y donde el esfuerzo individual suele encontrar recompensa.

No hablan desde la teoría. Hablan desde la experiencia.

Han conocido sociedades que lograron progresar porque comprendieron que el orden, la seguridad y el respeto por las instituciones no son enemigos de la libertad, sino condiciones indispensables para garantizarla.

Desde esa perspectiva observan con preocupación muchas de las dificultades que enfrenta Colombia.

Pero también observan algo más profundo. Perciben que el país parece haber perdido parte de la confianza en sí mismo.

Porque si algo se ha deteriorado en los últimos años no ha sido únicamente la economía o la seguridad. También se ha debilitado el orgullo nacional.

Con demasiada frecuencia escuchamos discursos que resaltan nuestros defectos y minimizan nuestras fortalezas. Se cuestionan nuestras tradiciones, se desprecia la iniciativa privada y se olvida que millones de colombianos han construido progreso gracias al trabajo, la disciplina y el esfuerzo.

Cuando una nación pierde la confianza en sí misma, comienza a debilitarse desde adentro.

Por eso resulta significativo que tantos compatriotas radicados en el exterior estén enviando un mensaje diferente.

Ellos conocen nuestras dificultades, pero también conocen nuestras enormes posibilidades.

Saben que Colombia posee una población trabajadora y emprendedora. Saben que nuestros profesionales triunfan en cualquier lugar del mundo. Saben que nuestros empresarios continúan generando riqueza y empleo pese a innumerables obstáculos.

Y saben que este país tiene todo lo necesario para alcanzar un futuro mejor.

Quizás allí radique una de las razones fundamentales del respaldo que la gran mayoría de ellos han expresado hacia la candidatura de Abelardo De la Espriella.

Más allá de las propuestas concretas o de las controversias propias de toda campaña, perciben en su discurso una invitación a recuperar la autoestima colectiva de los colombianos.

A volver a creer en Colombia. A rescatar el orgullo de pertenecer a una Nación que ha superado enormes desafíos a lo largo de su historia.

A reivindicar valores como el trabajo, el mérito, la autoridad legítima y el respeto por la ley.

Los países no se transforman únicamente mediante reformas económicas o decisiones gubernamentales. También se transforman cuando sus ciudadanos recuperan la confianza en sí mismos y en el futuro.

Por eso vale la pena escuchar la voz de esos millones de compatriotas que observan a Colombia desde la distancia.

Ellos nos recuerdan que la patria sigue siendo digna de ser amada, defendida y reconstruida.

Y quizás porque están lejos han comprendido mejor algo que algunos dentro de nuestras fronteras parecen haber olvidado: que ninguna Nación puede alcanzar la grandeza si primero no recupera el orgullo de ser lo que es.

Ese es, tal vez, el mensaje más valioso que hoy nos envían los hijos ausentes de Colombia.

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